Las elecciones en Brasil dejaron como primera definición clara que Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro volverán a medirse en las urnas el 25 de octubre. Pero la primera vuelta también dejó otras señales. El reparto de votos, la nueva composición del Congreso, el avance de la derecha en el Senado, el mapa de gobernadores y las alianzas que comenzaron a tejerse apenas cerradas las urnas son el reflejo de un escenario político y social que viene cambiando en los últimos años.
Flávio terminó primero con el 47,03% de los votos válidos, frente al 45,16% de Lula. La diferencia fue de poco más de 2,2 millones de votos. El resultado obliga a ambos a disputar una segunda vuelta desde posiciones diferentes, Bolsonaro llega con ventaja electoral y con un espacio político fortalecido en el Congreso; mientras que Lula, por primera vez detrás en una elección presidencial que disputa, necesita recuperar terreno y ampliar una base que ya no parece alcanzarle por sí sola.
La elección presidencial sigue abierta. Pero hay algo que ya quedó definido y es que cualquiera de los dos que llegue al Palacio del Planalto gobernará sobre un mapa político distinto del que Brasil tenía hasta ahora.
Una ventaja que todavía no es mayoría
Flávio consiguió 56,1 millones de votos y Lula 53,9 millones. Detrás quedaron Augusto Cury, con 2,89%; Renan Santos, con 2,24%; Ronaldo Caiado, con 2,18%; y Romeu Zema, con 0,27%. En conjunto, los candidatos que no avanzaron al balotaje reunieron alrededor de 9 millones de votos.
Ese electorado será uno de los principales terrenos de disputa durante las próximas tres semanas. No constituye un bloque homogéneo ni existe una transferencia automática de votos por el simple respaldo de un dirigente. Pero es lo suficientemente grande como para modificar la diferencia estrecha que dejó el primer turno.
Hay otro universo todavía mayor. Más de 33 millones de brasileños no fueron a votar, el 21,08% del padrón. Solo en el Nordeste, una región decisiva para Lula, la abstención rondó los ocho millones de electores. Por eso la segunda vuelta no se juega únicamente entre quienes eligieron a alguno de los candidatos eliminados. También se juega alrededor de quienes directamente no estuvieron en las urnas. Y ahí está el verdadero desafío.
Flávio comenzó antes a ampliar su coalición
Los primeros movimientos después de la elección muestran que el candidato del Partido Liberal intenta aprovechar rápidamente la ventaja obtenida en las urnas.
Romeu Zema, exgobernador de Minas Gerais y candidato de Novo, anunció su respaldo a Flávio apenas un día después de la elección. Su caudal electoral fue reducido —326.488 votos—, pero su adhesión tiene peso dentro del espacio de la derecha liberal y conservadora.
Más relevante fue el apoyo de Ronaldo Caiado. El exgobernador de Goiás y candidato del PSD, que obtuvo aproximadamente 2,6 millones de votos, anunció el 6 de octubre que respaldará a Flávio en el balotaje.
El acuerdo excede el número de votos obtenidos por Caiado. El dirigente conserva una estructura política importante en Goiás, mantiene vínculos con sectores del agronegocio y tiene llegada al centro-derecha. Su respaldo adquiere además otro valor porque durante la campaña había cuestionado públicamente a Flávio.
Bolsonaro viajó a Goiânia acompañado por Tarcísio de Freitas, gobernador de São Paulo y uno de los dirigentes de mayor peso dentro de la derecha brasileña. El movimiento deja ver una estrategia de ensanchar la coalición más allá del núcleo bolsonarista y transformar el antipetismo, que es más amplio que el electorado propio de Flávio, en una mayoría electoral.
Esa construcción política está directamente vinculada con lo que el candidato pretende hacer si llega a la Presidencia. Después de la primera vuelta habló de aprovechar un Congreso y un Senado desplazados hacia la derecha para modificar la Constitución de 1988. También planteó reformas políticas y judiciales y reivindicó la posibilidad de cambiar las reglas institucionales a partir de esa nueva correlación de fuerzas.
Ahí aparece una de las claves de la elección. Para Flávio, ganar la Presidencia y consolidar una mayoría legislativa son objetivos estrechamente relacionados. Un Congreso más favorable podría darle una capacidad de iniciativa que Jair Bolsonaro nunca tuvo en esos términos. Pero ni siquiera una bancada fortalecida del PL alcanza por sí sola, ya que también necesitará gobernadores, partidos de centro y aliados capaces de convertir una mayoría ideológica difusa en votos concretos dentro de las cámaras.
El desafío inmediato es electoral. Los respaldos de Zema, Caiado y otras figuras ordenan al campo de la derecha, pero no garantizan que todos sus votantes sigan la misma dirección.
Lula necesita cambiar de estrategia
El escenario para el único lider del PT es diferente. Los resultados del domingo obligan al oficialismo a algo más profundo que ajustar algunos anuncios de campaña. Lula entendió a la fuerza el mensaje de las urnas: tal como estaba funcionando, la estrategia no alcanzaba.
