Estados Unidos acumula 81 aeronaves tripuladas y no tripuladas perdidas o dañadas desde el inicio de sus operaciones militares contra Irán el pasado 28 de febrero, según una nueva actualización del Congressional Research Service (CRS) fechada el 5 de octubre. El relevamiento reúne información procedente del Departamento de Defensa, el Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM), el Inspector General del Pentágono y reportes públicos, y ofrece hasta ahora uno de los balances más amplios sobre el desgaste de la aviación estadounidense durante la guerra.
El nuevo número marca además una evolución considerable respecto de los registros anteriores. En mayo, Escenario Mundial había dado cuenta del primer relevamiento del CRS, que contabilizaba 42 aeronaves destruidas o dañadas. Posteriormente, un informe del Inspector General difundido en septiembre elevó el balance a hasta 52 plataformas afectadas. Menos de un mes después, la nueva reconstrucción del Congreso lleva ese universo hasta 81.
La diferencia obliga, sin embargo, a precisar qué mide exactamente la cifra. No se trata de 81 aeronaves derribadas por Irán ni necesariamente de 81 pérdidas definitivas. El CRS combina aparatos destruidos, aeronaves dañadas en combate o sobre bases regionales, accidentes, episodios de fuego amigo y plataformas que las propias fuerzas estadounidenses debieron destruir después de no poder recuperarlas. El organismo advierte además que algunos de los aviones incluidos como dañados pudieron regresar posteriormente al servicio.
Los MQ-9 Reaper concentran el mayor desgaste
El salto más importante vuelve a aparecer entre los sistemas no tripulados. El nuevo balance recoge 45 MQ-9 Reaper perdidos, convirtiendo al dron de vigilancia y ataque estadounidense en la plataforma individual más castigada por cantidad desde el comienzo de las operaciones.
La progresión permite observar cómo se amplió el desgaste a medida que avanzó la campaña. El primer informe del CRS utilizado por Escenario Mundial en mayo registraba 24 MQ-9, mientras que la actualización incorporada por el Inspector General en septiembre elevaba el número hasta un máximo de 30 unidades. El relevamiento de octubre incorpora ahora la cifra de 45 aparatos reportada posteriormente por fuentes estadounidenses.
El número resulta especialmente relevante porque el Reaper ha sido empleado intensivamente para vigilancia persistente, adquisición de objetivos y ataques dentro de un espacio aéreo disputado. Parte de las aeronaves fueron derribadas, aunque las pérdidas no responden a una única causa: reportes estadounidenses señalaron también accidentes y episodios vinculados con la pérdida de comunicaciones con los aparatos.
Entre las aeronaves tripuladas, el CRS contabiliza doce F-15E Strike Eagle afectados. Cuatro corresponden a pérdidas conocidas durante la primera etapa de la guerra —tres destruidos por fuego amigo y uno perdido durante operaciones sobre Irán—, mientras otros ocho sufrieron daños ligeros durante un ataque iraní contra la base aérea de Muwaffaq Salti, en Jordania, en septiembre. Estos últimos pudieron regresar posteriormente al servicio.
También aparecen siete KC-135 Stratotanker, una cifra que tampoco equivale a siete aviones cisterna destruidos. Uno se perdió durante una colisión en marzo, otro resultó dañado en el mismo incidente y otros cinco fueron alcanzados posteriormente durante ataques contra instalaciones estadounidenses en Arabia Saudita.
La lista incluye además un F-35A Lightning II dañado por fuego enemigo, un E-3 Sentry alcanzado en tierra, dos A-10 Thunderbolt II, dos MC-130J Commando II y un HH-60W Jolly Green II. Entre los restantes sistemas figuran un MQ-4C Triton, tres drones de la familia MQ-1, un AH-64 Apache, cuatro AH-6 Little Bird y un MH-60.
