El inicio del siglo XXI en América Latina estuvo marcado por la consolidación de la denominada “Marea Rosa”, un ciclo hegemónico de gobiernos de centroizquierda e izquierda impulsado por el superciclo de las materias primas y una fuerte retórica de redistribución estatal. Dos décadas después, la región experimenta una transformación tectónica con la consolidación de una “Marea Azul” de corte conservador y derechista. A diferencia de su predecesora, que se sostuvo sobre la promesa de inclusión socioeconómica y la ampliación de derechos, este nuevo ciclo político surge como respuesta a la fractura del contrato social, capitalizando el descontento ciudadanos frente a crisis multidimensionales que los gobiernos progresistas y de centro no lograron resolver.
El colapso de las expectativas: Inflación, estancamiento y voto castigo
La transición entre ambas mareas no puede comprenderse sin analizar el deterioro de las condiciones materiales de la clase media latinoamericana. Mientras la “Marea Rosa” distribuyó los excedentes del boom de los commodities, la actual ola conservadora encuentra su motor electoral en la frustración económica crónica y el estancamiento estructural. De acuerdo con el informe Panorama Social 2025 de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), aunque la pobreza regional se redujo marginalmente al 25,5% casi 162 millones de latinoamericanos permanecen en situación de vulnerabilidad. Este escenario de bajo crecimiento crónico —con proyecciones de expansión del PIB regional del 2,4% para 2025 y limitadas perspectivas de recuperación para 2026 — ha erosionado la legitimidad del modelo de bienestar estatal.
En este contexto, la demanda ciudadana mutó radicalmente. El electorado latinoamericano priorizó el control de la inflación, la desregulación económica y la reducción del déficit fiscal por encima de la expansión de programas sociales. Este giro es evidente en el triunfo y consolidación de la agenda ultraliberal de Javier Milei en Argentina, quien capitalizó el hastío social prometiendo desmantelar la intervención estatal para frenar la hiperinflación. La “Marea Azul” se nutre así del agotamiento del intervencionismo económico, canalizando el “voto castigo” contra liderazgos tradicionales —sean de izquierda o derecha institucional— hacia opciones outsider que prometen “terapias de shock” y soluciones de mercado.
La securitización del voto: El modelo de la “mano dura” como capital político
Si el paradigma económico viró hacia el libertarismo, la agenda de gobernabilidad fue completamente absorbida por la securitización del discurso político. América Latina enfrenta una crisis de seguridad sin precedentes, registrando una tasa de 15 homicidios por cada 100.000 habitantes, la más alta a nivel global, según datos del Real Instituto Elcano (2024). Las encuestas de Ipsos Global Advisor de diciembre de 2025 confirmaron este cambio de paradigma: el crimen y la violencia se consolidaron como la principal preocupación para los ciudadanos en países como Perú (66%) y Chile (59%), desplazando a la pobreza y la inequidad social de los primeros lugares.
Este clima de inseguridad estructural y expansión del crimen organizado transnacional pavimentó el camino para la proliferación del “modelo Bukele”. El abrumador respaldo ciudadano a la política de autocracia carcelaria en El Salvador se exportó rápidamente como un estándar de éxito para la nueva derecha regional. Este fenómeno explica el ascenso de Daniel Noboa en Ecuador, quien basó su campaña en la militarización estatal frente a la crisis de los cárteles, y, de manera más reciente, la victoria del abogado penalista Abelardo de la Espriella en Colombia. Triunfando en el balotaje del 21 de junio de 2026 con un ajustado 49,66% de la Espriella estructuró su plataforma sobre promesas de construcción de mega cárceles y “mano dura” contra el narcotráfico, evidenciando que el autoritarismo punitivo es hoy el principal vector de cohesión electoral en la región.
La heterogeneidad de la nueva derecha y el pragmatismo en el Cono Sur
A diferencia de la homogeneidad pragmática que caracterizó al bloque progresista de principios de siglo —articulado alrededor de plataformas como la UNASUR o el ALBA—, la actual “Marea Azul” destaca por su fragmentación ideológica y diversidad de liderazgos. El bloque conservador abarca desde el anarcocapitalismo disruptivo de Javier Milei en Argentina y el populismo securitario de Nayib Bukele en Centroamérica, hasta formas más tradicionales y dinásticas de la derecha latinoamericana. Este último modelo quedó reafirmado con la reciente proclamación de Keiko Fujimori en julio de 2026, quien, tras tres intentos fallidos y en el marco de una coalición conservadora que modificó las reglas del juego parlamentario (reinstalando la bicameralidad), aseguró la presidencia de Perú.
La consolidación de la “Marea Azul” en 2026 refleja una reconfiguración estructural de las demandas sociales en América Latina. La exigencia de “orden”, tanto en el ámbito de la macroeconomía como en la seguridad pública, ha desplazado a la agenda redistributiva, consolidando una nueva hegemonía de liderazgos de derecha. Sin embargo, la supervivencia de esta ola conservadora dependerá de su capacidad para ofrecer resultados tangibles y sostenibles en el tiempo, enfrentando el desafío de gobernar democracias polarizadas donde el descontento ciudadano actúa, invariablemente, como un péndulo implacable.
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