Documentos británicos desclasificados de 1984 revelan que mantener submarinos de la Real Armada Británica en el Atlántico Sur después de la Guerra de Malvinas en 1982 absorbía una parte significativa de la disponibilidad de su fuerza submarina, al punto de afectar las misiones destinadas a seguir a la flota soviética en el Atlántico Norte. El problema llegó hasta el Gobierno de Margaret Thatcher cuando Londres tuvo que decidir si enviaba al submarino nuclear HMS Valiant hacia Malvinas o lo mantenía siguiendo una operación soviética cerca de los accesos marítimos del Reino Unido.
La documentación fue reconstruida por el analista británico Sir Humphrey, a partir de evaluaciones realizadas por el Ministerio de Defensa y la Real Armada Británica durante los años posteriores al conflicto de 1982. Los archivos muestran que el costo de sostener la disuasión alrededor de las islas era considerablemente mayor que el de un único submarino patrullando el Atlántico Sur.
Una evaluación calculaba que, en promedio, tres de los ocho submarinos nucleares de ataque británicos estaban comprometidos de alguna manera con el dispositivo austral. La cifra incluía unidades que se encontraban en tránsito, submarinos desplegados en la zona y otros que atravesaban períodos de mantenimiento asociados con esas patrullas, por lo que no significa que tres SSN permanecieran simultáneamente alrededor de Malvinas.
La documentación estimaba además que el compromiso demandaba unas 63 semanas acumuladas de tiempo de mar de submarinos nucleares por año, junto con otras 47,5 semanas correspondientes a submarinos convencionales. Esa exigencia reducía la disponibilidad de unidades para las demás tareas que Reino Unido debía sostener en plena Guerra Fría.
El HMS Valiant expuso el dilema entre Malvinas y la Unión Soviética
El caso más claro ocurrió en abril de 1984, cuando el submarino nuclear HMS Valiant debía dirigirse hacia el Atlántico Sur para relevar parte del dispositivo británico asociado con Malvinas. Antes de partir, sin embargo, quedó involucrado en una operación que la Real Armada Británica consideraba especialmente valiosa: seguir de manera encubierta movimientos soviéticos en los accesos noroccidentales del Reino Unido.
La actividad involucraba submarinos, buques de superficie y aeronaves soviéticas cerca del Clyde, una zona especialmente sensible para Londres por su relación con las fuerzas de disuasión nuclear británicas y estadounidenses. Los mandos navales consideraban que mantener al Valiant siguiendo aquellos movimientos podía proporcionar información sobre los procedimientos y objetivos de la Unión Soviética.
Enviar el submarino al Atlántico Sur suponía perder esa oportunidad de inteligencia, mientras mantenerlo frente a los soviéticos obligaba a extender la patrulla del HMS Courageous, que se encontraba cubriendo el compromiso de Malvinas. La decisión terminó elevándose al secretario de Defensa Michael Heseltine y a la primera ministra Margaret Thatcher.
El problema no era solamente operacional. El Courageous debía regresar para cumplir trabajos de mantenimiento y las limitaciones de los submarinos británicos de aquella generación hacían imposible extender indefinidamente su permanencia en el Atlántico Sur.
Los planificadores terminaron evaluando la posibilidad de aceptar un intervalo de entre siete y catorce días sin presencia continua de un submarino nuclear británico en la zona. Para Londres significaba flexibilizar una política que buscaba mantener desde 1982 la percepción de una cobertura submarina permanente alrededor de las islas.
Malvinas reducía la disponibilidad para seguir submarinos soviéticos
El impacto se sentía especialmente en el Atlántico Norte, donde la Real Armada Británica tenía una de sus principales misiones de la Guerra Fría. Los submarinos soviéticos debían atravesar la denominada brecha GIUK —Groenlandia, Islandia y Reino Unido— para acceder desde sus bases septentrionales hacia el Atlántico, convirtiendo al corredor en una zona prioritaria para las fuerzas antisubmarinas de la OTAN.
Los documentos calculaban que esos movimientos proporcionaban aproximadamente dos oportunidades por semana para que los submarinos británicos practicaran seguimiento y confrontación antisubmarina frente a un adversario real. Ese entrenamiento era particularmente valioso porque reproducía condiciones mucho más cercanas a una eventual guerra que cualquier ejercicio previamente organizado.
