La Armada de EE.UU. busca reconstruir su flota y empieza a mirar hacia los astilleros asiáticos para superar su crisis naval

El destructor de misiles guiados clase Arleigh Burke USS Truxtun (DDG 103) partió de la Estación Naval de Norfolk para un despliegue programado el 3 de febrero de 2026. (Foto de la Armada de los EE. UU. por el Especialista en Comunicación de Masas de 2ª Clase Derek Cole)

El destructor de misiles guiados clase Arleigh Burke USS Truxtun (DDG 103) partió de la Estación Naval de Norfolk para un despliegue programado el 3 de febrero de 2026. (Foto de la Armada de los EE. UU. por el Especialista en Comunicación de Masas de 2ª Clase Derek Cole)

La Armada de Estados Unidos está avanzando con una transformación de su política de construcción naval que podría abrir por primera vez en décadas un espacio relevante para que astilleros de Corea del Sur y Japón participen directamente en la fabricación de buques. La iniciativa surge mientras Washington intenta reconstruir una flota afectada por atrasos, sobrecostos y limitaciones industriales que dificultan incrementar rápidamente el número de portaaviones, submarinos, destructores y unidades logísticas necesarias para responder simultáneamente a la creciente competencia con China y a sus compromisos militares en otras regiones.

El destructor de misiles guiados de la clase Arleigh Burke de la Marina de los EE. UU., Farragut (DDG-99), pasa junto a la Estatua de la Libertad durante el desfile de barcos Sail 250, mientras Estados Unidos celebra su 250 aniversario el Día de la Independencia en el puerto de Nueva York, el 4 de julio de 2026. Carlos Barria/Reuters

El cambio adquirió una nueva dimensión el 13 de agosto, cuando el presidente Donald Trump firmó un memorándum destinado a reorganizar la construcción y mantenimiento de la Armada estadounidense. Entre otras medidas, la directiva ordena desarrollar un quinto astillero naval público, el primero nuevo en más de ocho décadas, ampliar la capacidad de reparación de submarinos y crear un centro específico para recuperar y distribuir componentes de estos sistemas. Pero otra disposición resulta especialmente significativa: Washington quiere utilizar temporalmente la capacidad industrial de astilleros extranjeros mientras reconstruye la propia.

La Casa Blanca denomina al esquema “Finland Model”, tomando como antecedente el programa de rompehielos de la Guardia Costera estadounidense. Bajo esa lógica, una empresa extranjera puede construir inicialmente unidades en su país de origen, pero debe comprometerse paralelamente a invertir en infraestructura dentro de Estados Unidos, formar trabajadores estadounidenses, transferir métodos industriales y establecer una cadena local de proveedores. Las unidades posteriores deberían pasar a construirse en territorio norteamericano.

El modelo abre una puerta particularmente relevante para Corea del Sur y Japón, dos aliados estadounidenses que poseen algunas de las industrias navales más desarrolladas y productivas del mundo.

La Casa Blanca quiere construir buques militares fuera de Estados Unidos

La propuesta dejó de ser solamente una posibilidad exploratoria.

En julio, la propia Casa Blanca comunicó formalmente al Congreso que considera prioritaria una iniciativa legislativa para permitir que la Armada contrate la construcción de dos combatientes de superficie y dos buques auxiliares no combatientes en astilleros extranjeros. La Administración se opuso específicamente a una disposición del proyecto presupuestario de Defensa para 2027 que buscaba impedir esa posibilidad.

El documento resulta especialmente significativo porque reconoce el problema que intenta resolver. Según la Casa Blanca, seis de los principales programas estadounidenses de construcción naval enfrentan atrasos y la capacidad disponible en los grandes astilleros tradicionales no resulta suficiente para satisfacer las necesidades previstas de la flota.

El objetivo, sin embargo, no sería trasladar permanentemente la construcción naval estadounidense al exterior.

Los destructores de la clase Arleigh Burke USS Bainbridge (DDG 96) (frente), USS Forrest Sherman (DDG 98) (centro) y USS Roosevelt (DDG 80), transitan el Océano Atlántico en formación detrás del USS Mahan (DDG 72) durante un ejercicio de tránsito por estrechos el 20 de marzo de 2025.

Washington plantea utilizar las primeras unidades fabricadas fuera del país como una solución puente: recibir buques rápidamente mientras los constructores extranjeros invierten simultáneamente en nuevos astilleros estadounidenses o compran y modernizan instalaciones ya existentes.

