Desde hace años, Estados Unidos y China se encuentran en una competencia sistémica por el liderazgo del Sistema Internacional. Sin embargo, las recientes llamadas a una “estabilidad estratégica constructiva” con Washington y un “nuevo tipo de relaciones internacionales” con Rusia indican que Pekín está decidido a gestionar la competencia para crear el espacio estratégico que permita construir un orden global que ya no esté liderado por Estados Unidos.

Dicha estrategia quedó en evidencia en mayo, cuando el presidente estadounidense Donald Trump viajó a Pekín para reunirse con Xi Jinping (pocos días después, recibió a su par ruso Vladimir Putin). En esta línea, China busca reducir las tensiones con Estados Unidos replanteando la relación en torno a la competencia gestionada en lugar de la confrontación, evitando al mismo tiempo grandes concesiones en comercio o Taiwán. Pero al reiniciar la agenda de los lazos bilaterales, Pekín también está desafiando las reivindicaciones universalistas del orden internacional liberal.
El ministro de Asuntos Exteriores Wang Yi afirmó que la “estabilidad estratégica constructiva” significa que “la relación se vuelve más resiliente a través del intercambio y la cooperación” y que la estabilidad debe basarse en “respetar los sistemas sociales y las vías de desarrollo, los intereses fundamentales y las preocupaciones principales de cada uno”. Con esta reflexión, queda en evidencia la creciente confianza del Partido Comunista Chino y su visión de que el sistema político autoritario no es inferior a la democracia liberal occidental, y puede que incluso sea superior.
Respecto a Rusia, Pekín es más explícito al articular su visión de un orden global tras el fin del liderazgo estadounidense: En su declaración conjunta sobre la construcción de un “nuevo tipo de relaciones internacionales” en mayo, China y Rusia argumentan que el mundo se está volviendo más dinámico y “experimentando cambios profundos”, lo que crea la necesidad de una transición hacia un “multilateralismo igualitario y ordenado” que proporcione un sistema de gobernanza global más justo.

Así, el accionar de Pekín para definir los términos de compromiso —incluso con Estados Unidos— demuestra la creciente capacidad de China para moldear la agenda global. Y, aunque Washington no haya apoyado explícitamente la idea de la “estabilidad estratégica constructiva”, sí adoptó la redacción china.
Por tanto, el término refleja tanto la dinámica cambiante de poder entre Estados Unidos y China como el intento de Pekín de definir los límites en la competencia entre China y Estados Unidos, un papel que antes ejercía en gran medida Washington. El poder para establecer el vocabulario y el marco a través del cual se entiende la relación bilateral se ha inclinado definitivamente a favor de China.
Pero lo más interesante es que, pese a sus esfuerzos, esto no es solo resultado del accionar de China: Pekín también está aprovechando un entorno internacional favorable para avanzar en un orden mundial alternativo.
Por ejemplo, el unilateralismo de Trump ha animado a los aliados estadounidenses a adoptar enfoques cautelosos y confrontacionales durante mucho tiempo hacia China. Así, una serie de líderes occidentales —de Alemania, Francia, Reino Unido y Canadá — han visitado Pekín, creando un entorno geopolítico más favorable para Pekín (Las relaciones con sus países vecinos también han mejorado, como refleja la asistencia del primer ministro indio Narendra Modi a la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái en 2025 y la firma del protocolo de actualización ASEAN-China para el Área de Libre Comercio 3.0).
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