La posibilidad de que la Franja de Gaza quede dividida en dos “partes” —una zona bajo control efectivo de Israel, con acceso prioritario a la reconstrucción, y otra bajo dominio de Hamás, prácticamente devastada y bloqueada— ha comenzado a ganar fuerza en los análisis diplomáticos y de seguridad a nivel internacional. Específicamente, porque el conflicto pareciera no tener una salida clara y diplomática correcta, como se esperaba, y el mapa militar sobre el terreno empieza a cristalizar una separación difícil de revertir.

Recientemente, funcionarios europeos con conocimiento directo de las conversaciones señalaron que la segunda etapa del plan está, en la práctica, completamente frenada. La misma implica la retirada adicional de las fuerzas israelíes, el despliegue de una fuerza multinacional y la creación de una autoridad de transición en Gaza. Sin embargo, aún permanece vigente la fase inicial, donde las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) controlan aproximadamente el 53% del territorio de la Franja, incluyendo sectores agrícolas estratégicos, Rafah y áreas claves de la ciudad.
Cabe recordar que esta “segunda fase” forma parte del esquema de alto el fuego propuesto por la administración de Donald Trump, el cual contempla cinco movimientos claves: una retirada gradual de Israel más allá de la llamada “línea amarilla” (que separa ambos espacios y está marcada sobre el terreno por bloques de hormigón pintados y posiciones fortificadas israelíes); la conformación de una autoridad de transición palestina para administrar Gaza; el despliegue de una fuerza de seguridad multinacional que reemplace a las FDI sobre el terreno; el desarme de Hamás; y el inicio de un programa de reconstrucción integral en toda la Franja.

Pero el diseño carece de plazos y mecanismos de implementación claros. Cada uno de los pilares del acuerdo de alto el fuego entre Israel y Hamás enfrenta resistencias y, en el mientras tanto, la población gazatí, dependiente casi por completo de la ayuda humanitaria, es testigo de la falta de acuerdos y la ausencia de decisiones políticas. El agravamiento estructural de la crisis se consolida paso a paso, profundizando los desplazamientos internos y fracturando aún más la posibilidad de un Estado palestino viable.
El espejo regional y el costo político para Israel
Consultado por Escenario Mundial, Said Chaya, director de las Licenciaturas en Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Austral y doctor en Relaciones Internacionales, advierte que la discusión sobre una partición de facto no puede separarse de la lógica de la Fase 2 del plan de Trump. “Esta etapa justamente involucra la desmovilización de Hamás junto a la salida de las tropas israelíes de prácticamente la totalidad del territorio de la Franja de Gaza. Son dos condiciones de altísima complejidad, porque implican simultáneamente el desarme de un actor que se asume como movimiento de resistencia y la retirada de una potencia ocupante que, hoy por hoy, no ve viable ni económica ni políticamente abandonar ese territorio”, señala.
Desde la perspectiva de Chaya, lo que se perfila en el terreno no es una solución de transición, sino la consolidación de un statu quo que la propia ONU ya había descrito hace más de una década: “Esto lo que hace es perpetuar la condición de ocupante por parte de Israel. Los gazatíes no controlan su mar territorial, su espacio aéreo, los pasos de frontera. Eso, de alguna manera, legitima, por lo menos de cara a los palestinos, a un movimiento como Hamás. Y si no es Hamás, será otro, que justamente alce las banderas de resistencia contra un esquema de ocupación militar”, destaca el especialista.

Más allá de la particular situación en Gaza, Chaya también traza un paralelismo con el escenario libanés, donde Israel ha presionado para establecer una zona de separación en el sur del país, reforzando la narrativa de amenaza permanente. “Esta situación se da de manera similar en el Líbano, por ejemplo, donde se ha propuesto establecer una zona de separación en el sur del Líbano. Y la opinión libanesa que ayer era favorable al desarme de Hezbolá, hoy está pensando que no, que tal vez se necesita ese grupo en un contexto como éste, donde persiste la ocupación”, destaca el especialista.
A juicio del politólogo e internacionalista, Israel está jugando una apuesta de alto riesgo, específicamente, “una voluntad de tensionar la región, de poner a prueba un rol hegemónico construido en función de su capacidad militar y tecnocrática —con enorme éxito, hay que reconocerlo—, pero que al mismo tiempo lo deja en una posición más vulnerable”. Para Chaya, perpetuar este esquema de control sin una salida política clara no sólo prolonga el conflicto, sino que alimenta los argumentos de los actores que se presentan como resistencia frente a esa ocupación.
Y es que cuando los avances previos con actores locales comienzan a verse difusos, se consolida un mapa de separación interna cada vez mayor. El mensaje que muchos palestinos perciben termina siendo que no hay horizonte de Estado ni de soberanía, dificultando el desarme y la desmovilización de Gaza y la región.
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