Xi Jinping afirmó que el orden internacional se está “desmoronando” y aprovechó la guerra con Irán para volver a ubicar a China como un actor de estabilidad frente a la crisis en Medio Oriente. La definición, una de las más duras del líder chino en las últimas semanas, fue pronunciada este 14 de abril en Beijing durante su reunión con el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, en medio del impacto económico que ya está teniendo el conflicto sobre el comercio chino y de la creciente tensión por el bloqueo estadounidense sobre los puertos iraníes.
Xi habló de un mundo en turbulencia, cuestionó el retroceso hacia la “ley de la selva” y llamó a reforzar el multilateralismo real frente a un escenario internacional que, desde la visión china, está siendo arrastrado por el uso de la fuerza, la erosión de las reglas y la pérdida de centralidad de los marcos institucionales. En ese contexto, la guerra con Irán aparece para Beijing no solo como una crisis regional, sino como otra evidencia de que el esquema de orden liderado por Occidente entró en una fase de deterioro más visible.
En una reunión paralela con el príncipe heredero de Abu Dhabi, Sheikh Khaled bin Mohamed bin Zayed Al Nahyan, Xi reiteró que su país seguirá jugando un “papel constructivo” en Medio Oriente y planteó una propuesta de cuatro puntos centrada en soberanía, coexistencia pacífica, respeto al derecho internacional y articulación entre desarrollo y seguridad. Aunque el comunicado oficial chino no mencionó de forma directa la guerra con Irán, sí confirmó que ambas partes intercambiaron visiones sobre la situación actual en el Golfo.
Por un lado, Beijing busca consolidar su perfil diplomático ante los países árabes y del Golfo en un momento de alta fragilidad regional. Por otro, intenta diferenciarse de Washington sin quedar atrapado en una lógica de confrontación militar directa. La fórmula elegida por Xi es conocida, pero ahora aparece aplicada a un escenario mucho más sensible: criticar el uso selectivo del derecho internacional, presentarse como defensor de la estabilidad y evitar que la crisis energética y marítima del Golfo erosione todavía más los intereses chinos en la región.
La reacción china frente al bloqueo estadounidense sobre los puertos iraníes va exactamente en esa dirección. Este martes, la Cancillería china calificó la medida como “peligrosa e irresponsable” y advirtió que solo agravará las tensiones, debilitará el alto el fuego y pondrá en riesgo la seguridad de la navegación. La crítica no es menor: para China, el Estrecho de Ormuz no es solo un frente geopolítico, sino un corredor crítico para su seguridad energética y para la estabilidad de las cadenas comerciales globales. De hecho, Reuters informó que Beijing volvió a pedir contención mientras seguía de cerca el tránsito marítimo y la continuidad de los flujos energéticos.
Las cifras publicadas este mismo martes mostraron que el crecimiento de las exportaciones chinas se desaceleró con fuerza en marzo, en parte por el encarecimiento energético, la incertidumbre global y el enfriamiento de la demanda ligado a la guerra en Irán.
La presencia de Pedro Sánchez en Beijing le dio además una dimensión política adicional al mensaje. España se viene mostrando como uno de los gobiernos europeos más dispuestos a sostener un vínculo activo con China en medio del deterioro del clima internacional y, al mismo tiempo, fue uno de los países más críticos de la guerra y de la utilización de bases españolas por parte de Estados Unidos.
Para Beijing, esa sintonía con Madrid ofrece una oportunidad política más amplia. Le permite mostrar que no está aislado en su lectura del conflicto, que puede encontrar interlocutores europeos dispuestos a discutir multilateralismo, comercio y seguridad por fuera del marco más duro de Washington, y que la crisis en Medio Oriente puede ser usada para reforzar su narrativa sobre el agotamiento del orden occidental. No es casual que Xi haya insistido en resistir el regreso a la “ley de la selva”: la frase funciona a la vez como crítica al uso unilateral de la fuerza y como intento de instalar a China como un polo de previsibilidad frente al caos.
China ya venía endureciendo su tono frente a la guerra con Irán, tanto por el impacto sobre el Estrecho de Ormuz como por la convergencia diplomática con Rusia y por la sensibilidad de sus intereses energéticos en el Golfo. En línea con lo relevado previamente por Escenario Mundial sobre la respuesta china al bloqueo y sobre la creciente centralidad del frente marítimo, las palabras de Xi ahora elevan ese posicionamiento a un nivel político más alto: ya no se trata solo de cuestionar una medida puntual de Estados Unidos, sino de presentar la crisis como síntoma de una descomposición más profunda del sistema internacional.
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