Dentro de las opciones analizadas aparecen combatientes capaces de realizar guerra antisubmarina, guerra de superficie y escolta de convoyes, además de nuevos buques tanque destinados al reabastecimiento en el mar y unidades Roll-On/Roll-Off para transporte estratégico. El memorándum de agosto permite que hasta dos unidades iniciales de determinadas clases puedan construirse en los astilleros de origen de las empresas extranjeras que cumplan los requisitos del programa.

Washington ya había destinado además US$1.850 millones para estudiar diseños, capacidades industriales y alternativas extranjeras vinculadas a futuros destructores y fragatas. Fuentes vinculadas al programa señalaron que el análisis se concentra particularmente en diseños y astilleros de Corea del Sur y Japón.

Corea del Sur ya comenzó a reparar buques estadounidenses

El acercamiento a Asia tampoco empieza desde cero.

La Armada de EE.UU. lleva varios años ampliando progresivamente el papel de Corea del Sur dentro de su estructura regional de mantenimiento.

En marzo de 2025, el buque logístico USNS Wally Schirra completó una reparación general de siete meses en las instalaciones de Hanwha Ocean, marcando la primera vez que un astillero surcoreano obtenía un contrato estadounidense de mantenimiento de esa magnitud. Los trabajos incluyeron más de 300 tareas, entrada a dique seco y el reemplazo completo del timón de la unidad.

La experiencia fue seguida por nuevos trabajos sobre otros buques logísticos estadounidenses, entre ellos el USNS Yukon, mientras la propia Secretaría de la Armada destacó públicamente que utilizar capacidad industrial surcoreana permite reducir tiempos fuera de servicio y sostener una mayor disponibilidad de unidades en el Indo-Pacífico.

En febrero de este año, el Military Sealift Command volvió a reunir en Busan a alrededor de una docena de compañías del sector naval surcoreano para explicar sus futuras necesidades de mantenimiento y contratación. El objetivo declarado fue ampliar la base industrial disponible para reparar los aproximadamente 50 buques que apoyan a la Séptima Flota estadounidense en la región.

El paso siguiente sería sustancialmente mayor: pasar de reparar buques estadounidenses en Corea del Sur a construir allí las primeras unidades destinadas a la flota.

Hanwha y Hyundai ya tienen un pie dentro de la industria naval estadounidense

Al mismo tiempo, las principales constructoras surcoreanas comenzaron a ingresar físicamente a Estados Unidos.

Hanwha adquirió Philly Shipyard y posteriormente anunció un plan de inversión de US$5.000 millones destinado a aumentar radicalmente su capacidad. La compañía pretende llevar la producción desde menos de dos buques anuales hasta un máximo proyectado de 20 mediante nuevos diques, muelles, automatización, soldadura robotizada y técnicas de construcción modular provenientes de sus operaciones en Corea del Sur.

En marzo de 2026, Hanwha Philly Shipyard recibió además su primer trabajo vinculado directamente a la Armada de EE.UU., participando como subcontratista en el programa Next Generation Logistics Ship.

HD Hyundai Heavy Industries siguió un camino diferente pero complementario. La empresa firmó un acuerdo con Huntington Ingalls Industries, uno de los mayores constructores militares estadounidenses y responsable de destructores, buques anfibios y portaaviones, para estudiar formas de acelerar la producción naval y transferir técnicas industriales.

Las compañías surcoreanas aparecen así en una posición particularmente favorable: poseen capacidad de producción masiva en Asia mientras, simultáneamente, invierten o se asocian con la propia industria estadounidense, una condición central del modelo que busca implementar Washington.

La relación también está respaldada políticamente. Estados Unidos y Corea del Sur acordaron formalmente profundizar la cooperación en construcción naval, modernización de astilleros, mantenimiento, cadenas de suministro y formación de trabajadores. La declaración bilateral incluso reconoce explícitamente la posibilidad de construir buques estadounidenses en territorio surcoreano.

Japón aparece como la otra alternativa

Japón ocupa el segundo lugar dentro de los países asiáticos considerados por Washington.

Empresas como Mitsubishi Heavy Industries, Kawasaki Heavy Industries y Japan Marine United fueron identificadas entre las compañías con las que funcionarios estadounidenses han mantenido conversaciones sobre posibles proyectos navales.