La campaña busca ahora una comunicación regionalizada, mayor presencia digital, un esfuerzo especial para reducir la abstención en el Nordeste y una llegada más directa a sectores que no respondieron como esperaba el oficialismo en la primera vuelta.
También hay un giro en seguridad pública. Gobernadores y aliados le reclamaron que hablara con mayor claridad sobre el delito y que endureciera un discurso que durante buena parte de la campaña quedó en manos de la oposición. Lula comenzó a responder a ese reclamo y puso en primer plano la PEC de Seguridad Pública, la coordinación entre fuerzas federales y estaduales y un discurso más enfático sobre persecución del crimen organizado y encarcelamiento de delincuentes.
Es un terreno incómodo para el oficialismo porque Flávio tiene allí una de sus principales banderas. Pero ignorarlo implicaría dejar sin disputa uno de los temas que ayudaron a explicar el crecimiento de la derecha.
Al mismo tiempo, Lula prepara otra línea de campaña: confrontar a Bolsonaro en cuestiones que atraviesan de manera concreta la vida cotidiana. Una de ellas es el fin de la escala laboral 6×1. La propuesta, que reduce la jornada semanal y amplía los días de descanso, avanzó en el Congreso y llegó al Senado en plena segunda vuelta. Flávio calificó el movimiento como electoralista y defendió postergar la discusión; Lula intenta obligarlo a fijar posición.
La discusión puede parecer laboral, pero toca una sensibilidad más amplia. Para millones de trabajadores, el debate no pasa únicamente por cuántas horas establece una norma, sino por cuánto tiempo queda disponible para la familia, el descanso, la formación o la vida fuera del empleo. Ahí Lula intenta desplazar la campaña desde una discusión abstracta sobre identidades políticas hacia una comparación sobre condiciones materiales.
También volverán al centro los programas sociales. La estrategia del PT será advertir sobre el riesgo de que políticas como Bolsa Família, jubilaciones u otros beneficios sufran cambios bajo un gobierno de Flávio. Es una táctica que recuerda a la utilizada por Dilma Rousseff frente a Aécio Neves en 2014 y que la propia campaña reconoce como una herramienta para movilizar a quienes dependen de esas políticas.
Pero el problema de Lula es más profundo que encontrar un mensaje eficaz. El primer turno mostró que perdió respaldo respecto de 2022 en sectores muy distintos. El desgaste no quedó encerrado en una única franja de ingresos, una religión o un grupo racial. En paralelo, el espacio bolsonarista logró crecer en varios de esos segmentos.
Ahí aparece posiblemente el dilema central de la segunda vuelta.
El antipetismo sigue vivo, organizado y demostró que puede movilizar a millones de brasileños. Y es más amplio que Flávio Bolsonaro: incluye desde al votante bolsonarista convencido hasta personas que rechazan a la familia Bolsonaro pero tampoco quieren cuatro años más de gobierno del PT.
Por eso Lula necesita cambiar la pregunta de la elección. Si la segunda vuelta se convierte exclusivamente en un plebiscito sobre sus años de gobierno, Flávio puede capitalizar todo el rechazo acumulado contra el PT. La oportunidad de Lula está en forzar una comparación distinta, dos proyectos diferentes con consecuencias concretas sobre trabajo, seguridad, ingresos, programas sociales y vida cotidiana.
Ahora toca convencer sobre esto.
¿Qué cambia con el nuevo Congreso?
La principal transformación que produjo la primera vuelta ocurrió fuera de la elección presidencial.
En este sentido, el Partido Liberal se convirtió en la principal fuerza de la Cámara de Diputados, con 121 bancas sobre 513. En el Senado, el PL alcanzará 28 de los 81 escaños en la próxima legislatura después de haber obtenido 19 de las 54 bancas que estaban en disputa.
Este dato explica parte de la confianza con la que Flávio empezó a hablar de reformas constitucionales después de la elección. Pero una bancada grande no equivale a controlar el Congreso.
El PL está lejos de tener por sí solo las mayorías necesarias para aprobar leyes ordinarias y mucho más lejos de reunir los votos exigidos para modificar la Constitución. Para eso deberá construir acuerdos con otras fuerzas de derecha y del centro.
Eso es particularmente importante en Brasil, donde el presidencialismo de coalición obliga a cualquier gobierno a negociar de forma permanente con partidos que tienen intereses, bases territoriales y agendas propias.
Una eventual victoria de Flávio, entonces, no le daría carta blanca. Pero sí lo colocaría frente a un Congreso bastante más receptivo a buena parte de su agenda que el que tuvo su padre durante la Presidencia.
Para Lula, el escenario sería exactamente el contrario, ya que un cuarto mandato comenzaría con un Legislativo más adverso, lo que multiplicaría el costo de cada negociación y haría todavía más importante el vínculo con gobernadores, partidos de centro y presidentes de ambas cámaras.
¿Por qué el Senado puede ser decisivo?
El crecimiento de la derecha en el Senado tiene una dimensión que excede la aprobación de leyes.
