Del portaaviones Fujian al caza J-35: China busca cerrar la brecha con la aviación embarcada de EE.UU.

El Grupo Operativo de Portaaviones 18 realiza su primer ejercicio real en el mar el 18 de noviembre de 2025. Créditos: Armada de China.

El Grupo Operativo de Portaaviones Fujian realiza su primer ejercicio real en el mar el 18 de noviembre de 2025. Créditos: Armada de China.

El desarrollo del Fujian, junto con el J-35, el J-15T, el J-15D y el KJ-600, muestra que Beijing ya no busca solamente tener portaaviones, sino construir un ala aérea capaz de cumplir funciones similares a las que sostienen el poder aeronaval de la Armada de EE.UU.

El portaaviones Fujian de la Armada del EPL chino realiza su primer entrenamiento marítimo con fuerzas reales el 18 de noviembre de 2025. Créditos: Cuenta oficial de prensa de las fuerzas armadas de China.

China está entrando en una nueva fase de su poder naval. El eje ya no pasa solamente por la cantidad de portaaviones que posee, sino por la capacidad de convertirlos en plataformas aeronavales completas, capaces de operar cazas furtivos, aviones de alerta temprana, aeronaves de guerra electrónica y sistemas de apoyo para proyectar poder más allá de sus costas.

El punto central fue marcado por un análisis del International Institute for Strategic Studies, que advierte que la aviación embarcada china está dando un salto relevante. La comparación directa no es únicamente con otras marinas regionales, sino con el modelo que domina Estados Unidos desde hace décadas: el portaaviones como núcleo de un grupo aeronaval integrado, sostenido por un ala aérea diversa y especializada.

Esa comparación es clave porque permite leer el avance chino más allá del símbolo. Un portaaviones sin aviación embarcada madura es una plataforma incompleta. La verdadera capacidad aparece cuando el buque puede lanzar y recuperar aeronaves de combate, vigilancia, alerta temprana, guerra electrónica y apoyo, integradas en una red de sensores, escoltas y mando operativo.

El Fujian representa el salto más importante de China en esa dirección. A diferencia del Liaoning y el Shandong, que utilizan rampas tipo ski-jump, el tercer portaaviones chino incorpora catapultas electromagnéticas. Esa tecnología permite lanzar aeronaves más pesadas, con mayor carga de combustible y armamento, y habilita el empleo de plataformas que no podían operar eficientemente desde los portaaviones chinos anteriores.

Ahí aparece la comparación directa con Estados Unidos. La Armada de EE.UU. no basa su poder de portaaviones únicamente en el buque, sino en el conjunto del ala aérea embarcada. Sus grupos de portaaviones combinan cazas F-35C, F/A-18E/F Super Hornet, aviones de guerra electrónica EA-18G Growler, aeronaves de alerta temprana E-2D Hawkeye, CMV-22 Osprey y helicópteros MH-60. Cada sistema cumple una función específica dentro de una arquitectura pensada para detectar, proteger, atacar y sostener operaciones a gran distancia.

Comparación de los Grupos de ataque de los portaaviones de China y EE.UU. Crédito: Imagen generada con IA en base al informe del IISS

China está intentando construir una versión propia de esa lógica. El J-35 apunta a cubrir la dimensión furtiva y de quinta generación; el J-15T permite aprovechar las catapultas para operar con mayor carga; el J-15D o sus variantes catapultables agregan guerra electrónica; y el KJ-600 introduce una capacidad de alerta temprana embarcada que puede extender el radio de vigilancia y coordinación del grupo de portaaviones.

El KJ-600 es especialmente importante. En una operación aeronaval moderna, detectar antes puede ser tan decisivo como atacar primero. Un avión de alerta temprana embarcado permite ampliar el horizonte de vigilancia, coordinar patrullas aéreas, detectar amenazas y ordenar el espacio aéreo alrededor del grupo naval. Para China, incorporar esa función desde un portaaviones reduce la dependencia de aeronaves basadas en tierra y aumenta la autonomía operativa en mares más lejanos.

La incorporación de guerra electrónica también muestra que Beijing observa con atención el modelo estadounidense. El EA-18G Growler cumple un rol central en la Armada de EE.UU. porque permite degradar sensores, interferir comunicaciones, proteger paquetes de ataque y abrir corredores en entornos disputados. Si China consolida una variante embarcada equivalente dentro de la familia J-15, estaría sumando una capa fundamental para operar en escenarios de alta intensidad.

Un caza J-15 se prepara para despegar desde la cubierta del Liaoning, el primer portaaviones de China, durante un ejercicio en el Mar de China Meridional el lunes. Foto: CNS

Sin embargo, el avance chino no significa que haya alcanzado a Estados Unidos. La brecha sigue siendo amplia. La Armada de EE.UU. mantiene una flota de portaaviones nucleares, décadas de experiencia en operaciones de combate, grupos de ataque desplegados globalmente, logística madura, entrenamiento acumulado y una cultura operacional construida sobre miles de ciclos de lanzamiento y recuperación en distintos teatros.

El Fujian, además, es convencional y no nuclear. Eso limita su autonomía frente a los portaaviones estadounidenses, que pueden operar durante largos períodos sin necesidad de reabastecimiento de combustible nuclear. También es más pequeño que los portaaviones estadounidenses de las clases Nimitz y Ford, y se estima que puede transportar menos aeronaves que un superportaaviones de la Armada de EE.UU.

La diferencia, entonces, no está en afirmar que China igualó a Estados Unidos, sino en entender que Beijing está cerrando brechas funcionales. Antes, sus portaaviones servían principalmente como plataformas de aprendizaje, presencia y prestigio. Ahora, con el Fujian y su futura ala aérea, la Armada de China empieza a acercarse al tipo de capacidades que hacen útil a un portaaviones en una guerra moderna.

Ese salto tiene consecuencias directas para el Indo-Pacífico. Un grupo de portaaviones chino con cazas furtivos, alerta temprana y guerra electrónica podría operar con más autonomía en zonas sensibles como el mar de China Meridional, el mar de China Oriental, el entorno de Taiwán y las rutas hacia la segunda cadena de islas. No se trata solo de proyectar bandera, sino de disputar vigilancia, cobertura aérea y control del espacio marítimo.

Taiwán aparece como el escenario más evidente, pero no el único. En una crisis alrededor de la isla, China podría intentar combinar presión aérea desde tierra, buques de superficie, guardacostas, misiles, submarinos y portaaviones. El valor del Fujian sería aportar una capa adicional de aviación embarcada, especialmente hacia zonas donde las bases terrestres chinas no ofrecen la misma flexibilidad o donde Beijing busque mostrar capacidad de operar más allá del estrecho.

Para Estados Unidos, el desafío es distinto. Washington todavía conserva la ventaja aeronaval, pero enfrenta a una China que aprende rápido, produce a gran escala y adapta su arquitectura naval al teatro donde más importa: el Pacífico occidental. La presencia adelantada estadounidense en Japón, con grupos de portaaviones y alas aéreas embarcadas, sigue siendo una de las principales herramientas para sostener la disuasión regional.

La competencia, por lo tanto, no se define solo por quién tiene más portaaviones. Se define por quién puede operar mejor sus alas aéreas, integrar sensores, sostener logística, proteger al grupo naval, lanzar ataques coordinados y mantener presencia bajo presión. En ese terreno, Estados Unidos sigue marcando el estándar, pero China empieza a construir los componentes necesarios para disputarlo.

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