La compra de Serra Verde por parte de USA Rare Earth abrió un nuevo frente de presión sobre el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva. La operación, valuada en aproximadamente US$ 2.800 millones, involucra a la mina Pela Ema, ubicada en Minaçu, en el estado de Goiás, y coloca bajo control de una empresa estadounidense a la única productora brasileña de tierras raras en operación comercial. Para Brasil, el caso excede a una transacción corporativa, ya que toca el corazón de una disputa global por minerales críticos, soberanía tecnológica y transición energética.

USA Rare Earth anunció que adquirirá el 100% de Serra Verde Group mediante una combinación de US$ 300 millones en efectivo y 126,849 millones de acciones ordinarias, lo que, según la cotización previa al anuncio, implica una valoración cercana a US$ 2.800 millones. La empresa informó que espera cerrar la transacción en el tercer trimestre de 2026, siempre que se cumplan las condiciones habituales y las aprobaciones regulatorias.
El atractivo de Serra Verde radica en que su operación es presentada como un activo singular fuera de Asia. La mina Pela Ema produce elementos clave para imanes permanentes de alto rendimiento: neodimio, praseodimio, disprosio y terbio. Estos materiales son esenciales para turbinas eólicas, vehículos eléctricos, drones, sistemas de defensa, electrónica avanzada y centros de datos. La Agencia Internacional de Energía considera que los imanes permanentes son la aplicación de tierras raras de mayor crecimiento y la más relevante en términos estratégicos.
En este sentido, la propia USA Rare Earth enmarcó la adquisición como parte de una estrategia de integración vertical: extracción, procesamiento, separación, metalización y fabricación de imanes. Su directora ejecutiva, Barbara Humpton, afirmó que la compra representa un paso “transformacional” para construir una plataforma global de tierras raras, óxidos, metales e imanes. La compañía también destacó que Serra Verde cuenta con un contrato de suministro a 15 años para el 100% de su producción de fase 1 de los cuatro elementos magnéticos.
El movimiento tuvo repercusiones políticas internas en Brasil
En Brasil, sin embargo, el anuncio encendió alarmas políticas. Parlamentarios del PSOL presentaron un documento ante la Procuraduría General de la República para pedir la investigación de la operación y la anulación de los actos vinculados a la venta de Serra Verde a USA Rare Earth. Según Agência Brasil, el documento solicita analizar si hubo amenaza a la soberanía económica y posible invasión de competencias de la Unión en materia minera y de relaciones internacionales.
El debate golpea directamente al discurso industrial de Lula. El presidente afirmó en su cuenta oficial de X que los minerales críticos deben convertirse en instrumentos de desarrollo económico y social, y que Brasil no debe repetir el papel de mero exportador de commodities minerales. En esa línea, recuerda que el gobierno brasileño se declara abierto a asociaciones internacionales, siempre que incluyan etapas de mayor valor agregado y transferencia tecnológica.
Estados Unidos ve en las tierras raras brasileñas una oportunidad para contrarrestar a China
Esta sensibilidad por el tema se explica por la posición de China en la cadena global. Según la Agencia Internacional de Energía, en 2024 China concentró el 60% de la producción minera mundial de tierras raras magnéticas, el 91% del refinado y el 94% de la fabricación de imanes permanentes sinterizados. Esa concentración volvió a los minerales críticos un asunto de seguridad económica para Estados Unidos, Europa y sus aliados.

Washington ve en Brasil una oportunidad para diversificar una cadena de suministro dominada por Pekín. Serra Verde recibió un paquete de financiamiento de US$ 565 millones de la U.S. International Development Finance Corporation para optimizar y expandir sus operaciones, y la adquisición por USA Rare Earth se suma a una estrategia más amplia de construcción de capacidades fuera de China. El País describió la operación como una movida de una empresa respaldada por Washington para comprar la única compañía que produce tierras raras en Brasil.
Desde la perspectiva económica, la operación ofrece oportunidades y riesgos. Por un lado, puede acelerar inversiones, expandir la producción, integrar tecnología y abrir mercados occidentales para la producción brasileña. Por otro, también puede reforzar una estructura en la que Brasil extrae recursos estratégicos pero captura poco valor industrial si el refinado, la fabricación de imanes y la producción de componentes avanzados quedan fuera del país. Esa preocupación se sustenta en el riesgo de repetir el patrón histórico de exportar materia prima barata e importar manufacturas de alto valor.
Entre las opciones que se barajan en Brasil esta la creación de una empresa estatal
Lo cierto es que la discusión también remite a un antecedente histórico de importante carga simbólica para Brasil como es la creación de Petrobras en 1953. En aquel momento, mientras el país avanzaba en el descubrimiento y explotación de sus reservas petroleras, la propuesta de Getúlio Vargas de crear una empresa estatal fue resistida por sectores que cuestionaban la capacidad brasileña para desarrollar una industria propia de extracción y refinación. El movimiento “El Petróleo es Nuestro” terminó siendo decisivo para instalar la idea de que determinados recursos estratégicos debían quedar bajo control nacional, una lógica que hoy algunos sectores buscan trasladar al debate sobre las tierras raras.
Esa comparación no es menor. Si el petróleo fue uno de los insumos centrales de la industrialización y la movilidad del siglo XX, las tierras raras ocupan un lugar equivalente en las cadenas tecnológicas del siglo XXI. Su uso convierte a estos minerales en un recurso crítico para la transición energética y la competencia geopolítica. Por eso, el debate brasileño no se limita a quién extrae el mineral, sino a quién controla las etapas de refinado, procesamiento y fabricación de componentes de mayor valor agregado.

En ese marco aparece la propuesta de crear una empresa estatal, mencionada por sus defensores como “Terrabras”, orientada a asegurar una mayor soberanía sobre la exploración y refinación de tierras raras. Sus impulsores sostienen que, sin una estrategia nacional más agresiva, Brasil corre el riesgo de repetir el patrón histórico de exportar materia prima barata e importar productos industrializados caros. Otra alternativa planteada en el debate es elevar los impuestos o restricciones a la exportación de minerales sin procesar, con el objetivo de incentivar que el refinado y la producción de componentes avanzados se realicen dentro del país, ya sea mediante empresas estatales, privadas nacionales o asociaciones con transferencia tecnológica.
Lula tiene un desafío por delante
El desafío para Lula es convertir la controversia en política pública. Una respuesta defensiva podría ahuyentar inversiones en un sector donde Brasil todavía necesita tecnología, capital y escala. Pero una apertura sin condiciones podría debilitar la promesa oficial de usar los minerales críticos como palanca de industrialización. La clave estará en definir reglas claras sobre control extranjero, procesamiento local, impuestos, licencias ambientales, transferencia tecnológica y participación brasileña en las etapas de mayor valor agregado.

El caso Serra Verde marca, así, un punto de inflexión. La adquisición no solo reordena el mapa empresarial de las tierras raras, también obliga a Brasil a decidir qué lugar quiere ocupar en la economía verde y digital del siglo XXI. En un mercado cada vez más atravesado por la rivalidad entre Estados Unidos y China, Lula enfrenta una pregunta estratégica: si Brasil será apenas una reserva mineral codiciada por las grandes potencias o si logrará transformar sus recursos en una plataforma propia de desarrollo industrial, tecnológico y soberano.