La Cámara Alta participa en la aprobación de determinadas designaciones presidenciales y tiene atribuciones específicas sobre ministros del Supremo Tribunal Federal. En un contexto en el que la relación entre el bolsonarismo y el STF fue uno de los principales focos de conflicto institucional de los últimos años, su nueva composición adquiere un peso particular.
Flávio ya vinculó públicamente el nuevo equilibrio parlamentario con su intención de promover reformas en la Constitución y en el Poder Judicial. Una mayoría más conservadora no significa que esas transformaciones estén aseguradas, pero sí modifica la relación de fuerzas desde la cual podría intentarlas.
Y en plena campaña apareció otro actor decisivo: Davi Alcolumbre.
El presidente del Senado decidió poner en movimiento dos asuntos que interesan especialmente a Lula como la propuesta que termina con la escala 6×1 y la PEC de Seguridad Pública. Si bien no hace campaña formal por ninguno de los candidatos, pero sus decisiones pueden tener efectos políticos inmediatos.
En una elección tan estrecha, el presidente del Senado se terminó convertido en uno de los dirigentes con mayor capacidad para alterar la conversación de estas tres semanas.
Los estados, otra carta clave para Lula y Flávio
El mapa de gobernadores tampoco coincide de manera perfecta con la disputa presidencial.
Veinte estados definieron gobernador en primera vuelta, mientras que otras unidades federativas deberán volver a las urnas el 25 de octubre. El PL obtuvo cinco gobernaciones en el primer turno, el PT conservó posiciones importantes en el Nordeste y fuerzas del centro mantuvieron gobiernos estatales relevantes.
Esa distribución importa por dos razones.
La primera es institucional. Los gobernadores tienen competencias directas en seguridad pública, educación, salud e infraestructura y manejan estructuras territoriales decisivas para cualquier gobierno nacional.
La segunda es electoral. Durante estas tres semanas, varios de ellos pasarán a funcionar como articuladores de campaña. Caiado ya se alineó con Flávio. Lula busca acercarse a gobernadores y sectores de PSD y MDB que no necesariamente forman parte de su base tradicional.
En una elección nacional tan ajustada, las alianzas estatales dejan de ser un dato periférico. Pueden ordenar dirigencias municipales, aportar estructura territorial y, sobre todo, ofrecer a cada candidato una puerta de entrada a electores que no se identifican directamente con el PT o con el bolsonarismo.
¿Qué significa para Flávio?
Si Flávio gana el 25 de octubre, asumirá desde una posición política distinta de la que tuvo su padre al llegar al poder en 2019.
Tendría un PL fortalecido, una derecha con mayor representación en las dos cámaras, gobernadores aliados y un Congreso en el que varias de sus propuestas encontrarían más receptividad. Es decir, tendrá la cintura necesaria para empujar su agenda y llevar a Brasil hacia las reformas que quiere.
Eso puede ser especialmente importante para una agenda que ya incluye cambios constitucionales, reformas del Poder Judicial y una relación distinta con el Supremo Tribunal Federal.
El desafío de Flávio será convertir esa mayoría electoral y esa expansión de la derecha en una coalición legislativa estable. Para modificar la Constitución, aprobar reformas profundas o intervenir sobre temas institucionalmente sensibles necesitará negociar con fuerzas que no pertenecen al bolsonarismo más duro.
El respaldo de Caiado puede leerse precisamente en esa clave. Lo mismo ocurre con la relación con Tarcísio y con la búsqueda de apoyos entre Republicanos, MDB, União Brasil y otras fuerzas.
Flávio necesita que el antipetismo lo lleve a la Presidencia. Pero, si llega, necesitará algo más que antipetismo para gobernar.
¿Y qué necesita Lula?
Para Lula, el desafío es inverso.
El primer turno mostró que el PT conserva una base sólida, especialmente en el Nordeste, pero también que esa base ya no alcanza para garantizar una mayoría nacional. El presidente perdió terreno y su campaña tardó en reaccionar ante un electorado que no estaba evaluando solamente democracia, instituciones o el recuerdo del gobierno de Jair Bolsonaro.
Una parte importante estaba preguntándose por seguridad, salario, precios, trabajo y calidad de vida.
Lula necesita volver a entrar en esa conversación.
Eso explica el endurecimiento del discurso sobre seguridad, la apuesta por la jornada 6×1, la defensa de programas sociales, la búsqueda de una comunicación menos centralizada y la ofensiva para reducir la abstención.
Pero, sobre todo, necesita evitar que las próximas tres semanas sean un referéndum sobre el PT.
La mala noticia que dejó el primer turno para Lula es evidente, el antipetismo conserva una enorme capacidad de movilización. La buena es que en la segunda vuelta su adversario ya no es una idea abstracta. Tiene nombre, posiciones y propuestas concretas.
Por eso el oficialismo intentará obligar a Flávio a responder por ellas.
Qué hará con la jornada laboral. Qué ocurrirá con los programas sociales. Cómo piensa manejar la seguridad. Qué cambios pretende hacer en la Constitución. Qué reformas laborales y económicas impulsaría.
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