El portaaviones USS Gerald R. Ford (CVN-78) actualmente está operando en el océano Atlántico luego de cruzar el Estrecho de Gibraltar, en lo que constituye la fase final de un despliegue que ya supera los 300 días en alta mar. Según observadores navales, se trata del despliegue más prolongado de un grupo de ataque de portaaviones estadounidense desde el final de la Guerra Fría, marcando un hito operativo para la Armada de Estados Unidos.

De acuerdo con registros históricos, sólo dos precedentes superan esta duración: el USS Coral Sea en 1964 y el USS Midway en 1972, ambos en el marco de la Guerra de Vietnam. En este sentido, la misión del Ford adquiere una relevancia particular al desarrollarse fuera de un conflicto de esa magnitud, lo que refleja una evolución en el empleo estratégico de los portaaviones como instrumentos de presencia global.
En este sentido, el despliegue del Ford se caracterizó por su amplitud geográfica y su flexibilidad operativa. Inicialmente previsto para operar en Europa y Oriente Medio, el buque fue redirigido hacia el área del Comando Sur de Estados Unidos, como parte de un despliegue naval en América Latina. En consecuencia, el portaaviones tuvo un rol central en las operaciones que culminaron con la captura del expresidente venezolano Nicolás Maduro, en una acción que evidenció el uso del poder naval como herramienta directa de presión política y militar.
Proyección militar y desgaste operativo en un despliegue sin precedentes
Durante su permanencia en el Caribe, el USS Gerald R. Ford funcionó como plataforma para el despliegue de las fuerzas especiales en la denominada operación “Southern Spear”. Desde el buque se coordinaron las acciones que permitieron la captura de Maduro y su traslado al territorio estadounidense, en un operativo que tuvo un gran impacto mediático y político.
Luego de estos acontecimientos, el foco se desplazó hacia Oriente Medio. De esta manera, el portaaviones fue reasignado a esa región como parte de los preparativos para los ataques de la operación “Furia Épica” contra Irán, integrándose en un dispositivo naval junto a otras unidades, como el USS Abraham Lincoln. En este teatro, el Ford fue utilizado como plataforma para operaciones aéreas, contribuyendo a reforzar la capacidad de disuasión y proyección de poder de Estados Unidos frente a la República Islámica.

Sin embargo, el extenso despliegue también estuvo marcado por dificultades operativas. Entre los incidentes más relevantes se encuentra un incendio en la lavandería del buque, que se prolongó durante varias horas y afectó a una parte significativa de la tripulación. El siniestro dañó instalaciones clave, incluyendo los camastros de aproximadamente 600 marineros, lo que obligó a reorganizar las condiciones de habitabilidad a bordo.
Adicionalmente, los problemas en los sistemas sanitarios generaron complicaciones en la vida diaria de la tripulación. Estos inconvenientes reflejaron los desafíos logísticos que implica sostener durante períodos prolongados la operación de una plataforma de gran escala, equivalente a una ciudad flotante, en condiciones de alta exigencia operativa.
Cierre de misión y balance estratégico del despliegue
En paralelo, el despliegue del Ford coincidió con cambios en la conducción civil de la Armada estadounidense. En este contexto, el secretario interino de la Marina, Hung Cao, visitó recientemente el grupo de ataque y destacó el desempeño de la tripulación. “No podría estar más orgulloso de estos hombres y mujeres”, afirmó, subrayando el esfuerzo realizado durante una misión que abarcó múltiples regiones estratégicas y escenarios de alta complejidad.
Posteriormente, se estima que el USS Gerald R. Ford regrese a la Estación Naval de Norfolk, en Virginia, antes de fin de mes, donde iniciará un período de mantenimiento intensivo. De esta forma, las tareas incluirán reparaciones estructurales y la recuperación de los sistemas afectados durante el despliegue, con el objetivo de restablecer sus capacidades operativas de cara a futuras misiones.

En perspectiva, el recorrido del Ford sintetiza la lógica de la política exterior estadounidense basada en la proyección global de poder. En concreto, la utilización del portaaviones en escenarios tan diversos como el Caribe y Oriente Medio deja en evidencia la centralidad de estos activos en la estrategia militar de Washington, así como su capacidad para adaptarse a dinámicas cambiantes en el sistema internacional.











