La capacidad de la Unión Europea (UE) para plantarse frente a la hegemonía comercial y estratégica de China depende críticamente de su cohesión interna, un desafío complejo debido a los intereses contrapuestos de sus estados miembros. La Comisión se encuentra en una encrucijada que define la “próxima guerra fría”, siendo la interrogante: ¿cómo frenar la inundación de productos chinos subsidiados sin sucumbir al chantaje de las tierras raras?
Con un déficit comercial que promedia los 1.000 millones de dólares diarios, Bruselas intenta aplicar una estrategia de “firmeza pero justicia”, pero el bloque muestra grietas peligrosas que Beijing sabe explotar.
El “estrangulamiento” de las tierras raras
China posee lo que los expertos llaman “dominancia de escalada”. Este concepto no es teórico, sino que ya obligó a Donald Trump a retroceder sus aranceles del 145% cuando Beijing restringió la exportación de estos minerales, vitales para fabricar desde vehículos eléctricos hasta misiles y equipos de defensa. Para la industria europea, el riesgo es inminente. Si la UE impone aranceles severos, China puede cortar el suministro de estos insumos básicos, tomando a la economía europea como “rehén”.
El principal obstáculo para una respuesta contundente es la falta de cohesión interna. Por un lado, Francia lidera la postura combativa, exigiendo medidas rápidas de defensa comercial. Mientras que Alemania e Italia se muestran (históricamente) cautos para proteger sus propias exportaciones. En cambio, España, al ser un destino principal de la inversión china, se muestra mucho más precavida ante posibles sanciones que puedan ahuyentar el capital asiático.
Para evitar que Beijing castigue a países individuales, la Comisión Europea revisa su kit de defensa comercial con propuestas agresivas. Una es la ley “Buy European”, que consiste en canalizar fondos públicos exclusivamente a empresas del bloque o con contenido doméstico suficiente. Otra opción es utilizar la recaudación de los aranceles para compensar a los sectores más golpeados por las represalias de China. O emplear un instrumento anticonvencional, una herramienta poderosa —aún no estrenada— que permitiría penalizar a China de múltiples formas si intenta intimidar a un solo estado miembro.
En fin, la UE ya no ve el comercio como un beneficio mutuo garantizado, sino como un campo de batalla geopolítico. Mientras busca diversificar sus fuentes de tierras raras mediante acuerdos con el Mercosur e India, el bloque se juega su relevancia (solo) si logra actuar como un verdadero “bloque” unido podrá obligar a Beijing a aceptar un trato justo.
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