Estados Unidos e Irán han postergado su reunión técnica en Suiza debido a la escalada militar de Israel en Líbano, un movimiento que evidencia una fractura sin precedentes entre los objetivos de Donald Trump y la estrategia de Benjamin Netanyahu. Lo que debemos resaltar es que la Casa Blanca ha comenzado a utilizar su mayor palanca de presión, la dependencia absoluta de Israel hacia la tecnología estadounidense. Según expertos en logística de defensa, los cazas F-35 israelíes quedarían inoperativos en un plazo de uno a dos meses si Washington decide suspender el suministro de piezas de repuesto y mantenimiento. Este “talón de Aquiles” técnico coloca a Israel en una encrucijada donde su capacidad para sostener guerras en múltiples frentes depende enteramente de su alineación con el Memorando de Islamabad.
La relación entre ambos aliados atraviesa un momento crítico debido a visiones contrapuestas sobre el tablero regional. Mientras el presidente Trump está decidido a cerrar un acuerdo definitivo con Irán para estabilizar los mercados energéticos, Teherán ha dejado claro que el pacto es inviable si Israel no detiene sus operaciones contra Hezbolá en Líbano.
Trump ha expresado abiertamente su descontento, afirmando que “Israel habría volado por los aires hace mucho tiempo” si él no hubiera intervenido, sugiriendo que la garantía de un “rescate estadounidense” ya no es incondicional. Por su parte, Israel insiste en que no quedará atado a un pacto del que no participó y que sus intereses de seguridad requieren la continuidad de la guerra en el norte.
Más allá de la retórica, la verdadera fuerza de Washington en esta relación reside en la arquitectura de la ayuda militar. Si Estados Unidos decidiera utilizar su leverage (influencia) para forzar un alto el fuego, las consecuencias para el IDF serían inmediatas. Primero colapsaría la Fuerza Aérea ya que el mantenimiento de los sistemas avanzados, especialmente los F-35, depende de empresas estadounidenses. Sin piezas de repuesto, la flota insignia de Israel quedaría inmovilizada en menos de ocho semanas.
En los últimos tres años, EE.UU. ha suministrado a Israel unas 90.000 toneladas de equipo militar y municiones. Sin este flujo constante, Israel se vería obligado a abandonar sus “políticas expansionistas” y centrarse exclusivamente en la defensa de su territorio soberano. Y, finalmente, la retirada del “escudo diplomático” estadounidense en la ONU dejaría a Tel Aviv expuesto a sanciones internacionales sin precedentes.
¿Hacia una nueva fase de la alianza?
El episodio de la postergación en Suiza muestra que, por primera vez, Estados Unidos e Irán están negociando una desescalada que Israel intenta descarrilar activamente. Para Trump, el acuerdo nuclear y la reapertura del estrecho de Ormuz son prioridades que podrían justificar un endurecimiento en las condiciones de la ayuda militar a Israel. Mientras los líderes israelíes y sus aliados en el Congreso intentan aprobar leyes para “atrincherar” la industria de defensa de ambos países y evitar un quiebre, la realidad operativa indica que, si Trump decide cumplir sus amenazas, Israel tendría que reconsiderar si la guerra en Líbano vale el riesgo de perder el respaldo logístico de su único gran proveedor.
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