Sin embargo, la disponibilidad de submarinos estaba por debajo de las necesidades previstas. La Real Armada Británica estimaba necesitar unas 97 semanas acumuladas de disponibilidad de SSN para entrenamiento y otras operaciones, pero calculaba que solamente podía disponer de alrededor de 43 debido, entre otros compromisos, al esfuerzo requerido por el Atlántico Sur.
Una evaluación advertía incluso que determinados tránsitos soviéticos estaban quedando “largely unopposed”, es decir, mayormente sin oposición o sin un seguimiento británico suficiente. Los archivos muestran así que la defensa de Malvinas competía por las mismas plataformas que Londres necesitaba para enfrentar al adversario central de su estrategia naval durante la Guerra Fría.
Los submarinos también recolectaban inteligencia frente a Argentina
El elevado costo del despliegue tenía relación con la amplitud de las tareas asignadas a los submarinos en el Atlántico Sur. Además de disuadir una eventual nueva acción militar argentina, las unidades realizaban ejercicios antisubmarinos con las fuerzas británicas desplegadas en las islas y recolectaban información sobre las Fuerzas Armadas argentinas.
Escenario Mundial reveló previamente que documentos británicos indicaban que entre un tercio y la mitad del tiempo de determinadas patrullas podía transcurrir frente a la costa argentina recolectando inteligencia. Las tareas incluían observación visual, vigilancia mediante sonar de movimientos militares y recopilación de datos electrónicos y señales de inteligencia para el GCHQ.
La presencia submarina británica alrededor de Malvinas cumplía entonces una función más amplia que la defensa inmediata del archipiélago. Los SSN combinaban disuasión, vigilancia sobre Argentina, inteligencia electrónica y entrenamiento de las fuerzas desplegadas en el Atlántico Sur.
Esa utilización continuaba pese a que evaluaciones de inteligencia británicas consideraban que Argentina necesitaría varios años para recuperar una capacidad suficiente como para volver a representar una amenaza militar significativa contra las islas. Después de 1982, sin embargo, el Gobierno británico consideraba políticamente difícil aceptar cualquier reducción que pudiera ser interpretada desde Buenos Aires como una disminución de su capacidad de respuesta.
Londres buscaba que Argentina creyera que siempre había un submarino
Los documentos muestran además que la disuasión dependía de una paradoja propia de la guerra submarina. Para resultar eficaz, Argentina debía considerar posible que existiera permanentemente un submarino nuclear británico en la zona, aunque la principal ventaja de esas unidades fuera precisamente operar sin ser detectadas.
La Real Armada Británica estudió por ese motivo diferentes formas de permitir apariciones deliberadas de sus submarinos en determinados momentos. Entre las alternativas analizadas figuraban realizar presencias visibles alrededor de las islas o generar oportunidades para que las unidades fueran observadas por embarcaciones civiles.
El objetivo no era informar con precisión dónde se encontraba cada submarino, sino introducir incertidumbre en cualquier planificación argentina. Incluso cuando la cobertura no fuera permanente, Londres buscaba preservar la percepción de que un SSN podía encontrarse en el Atlántico Sur y responder ante una eventual operación naval.
La Real Armada Británica terminó flexibilizando el dispositivo
La presión sobre la fuerza llevó finalmente a revisar la rigidez del sistema establecido después de la guerra. Entre las opciones estudiadas aparecieron una utilización mayor de submarinos convencionales clase Oberon, extensiones selectivas de patrullas y la eliminación de la exigencia de realizar cada relevo con dos unidades coincidiendo dentro del teatro.
La solución pasó progresivamente por mantener una presencia más flexible y conservar la capacidad de enviar rápidamente submarinos desde Reino Unido si la situación lo requería. Las estimaciones citadas en los documentos calculaban que un SSN podía alcanzar las Islas Malvinas en aproximadamente 11 días desde aguas británicas.
Los archivos permiten así dimensionar un costo estratégico de la posguerra de Malvinas que excedía al presupuesto o a las fuerzas visibles desplegadas en el archipiélago. Cada submarino destinado a vigilar Argentina y sostener la disuasión en el Atlántico Sur era una plataforma que la Real Armada Británica no podía emplear al mismo tiempo para perseguir submarinos soviéticos en el Atlántico Norte, precisamente cuando la Unión Soviética continuaba siendo su principal adversario naval.
Te puede interesar: Hasta la mitad del tiempo de patrulla: archivos revelan que submarinos británicos espiaban frente a Argentina
