De las trincheras al gobierno: cómo Putin construye una nueva élite para consolidar su poder

Antes del inicio de Resultados del Año con Vladimir Putin. Foto: Vladimir Smirnov, TASS

Vladimir Putin. Créditos: Vladimir Smirnov, TASS

La guerra en Ucrania dejó de ser solo un asunto de política exterior para convertirse en el principal motor de la reestructuración del Estado ruso. En ese marco el Kremlin impulsa la incorporación de veteranos de la guerra en Ucrania a cargos estatales. Más que una política de reconocimiento, la maniobra funciona como una herramienta de legitimación interna, y una apuesta calculada de Putin para asegurar su poder mediante un círculo de lealtades incondicionales.

Putin recibe al nuevo gobernador interino de Belgorod, Alexander Shuvaev, en el Kremlin, días después de su designación
Creditos: The Moscow Times

El 13 de mayo, Putin reemplazó a los gobernadores de Belgorod y Bryansk, dos regiones fronterizas con Ucrania que llevan más de tres años bajo presión constante. En Belgorod asumió el general Alexander Shuvaev, con combate registrado en Ucrania, Georgia, Siria y el Cáucaso Norte. En Bryansk, Yegor Kovalchuk, quien administró la ocupada región de Lugansk. Ninguno llegó a ese cargo por la vía tradicional de la burocracia regional.

No es un hecho aislado. En enero de 2025, Putin había nombrado a un veterano como gobernador de Tambov, el cargo más alto otorgado hasta ese momento a alguien con participación directa en el conflicto. Y en las elecciones regionales de 2025, 837 candidatos de Rusia Unida con trayectoria militar en Ucrania fueron elegidos representantes en distintos niveles de la administración, más del doble que el año anterior.

El instrumento formal de esta estrategia es el programa “Tiempo de Héroes”, organizado a través de la Academia Presidencial Rusa (RANEPA) con participación del Departamento de Propaganda Política del Ministerio de Defensa, encargado de formar a veteranos en derecho público, administración estatal y liderazgo. Según la comunicación oficial rusa, la iniciativa busca capacitarlos para desempeñarse en estructuras estatales, pero su peso político va más allá de la formación técnica: el programa transmite la idea de que haber servido en Ucrania puede convertirse en una vía legítima de ascenso dentro del Estado.

No es una política menor: el propio Putin se reunió con los graduados de la primera promoción y los definió como “la verdadera élite de Rusia”. En octubre de 2024, el viceministro Sergei Kiriyenko prometió que al menos 50 veteranos se convertirían en gobernadores e intendentes para 2026. Los nombramientos de mayo muestran que esa promesa avanza a paso firme.

El Sarmat es parte de una modernización de la flota de misiles rusos ordenada por Putin en 2018 / Créditos: embajada de Rusia en el Reino Unido

Ahí está el núcleo de lo que está haciendo Putin. No se trata solamente de premiar a quienes participaron del conflicto. Lo que el Kremlin está construyendo es una clase dirigente cuya legitimidad está atada a la guerra: si el conflicto fue justo y necesario (narrativa que el Estado sostiene con insistencia), quienes lo pelearon son los más aptos para gobernar. Y si esos veteranos gobiernan, esa narrativa queda institucionalizada desde adentro del Estado.

Esto tiene una implicancia directa para la consolidación del poder de Putin. Una élite cuya carrera depende de haber participado en el conflicto tiene incentivos muy concretos para no cuestionar las decisiones que lo originaron. No es necesario un mecanismo de coerción explícito: la estructura de incentivos hace el trabajo por sí sola.

A esto se le suma el peso ideológico. La nueva dirigencia actúa como una herramienta de propaganda viva. Cuando el relato oficial equipara administrar el país con defenderlo en las trincheras, le resulta mucho más fácil al oficialismo deslegitimar a cualquier opositor, tachándolo de “antipatriota” por atreverse a cuestionar o competir contra los verdaderos héroes nacionales.

Esta movida no es nueva en el historial de Putin, un líder que siempre supo cómo renovar su círculo de confianza para sostenerse en el poder. Su apuesta actual es clara: conformar una dirigencia militarizada, atravesada por la guerra y dispuesta a obedecer en un país que parece prepararse para un estado de tensión permanente.

En la práctica, ascender a los veteranos funciona casi como un seguro de supervivencia para el Kremlin. Le da margen para correr a los funcionarios tradicionales y mantener vivo el relato patriótico sin voces disidentes. El problema de fondo es que, al atar la gestión del país a la experiencia en las trincheras, Rusia se encierra en un sistema mucho más rígido. Básicamente, se sacrifica la capacidad administrativa y el futuro económico a largo plazo con un único objetivo en mente: garantizar el control político de hoy.

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