Hace pocas semanas, Arabia Saudita, Pakistán y Turquía suscribieron un acuerdo de defensa conjunto, es decir, un pacto en el cual considerarán cualquier ataque dirigido a uno de ellos como una agresión contra los tres. Se trata de un paso que marca un antes y un después para estos estados en materia de seguridad, que tiene ciertas particularidades de alcance no menor.
Por ejemplo, ¿cuál es la necesidad de Turquía de formar parte de este acuerdo? Esto, considerando que integra hace más de 70 años el mecanismo de seguridad colectiva más amplio y poderoso del planeta, la OTAN, que supuestamente, en caso de ser agredida militarmente, le garantizaría el auxilio e involucramiento directo de nada menos que de potencias como Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Alemania, entre otros.
La respuesta es simple: ante un evidente deterioro de su compromiso por parte de Washington, el actor que, hasta el momento, representa el 40% del personal y el 60% del gasto militar dentro de una alianza atlántica compuesta por una treintena de países, en medio de un escenario político incierto, Ankara decidió contar con una “alternativa” de seguridad colectiva en caso de hacerse realidad las amenazas que identifica.
De hecho, hace dos años, Bruno Tertrais, experto francés en relaciones internacionales, ya anticipó en un libro que, mientras “las potencias revisionistas pondrán a prueba los compromisos de seguridad occidentales en espacios disputados, la red cada vez más densa de alianzas contemporáneas es probablemente más estabilizadora que desestabilizadora. Es más, un cinturón de seguridad que una correa de transmisión”.
Idea que también tendría muy clara la monarquía saudí, la cual, pese a no haber sido previamente parte de una instancia similar a la que se acaba de integrar, siempre se ha caracterizado por ser, junto a Israel, el aliado más estrecho de Estados Unidos en Medio Oriente, albergando parte de las principales bases militares norteamericanas instaladas en la región.
Si hace no muchos años ese “privilegio” podría interpretarse como una garantía de seguridad para Riad frente a amenazas externas como Irán o grupos armados patrocinados por esta última, la situación sería distinta actualmente, sobre todo por la impredecibilidad que Washington ha demostrado en la relación con sus aliados en materia militar, comercial y otras relativas a la política exterior.
En el caso de Pakistán, uno de los pocos países poseedores de arsenales atómicos, la herramienta bélica disuasiva más poderosa y devastadora que ha creado la humanidad, también estaría conduciéndose en la misma lógica de sus socios en dicho pacto de seguridad colectiva, considerando que está rodeada de actores hostiles, como el régimen talibán en Afganistán y, principalmente, India, la nación más habitada del planeta que cuenta con 190 ojivas nucleares dentro de sus capacidades bélicas, con quien mantiene una peligrosa disputa territorial desde hace décadas.
Considerando las características propias, pero también comunes, de estos tres actores globales, en medio de un panorama geopolítico cada vez más incierto y cambiante, la suscripción de dicho instrumento de seguridad colectiva estaría guiada por el realismo defensivo, teoría de chino Shiping internacionales expuesta al principio por Kenneth Waltz, influyente exponente de la materia, y enriquecida, posteriormente, por el politólogo y académico chino Shiping Tang, que reconoce un sistema internacional anárquico carente de una autoridad supranacional capaz de obligar a los estados a acatar las normas impuestas por el derecho internacional. Una combinación de variables que obligaría a algunos de ellos, como Turquía, Arabia Saudita y Pakistán, a adoptar este tipo de alianzas militares, cuyo único objetivo es defender sus respectivos territorios sin significar una amenaza para terceros, dando una potente señal de que no tienen intenciones de alterar el statu quo.
¿Se construirán nuevas mini “OTANES” en el corto y mediano plazo? Solo el transcurso de los acontecimientos globales lo dirá.
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