La composición del balance es tan importante como su magnitud. Junto con cazas y drones aparecen aviones cisterna, una plataforma de alerta temprana, aeronaves de operaciones especiales y helicópteros de búsqueda y rescate. Es decir, el desgaste alcanzó no sólo a los medios encargados de atacar objetivos, sino también a parte de la arquitectura que permite sostener las operaciones aéreas.
Entre US$1.900 y US$3.300 millones para reponer material perdido
La dimensión financiera agrega una segunda capa al balance. La Congressional Budget Office (CBO) estimó en septiembre que reponer el equipamiento perdido hasta el 1 de agosto podría costar entre US$1.900 y US$3.300 millones, dependiendo de las decisiones que adopte el Departamento de Defensa para sustituir los sistemas afectados.
La cifra no corresponde exclusivamente a las 81 aeronaves. Incluye otro material perdido durante el conflicto, pero las plataformas aéreas constituyen una parte significativa del problema de reposición.
La dificultad aparece especialmente en aquellos sistemas que ya no cuentan con líneas de producción activas o cuyo reemplazo forma parte de programas de modernización diferentes. Un F-15E perdido, por ejemplo, no necesariamente será sustituido por otro F-15E; lo mismo ocurre con plataformas como el A-10, el KC-135 o el E-3 Sentry, para las cuales Estados Unidos ya tiene previstas nuevas generaciones de sistemas.
Esto transforma el costo de la guerra en algo más complejo que el valor individual de las aeronaves destruidas. Recuperar la capacidad puede obligar al Pentágono a acelerar adquisiciones, modificar planes presupuestarios o aceptar temporalmente una reducción de inventarios mientras llegan los reemplazos.
La propia CBO calculó que, considerando municiones consumidas, material perdido, horas de vuelo, operaciones y mayores costos de combustible, el conflicto había demandado aproximadamente US$38.000 millones al Departamento de Defensa hasta el 1 de agosto.
El Congreso pone el foco en la capacidad para recuperar las pérdidas
La actualización del CRS no se limita a contabilizar aeronaves. El documento plantea al Congreso una serie de interrogantes sobre el efecto que este nivel de desgaste puede tener sobre la capacidad estadounidense para sostener operaciones prolongadas y responder simultáneamente en otros teatros.
Uno de los puntos señalados es la suficiencia de fuerzas. La pérdida o indisponibilidad de plataformas escasas y de alta demanda puede generar consecuencias mucho mayores que las sugeridas por el número bruto de aeronaves. El CRS menciona particularmente al E-3 Sentry, cuya flota ya era reducida antes del conflicto y cumple funciones centrales de alerta temprana y control del espacio aéreo.
El segundo problema es industrial. El Congreso deberá evaluar hasta qué punto las actuales líneas de producción y cadenas de suministro pueden reconstruir los inventarios dentro de los plazos que necesita el Pentágono, especialmente cuando esas mismas plantas deben atender adquisiciones estadounidenses, modernizaciones y ventas militares a aliados.
También aparece una pregunta operativa: si el patrón de pérdidas observado durante las operaciones contra Irán refleja cambios en el nivel de amenaza capaces de obligar a revisar tácticas, procedimientos, conceptos de empleo o incluso la distribución de las bases estadounidenses en Medio Oriente.
En ese sentido, las 81 aeronaves no conforman todavía un balance definitivo de la guerra. La propia metodología del CRS deja abierta la posibilidad de nuevas revisiones por información clasificada, incidentes todavía no esclarecidos y operaciones que continúan desarrollándose.
Sí permiten observar una tendencia más clara. El registro público pasó de 42 aeronaves en mayo a hasta 52 en septiembre y finalmente a 81 en octubre, mientras los MQ-9 Reaper escalaron de 24 a 45 pérdidas reportadas. El próximo interrogante ya no pasa solamente por cuántos aparatos se agreguen al balance, sino por cuánto tiempo y dinero necesitará Estados Unidos para recuperar las capacidades consumidas durante la campaña contra Irán.
Te puede interesar: Hasta 52 aeronaves afectadas: EE.UU. actualiza las pérdidas de su guerra con Irán
