Hilario Rodríguez volvió a Malvinas más de cuatro décadas después de la guerra. Para él, el viaje tenía un sentido concreto: cerrar una parte de su historia y rendir homenaje a sus compañeros. Había sido conscripto de la Armada Argentina y formó parte de la dotación del crucero ARA General Belgrano, pero su experiencia de 1982 no transcurrió en las islas, sino en el mar. Para quien no luchó, los lugares pueden aparecer como puntos del mapa; para un veterano, la guerra vuelve desde otra memoria. En el caso de Hilario, esa memoria estaba hecha de barco, guardias, explosión, balsa, rescate y compañeros que no volvieron.
El encuentro con Hilario se dio en Río Gallegos, antes de cruzar hacia las Islas Malvinas. Esa diferencia apareció durante el recorrido: otros veteranos podían reconocer caminos, posiciones, alturas o lugares donde habían estado en 1982. Hilario, en cambio, viajaba hacia una tierra que no había llegado a pisar durante la guerra. Malvinas había sido para él una causa, una orden de navegación, una referencia en el mapa y una experiencia marcada por el hundimiento del Belgrano.
“Yo soy Hilario Rodríguez. Pertenecí al crucero General Belgrano. Soy oriundo de la provincia de Santa Fe, al norte. A mí me tocó la colimba”, contó al comenzar la entrevista. Después explicó cómo llegó al buque: “Hice dos meses en tierra y me dieron destino en el crucero General Belgrano, en octubre del 81. Desde ahí ya era dotación del barco”.
Antes del hundimiento, Hilario recuerda haber hecho dos navegaciones. El 16 de abril de 1982, el crucero volvió a salir al mar. “Salimos a navegar para la zona de Ushuaia”, relató. En ese momento, según su testimonio, la información que recibían era limitada: “Nos habían dicho que escribiéramos una carta, pero que dijéramos que salíamos a patrullar la costa, nada más. Nosotros no íbamos a hacer otra cosa”.
El crucero tocó puerto en Ushuaia y luego continuó navegando. Hilario no sabía con precisión el rumbo. “Yo no sabía el rumbo”, dijo. Esa frase resume una parte de su experiencia como conscripto: cumplir destino, seguir las órdenes, moverse dentro de una estructura militar y enterarse de lo necesario en cada momento.
Cuando ocurrió el ataque, Hilario estaba cerca de su cambio de guardia. “Me tocaba de cuatro a ocho a mí. Así que yo estaba bien abrigado, bien preparado porque iba a tomar la guardia”, explicó. Entonces llegó el impacto: “Fue tal la explosión que me tiró al piso”.
Su primer reflejo fue esperar una respuesta del propio buque. “Esperaba que nuestros cañones respondieran”, contó. Pero no escuchó eso. “No se escuchaba nada, quedó todo en silencio”. En su relato, ese silencio es el primer quiebre: hasta ese momento había una guardia por tomar; después, el problema fue salir.
Después de la explosión, Hilario intentó llegar a su puesto de combate, una estación de control de averías. Empezó a moverse por el interior del crucero, pero el barco ya estaba dañado. “Empiezo a caminar y me encuentro con que el sector del comedor se estaba encendiendo. Tuve que retroceder y buscar por dónde poder salir”, recordó.
Conocía el buque y buscó una alternativa. “Me queda más fácil por cubierta principal”, pensó en ese momento. En el camino, todavía dentro del barco, se cruzó con un cabo de control de averías que bajaba con una linterna y una máscara. “Ahí le ayudé a ponerla con otro pibe”, relató. Poco después decidió salir primero a cubierta para ver la situación.
“Salí a cubierta principal y el barco ya estaba todo escorado”, contó. A partir de ahí, la prioridad fue el abandono. En cubierta había heridos y quemados. “Ahí lo ayudamos a todos los quemados que estaban ahí, porque había mucha gente quemada. Los llevábamos a la balsa porque ya era abandono inminente”.
Ese fue el ataque al ARA General Belgrano. El 2 de mayo de 1982, alrededor de las 16:00, el crucero fue alcanzado por torpedos lanzados desde el submarino británico HMS Conqueror. El buque navegaba fuera de la zona de exclusión fijada por Gran Bretaña. A bordo iban 1.093 tripulantes. Tras el ataque, 770 alcanzaron las balsas y 323 quedaron en el Mar Argentino.
Hilario describe la evacuación como una maniobra compleja. No era simplemente tirarse al mar. Había que lanzar la balsa, revisar su estado, hacer que se inflara, recoger el cabo y organizar el ingreso de los tripulantes. “La maniobra de abandono es bastante compleja: tirar la balsa, revisar la balsa, que no esté pinchada. Es autoinflable”, explicó.