La cooperación industrial posee además una ventaja geográfica evidente.

Estados Unidos mantiene en Japón la mayor concentración adelantada de sus fuerzas navales en Asia. Las instalaciones estadounidenses de Yokosuka y Sasebo ya realizan mantenimiento y modernización de los combatientes de superficie asignados a la Séptima Flota, incluyendo destructores Aegis y otras unidades desplegadas permanentemente en la región.

Tripulación en el centro de información de combate (CIC) del destructor JS Chokai desplegado en San Diego. Créditos: Ministerio de Defensa de Japón.

En un eventual conflicto prolongado en el Pacífico, la posibilidad de utilizar con mayor intensidad los grandes astilleros comerciales y militares japoneses y surcoreanos podría convertirse no solamente en una cuestión industrial, sino también en una capacidad logística estratégica frente a China.

El problema detrás del giro: Estados Unidos necesita más buques y no logra construirlos suficientemente rápido

El acercamiento a los astilleros asiáticos refleja un problema que Washington reconoce desde hace años.

La Government Accountability Office (GAO) advirtió en abril que los 11 buques cabeza de serie más recientes construidos para la U.S. Navy acumularon al menos US$8.000 millones adicionales respecto de sus costos originalmente previstos, mientras numerosos programas continúan experimentando atrasos de entrega.

El caso de la fragata Constellation se convirtió en uno de los ejemplos más visibles: después de años de demoras, aumento de costos y cambios de diseño, la Marina terminó cancelando cuatro de las seis unidades que tenía bajo contrato.

Los problemas alcanzan también al componente submarino, considerado crítico ante la expansión naval china. Estados Unidos intenta alcanzar una producción sostenida de submarinos de ataque Virginia mientras construye simultáneamente los nuevos submarinos estratégicos Columbia, pero la capacidad industrial disponible continúa siendo uno de los principales cuellos de botella.

El propio plan naval para 2027 proyecta apenas 288 buques de combate al inicio del período y plantea llegar a 355 recién hacia el año fiscal 2040, una meta que depende expresamente de que la industria recupere capacidad y entregue las futuras unidades dentro de los plazos previstos.

Ese problema adquiere mayor importancia por la extensión global de las obligaciones estadounidenses. La misma flota debe sostener presencia permanente en el Indo-Pacífico frente a China, garantizar operaciones en Medio Oriente, mantener fuerzas en Europa y disponer de unidades suficientes para responder a crisis simultáneas.

Un cambio que todavía enfrenta barreras legales y políticas

Construir buques de guerra estadounidenses en Corea del Sur o Japón, sin embargo, no es actualmente un proceso libre de obstáculos.

La legislación estadounidense prohíbe en términos generales construir buques de las Fuerzas Armadas, así como componentes principales de sus cascos o superestructuras, en astilleros extranjeros. La ley contempla una excepción cuando el presidente determina que hacerlo responde al interés de seguridad nacional, pero también existen restricciones presupuestarias adicionales.

En el Congreso ya fueron presentadas iniciativas para modificar esas restricciones y permitir construcciones en astilleros pertenecientes a países de la OTAN o aliados del Indo-Pacífico vinculados mediante tratados de defensa con Estados Unidos.

La resistencia tampoco es únicamente jurídica. Parte de la industria estadounidense y legisladores de ambos partidos sostienen que enviar construcción militar al exterior podría perjudicar justamente la base industrial que Washington pretende recuperar, además de abrir interrogantes sobre protección de tecnología sensible, estándares constructivos y sostenimiento posterior de los nuevos buques.

Por eso la Administración intenta presentar el modelo no como una sustitución de los astilleros nacionales, sino como una herramienta para importar capacidad industrial hacia Estados Unidos.

La diferencia es importante. El objetivo planteado por Washington sería que las primeras unidades puedan salir rápidamente de Corea del Sur, Japón u otro país aliado, mientras sus constructores trasladan capital, tecnologías, métodos de fabricación y cadenas de suministro a instalaciones estadounidenses.

De concretarse, el resultado marcaría un cambio significativo en una política naval mantenida durante décadas. Estados Unidos seguiría buscando reconstruir su capacidad soberana para fabricar buques de guerra, pero recurriría temporalmente a la enorme industria naval de sus aliados asiáticos para ganar algo que sus propios astilleros tienen cada vez más dificultades para proporcionar: tiempo.

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