La nueva Estrategia Antiterrorista de Estados Unidos 2026 no se limita a carteles, grupos yihadistas o extremismo interno. El documento de la Casa Blanca incorpora una dimensión más amplia: el papel de actores estatales adversarios en el apoyo directo o encubierto a organizaciones terroristas, redes criminales y amenazas tecnológicas contra el territorio estadounidense.
El eje central del documento es que Washington considera insuficiente el enfoque clásico de contraterrorismo. Según la estrategia, Estados Unidos enfrenta nuevas combinaciones de actores violentos, incluyendo grupos no estatales que pueden recibir apoyo secreto de gobiernos interesados en debilitar a Washington. Esa formulación abre la puerta a una lectura más geopolítica del terrorismo, donde China, Rusia, Irán y Corea del Norte dejan de aparecer solo como rivales estatales y pasan a ser parte del ecosistema de amenazas que puede alimentar operaciones terroristas, criminales o híbridas.
El documento señala que, frente a los actores estatales, la prioridad estadounidense será identificar y degradar las líneas de apoyo encubierto brindadas a carteles y grupos islamistas por adversarios de EE.UU. Esto incluye sanciones, interdicción de flotas petroleras en la sombra, operaciones encubiertas y acciones cibernéticas ofensivas contra quienes ayuden a planificar ataques contra estadounidenses o respalden a quienes lo hagan.
La mención más directa aparece cuando la estrategia advierte sobre la provisión de tecnologías de uso dual a organizaciones terroristas. Allí se señala específicamente a Irán, China y Rusia como actores estatales vinculados con la entrega o facilitación de nuevas armas, drones, capacidades convencionales avanzadas y tecnologías que pueden ser explotadas por carteles o grupos yihadistas. El documento también incluye los precursores químicos usados para producir narcóticos letales dentro de las capacidades que Washington buscará cortar.
En el caso de Irán, la estrategia lo ubica como la principal amenaza proveniente de Medio Oriente para Estados Unidos. La Casa Blanca sostiene que el peligro iraní se expresa tanto de manera directa, por sus capacidades nucleares y misilísticas, como de manera indirecta, por el apoyo financiero y operativo a grupos aliados, incluyendo a Hezbollah. El documento también promete continuar operaciones cinéticas, de inteligencia y cibernéticas contra proxies respaldados por Teherán que planeen ataques contra estadounidenses.
Ese énfasis coincide con el contexto más amplio de la política de Washington hacia Irán. La estrategia menciona operaciones como Midnight Hammer y Epic Fury contra capacidades nucleares y militares iraníes, y remarca que Estados Unidos no permitirá que vías estratégicas como el Estrecho de Ormuz o el Mar Rojo sean tomadas como rehenes por actores estatales o no estatales.
La dimensión china aparece de manera menos frontal que la iraní, pero igual de sensible. La estrategia no presenta a China como patrocinador terrorista clásico, sino como actor estatal que puede facilitar tecnologías críticas, insumos de uso dual o capacidades que terminan fortaleciendo redes hostiles. En esa lógica, el problema para Washington no es solo militar, sino tecnológico: drones, inteligencia artificial, armas avanzadas, precursores químicos y cadenas logísticas globales que pueden conectar industria, crimen organizado y terrorismo.
En el caso de Rusia, la lectura apunta a las amenazas híbridas. La estrategia advierte sobre acciones estatales que se parecen al terrorismo, incluyendo sabotajes, uso de proxies, asesinatos y operaciones encubiertas. En Europa, el documento plantea la necesidad de trabajar con socios para enfrentar actividades estatales encubiertas categorizadas por aliados como “amenazas híbridas”, un concepto que en la práctica suele vincularse con operaciones atribuidas a Moscú.
Corea del Norte no aparece con el mismo nivel de explicitud que Irán, China y Rusia en el tramo de provisión tecnológica a terroristas. Sin embargo, entra en el marco más amplio de la estrategia por la preocupación estadounidense sobre armas de destrucción masiva, proliferación, ciberamenazas y financiamiento ilícito. La Evaluación Anual de Amenazas 2026 de la comunidad de inteligencia estadounidense ubica a China, Rusia, Irán y Corea del Norte como actores que ven a Estados Unidos como competidor estratégico o adversario potencial, junto con amenazas de terrorismo, crimen transnacional, drogas ilícitas y armas de destrucción masiva.
El capítulo sobre armas de destrucción masiva es clave para entender esa conexión. La estrategia afirma que impedir que actores terroristas desarrollen, adquieran o utilicen armas químicas, biológicas, radiológicas o nucleares constituye una misión de “no fallar” para el contraterrorismo estadounidense. También promete responsabilizar a los Estados que patrocinen, suministren o faciliten terrorismo con armas de destrucción masiva.
La estrategia también incorpora tecnologías emergentes al problema contraterrorista. Washington advierte sobre el impacto de vehículos autónomos, inteligencia artificial, manufactura aditiva y energía nuclear de nueva generación en el entorno de amenazas. En ese punto, la separación entre terrorismo, competencia tecnológica y rivalidad entre potencias se vuelve cada vez más borrosa.
El enfoque marca un cambio importante: la administración Trump no solo busca destruir grupos terroristas, sino también golpear las redes estatales, financieras, tecnológicas y logísticas que les permiten operar. Reuters informó que la nueva estrategia fue firmada por Donald Trump y que prioriza amenazas hemisféricas, carteles y grupos extremistas, pero también mantiene presión contra redes yihadistas globales y actores estatales vinculados con amenazas contra EE.UU.
La agencia AP también destacó que el documento eleva a los carteles como prioridad central de la política antiterrorista, dentro de una estrategia que utiliza designaciones como organizaciones terroristas extranjeras para ampliar herramientas de inteligencia, financiamiento y acción operativa. Ese marco permite a Washington tratar redes criminales y terroristas como parte de un mismo ecosistema transnacional.
En términos geopolíticos, la lectura es clara: Estados Unidos está ampliando el concepto de contraterrorismo para incluir a sus principales rivales estatales. Irán aparece como patrocinador directo de proxies; China y Rusia como facilitadores o actores vinculados a tecnologías, apoyo encubierto y amenazas híbridas; y Corea del Norte como parte del eje de proliferación, ciberamenazas y armas de destrucción masiva.
Para América Latina, esta lectura también tiene implicancias. La estrategia vincula carteles, narcotráfico, terrorismo y Estados adversarios, y menciona la posibilidad de actuar contra gobiernos considerados cómplices de redes criminales. En ese marco, la región deja de ser vista solo como un problema de drogas o frontera y pasa a ser parte de una arquitectura más amplia de competencia entre Estados Unidos y actores extrarregionales.
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