Recuerda haberse arrojado entre los primeros. “Yo me habré tirado como décimo, más o menos”, dijo. La balsa empezó a llenarse rápido. “Esperamos como 25 en la balsa”. Mientras seguían cayendo hombres desde el buque, debían sostener el techo para evitar que se hundiera o se desordenara.
La balsa quedó inicialmente demasiado cerca del barco. No podían salir del lado del crucero y la situación empezó a complicarse. Entonces subió un oficial que había caído al agua y fue rescatado por ellos. “Dice: ‘De un solo lado que rememos’. Y empezamos a alejarnos de a poquito”, recordó Hilario.
Desde esa distancia, vio el final del crucero. “Más o menos, con 50 metros de distancia, vi cómo se hundió y se terminó de hundirse el barco”, contó. Después vino el movimiento del agua: “Cuando terminó de hundirse, hizo una explosión de agua. Hizo como un remolino. Las que estaban cerca las revoleó”.
La teoría indicaba que las balsas debían quedar unidas por cabos, pero el mar hacía difícil sostener esa decisión. “Nos atamos entre varias que estábamos más cerca, pero cuando salimos ya a la deriva, las olas nos tiraban, pegaban los tirones, y teníamos miedo de que se rompan”, explicó. Finalmente, cortaron los cabos. “Quedamos a la deriva, cada balsa sola”.
Pasaron dos noches en el mar. “Pasó esa noche, domingo a la noche, el lunes a la noche. Dos noches”, precisó. En la balsa había también heridos. Hilario recuerda a un cabo quemado y a otro tripulante con una fractura. “Venían lo más mal”, dijo. En esas horas rezaban. “Al principio rezábamos todo el tiempo y estábamos a la espera de que Dios nos ayude”.
Cuando se le preguntó qué fue lo más difícil de esas horas, Hilario no respondió con una descripción larga. Volvió a una idea que lo acompañó en la balsa: “Yo pensaba: ‘Si Dios me saca de esta, yo sería el hombre más bueno’”.
La frase muestra una parte del testimonio que muchas veces queda afuera cuando se habla de veteranos: el miedo, la necesidad de creer, la negociación íntima que aparece cuando no se sabe si va a haber rescate. Hilario no lo cuenta como una escena heroica. Lo cuenta como lo pensó en ese momento: un conscripto en una balsa, después de ver hundirse el barco, esperando que alguien los encontrara.
El rescate llegó con el ARA Francisco de Gurruchaga. Hilario recuerda primero una luz. “Nos enfoca con los reflectores”, dijo. Desde la balsa veían “una lucecita que se movía cada vez más cerca”. La maniobra no podía hacerse de cualquier manera: el buque debía acercarse lo suficiente para rescatar a los náufragos, pero no tanto como para ponerlos en riesgo por las turbinas.
Una vez a bordo, recibieron una taza de chocolate caliente. Al día siguiente llegaron a Ushuaia. “En Ushuaia nos dieron ropa seca y a la tarde nos llevan a Puerto Belgrano”, contó. Allí pasaron una noche. Después tuvieron una entrevista breve, recibieron ropa nueva y les dieron licencia por 10 días. “A los 10 días vuelvo y me mandaron nuevo destino”, recordó. Terminó la colimba en octubre de 1982 en la Escuela Mecánica de la Armada.
Después del rescate tampoco hubo una comprensión inmediata de lo ocurrido. Hilario recuerda que no sabían qué había pasado con otros tripulantes. “No sabíamos bien qué había pasado, si se salvaron, si estaban en algún hospital. Nosotros no podíamos saber porque no te informaban nada”. Y agregó: “Nosotros éramos soldados. No se decía tal y tal están en… quedaban destinos. Vos andá para allá, vos andá para acá y nos desparramamos”.
Ese regreso fragmentado también forma parte de su historia. Hilario fue rescatado, volvió al continente, recibió licencia y después otro destino. Pero Malvinas seguía siendo una tierra que no había visto. Por eso, el viaje realizado 44 años después tuvo un sentido distinto: no era volver a un punto de combate, sino ponerle lugar a una experiencia que para él había quedado asociada al mar.
“Era algo que quería hacerlo porque era para cerrar una parte muy importante de mi vida”, explicó. También lo pensó como un homenaje: “De alguna manera, rendirle un homenaje a mis compañeros, aunque ellos no estén acá”.
La frase sobre quienes no regresaron queda para el final. Hilario fue rescatado después del hundimiento y de dos noches en una balsa, pero cuando habla de la guerra vuelve a los demás: “Siempre pienso en los que no pudieron”. A 44 años, esa frase ayuda a entender por qué necesitaba volver a Malvinas: no para cerrar la historia de la guerra, sino para cerrar una parte de la suya y homenajear a los compañeros que quedaron en el Mar Argentino.
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