El Ejército de EE.UU. volvió a mirar la Guerra de Malvinas como caso de estudio para futuros escenarios militares. En un artículo publicado por Army Sustainment, el teniente coronel Nathaniel A. Rice analiza cómo la campaña británica de 1982 expuso los límites de la proyección logística a larga distancia y qué lecciones podría extraer Washington para operaciones en regiones insulares, especialmente en el área del Comando Indo-Pacífico de EE.UU.
El estudio, titulado “Over the Ocean: What the Malvinas Campaign Can Teach the Army About Emerging Theaters”, fue publicado el 15 de mayo de 2026 y plantea que la operación británica en el Atlántico Sur no fue el tipo de conflicto que el Reino Unido esperaba enfrentar. Según el análisis, los recortes, la reestructuración militar y el diseño de fuerzas pensado para Europa dejaron a Londres con una pregunta crítica: cómo ensamblar, desplegar y sostener una fuerza de combate a una distancia equivalente a un tercio de la circunferencia terrestre, sin apoyo local de aliados o socios.
El punto central del artículo es logístico. Rice sostiene que la Real Armada británica no contaba con suficientes buques para transportar una brigada completa, su equipo, su carga básica y los medios necesarios para sostenerla en combate. La alternativa aérea tampoco era viable por razones geográficas y políticas, ya que no existía una base cercana desde la cual montar una operación de desembarco o inserción aerotransportada.
Ante esa limitación, el Reino Unido recurrió masivamente a buques comerciales. Para el final de la campaña, más de 50 buques habían sido tomados del comercio, ya sea mediante contratación o requisición. Esos buques cumplieron tareas de transporte de combustible, traslado de tropas, apoyo logístico, reparación de muelles y operaciones de dragado o barrido de minas. Para el autor, sin esa flota comercial, la misión británica habría sido imposible.
El caso más citado es el del Atlantic Conveyor, un buque mercante convertido rápidamente para transportar helicópteros y aeronaves Harrier. El artículo reconstruye cómo personal militar trabajaba a bordo instalando palas de helicópteros cuando la nave fue alcanzada y terminó hundiéndose en el Atlántico Sur. La pérdida del buque dejó en evidencia la vulnerabilidad de plataformas comerciales adaptadas a funciones militares y el costo de depender de medios improvisados en una operación expedicionaria.
A partir de ese ejemplo, Rice identifica tres problemas principales. El primero es que los buques comerciales no están diseñados para operaciones expedicionarias militares. Muchos requieren puertos de aguas profundas, infraestructura especializada y rutas conocidas. En la Guerra de Malvinas, la ausencia de instalaciones portuarias adecuadas obligó a realizar transferencias de carga buque a buque, izado con grúas, movimientos con helicópteros o empleo de balsas Mexeflote, procedimientos lentos, riesgosos y que dejaban a los buques expuestos por largos períodos.
El segundo problema es político y legal. No cualquier buque puede ser contratado o requisado libremente. Las leyes de bandera, las tripulaciones, la nacionalidad de los marinos y la autorización de otros gobiernos pueden condicionar la disponibilidad de transporte marítimo. El artículo señala que el Reino Unido pudo actuar porque todavía contaba con una industria marítima significativa y con buques bajo control nacional suficientes para sostener la operación.
El tercer problema fue la organización de la carga. La urgencia por enviar suministros produjo depósitos desordenados en los puertos de embarque, cargas mal configuradas y materiales que quedaron inaccesibles o terminaron regresando al Reino Unido. Además, el uso de contenedores estándar no siempre era útil, porque la falta de infraestructura en el área de operaciones impedía descargarlos o moverlos de manera eficiente.
La lectura del Ejército de EE.UU. apunta directamente al Indo-Pacífico. Rice advierte que, en una campaña de “salto de islas”, no puede asumirse que existan puertos disponibles, intactos o capaces de recibir buques comerciales modernos. Los puertos serían objetivos prioritarios y muchas islas directamente carecen de instalaciones adecuadas. Por eso, propone entrenar operaciones de transferencia en mar abierto y desembarco logístico sin depender de infraestructura portuaria.
El artículo recomienda que el Ejército de EE.UU., el Comando de Transporte de EE.UU., el Comando de Distribución y Despliegue de Superficie y el Comando de Transporte Marítimo Militar realicen ejercicios con buques comerciales reales, incluyendo modificaciones temporales para operaciones militares. La idea es generar experiencia práctica antes de una crisis, no improvisar en plena campaña.
Otra lección clave es entrenar a las unidades de combate en operaciones portuarias y planificación de carga. Rice advierte que los soldados suelen entrenarse en logística como apoyo a ejercicios de combate, pero no necesariamente en tareas críticas como compatibilidad de materiales peligrosos, límites de explosivos, estiba no estándar, carga manual o preparación de pallets para buques no diseñados para uso militar.
El texto también plantea que Estados Unidos debe estudiar de antemano su flota comercial disponible. Según el artículo, para enero de 2023 existían 153 buques militarmente útiles bajo bandera estadounidense, de los cuales 62 eran portacontenedores. Rice sostiene que hacer relevamientos técnicos de esas unidades permitiría anticipar modificaciones, comprar insumos de largo plazo y preparar contratos con astilleros antes de que surja una emergencia.
El cierre del análisis es contundente: en Malvinas, alrededor de 10.000 soldados e infantes de marina británicos fueron puestos en tierra para acciones de combate, pero para sostenerlos se movilizaron 18.000 militares y civiles, más de 110 buques y más de 80 aeronaves. Para el autor, cualquier operación futura en el Indo-Pacífico podría requerir una proyección de fuerza aún mayor, posiblemente en una escala superior a la británica de 1982.
En términos estratégicos, el interés del Ejército de EE.UU. por la Guerra de Malvinas muestra que el conflicto sigue siendo una referencia para estudiar operaciones expedicionarias, logística marítima, empleo de buques comerciales, vulnerabilidad de las líneas de comunicación y sostenimiento de fuerzas en territorios insulares alejados.
Para Washington, la campaña británica en el Atlántico Sur ofrece una advertencia directa: la superioridad militar no alcanza si no existe una cadena logística capaz de mover tropas, combustible, munición, helicópteros, repuestos y suministros a través del océano. En un escenario marcado por la competencia con China en el Indo-Pacífico, esa lección adquiere una relevancia renovada.
De esta manera, el Ejército de EE.UU. no estudia Malvinas únicamente como un conflicto del pasado, sino como un laboratorio logístico para guerras futuras. La pregunta que deja el artículo es simple pero decisiva: si una potencia debe operar lejos de sus bases, en islas con infraestructura limitada y bajo riesgo de ataque, ¿puede sostener la campaña con los buques, puertos y procedimientos que tiene hoy?
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