El 26 de abril de 1986, se produjo el ya famoso accidente nuclear de Chernóbil. Específicamente, se registró un incidente en el reactor 4 de la central nuclear Vladímir Ilich Lenin, en Ucrania (en ese momento parte de la Unión Soviética), liberando grandes cantidades de radiación. Ubicada en el asentamiento de Pryp’yat, a 16 km de la ciudad de Chernóbil y a 104 km de Kiev, la estación constaba de cuatro reactores. Pero, la combinación de un diseño de reactor con problemas inherentes de control y una serie de fallas humanas desencadenó el desastre nuclear más grave en la Escala Internacional de Sucesos Nucleares (accidente mayor, nivel 7).
El accidente comenzó durante una prueba de seguridad en un reactor nuclear tipo RBMK: durante el ensayo se intentó simular un corte de energía eléctrica para ayudar a crear un procedimiento de seguridad con el objetivo de mantener la circulación del agua de enfriamiento del reactor 4 hasta que los generadores eléctricos de respaldo pudieran suministrar energía.
Pero, durante el cuarto intento desde 1982 (todos habían fracasado), una demora inesperada de 10 horas provocó que un turno operativo, que no contaba con la preparación adecuada, entrara en servicio, no pudiendo evitar el desastre. El accidente provocó la dispersión de elementos radiactivos – entre ellos plutonio, yodo, estroncio y cesio -, que contaminaron un área de 142.000 kilómetros cuadrados en el norte de Ucrania, el sur de Bielorrusia y la región rusa de Briansk.
La nube radiactiva derivada de la explosión alcanzó más de 1.000 metros de altitud y provocó una lluvia 400 veces superior a la radioactividad liberada por la bomba atómica que Estados Unidos lanzó en Hiroshima, Japón, en 1945. Según la OMS, la radiación de Chernóbil podría haber costado la vida a unas 4.000 personas en los primeros 20 años después de la tragedia.
La energía nuclear hoy
Tras el accidente de Chernóbil, a lo que se sumó el de Fukushima en 2011, la energía nuclear empezó a ser vista de muy mala manera, incluso provocando que países como Alemania decidieran cerrar sus centrales. Sin embargo, el actual contexto internacional ha permitido que la energía nuclear vuelva a ser tenida en cuenta: en primer lugar, en plena lucha contra el cambio climático, es un tipo de energía que no emite gases de efecto invernadero.
Además, ante las sucesivas crisis geopolíticas, la producción nuclear asoma como un tipo de energía que reduce la dependencia de otros países e incrementa la soberanía nacional. Y a esto se suma que, en pleno auge del desarrollo de la Inteligencia Artificial, es una de las pocas herramientas que puede proveerle a los centros de datos enormes cantidades de energía sin contaminar el medio ambiente (empresas como Google, Amazon y Meta están invirtiendo millones de dólares en este tipo de energía).
Así, actores como la Unión Europea hoy en día defienden su uso, mientras que otros, como Alemania, catalogan el abandono de la energía nuclear como un “error histórico” según el canciller Friederich Merz. Por su parte, países como Estados Unidos y Francia, los mayores productores de esta energía en el mundo, continúan apostando plenamente por ella.
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