El Estrecho de Ormuz, un paso estratégico de aproximadamente 21 millas náuticas de ancho, atraviesa actualmente una situación de alta tensión e incertidumbre con potenciales repercusiones en la economía mundial. Por esta vía transita cerca del 20% del petróleo global y una proporción significativa del comercio internacional de gas natural licuado (GNL), lo que lo convierte en un punto crítico del sistema energético internacional.
El colapso del flujo energético y la seguridad mundial
La actual disrupción en el tránsito por el estrecho se inscribe en un contexto de creciente tensión en Medio Oriente, que ha incrementado la percepción de riesgo sobre el suministro energético global. Diversos organismos internacionales, incluida la Agencia Internacional de la Energía, han advertido sobre el impacto potencial de estas tensiones en los mercados, particularmente en términos de volatilidad de precios y seguridad del abastecimiento.
Si bien la situación ha generado perturbaciones relevantes en el flujo de crudo, su magnitud aún no alcanza los niveles observados durante crisis históricas como la del petróleo de 1973 y la Crisis energética de 1979, aunque sí reactualiza la vulnerabilidad estructural del sistema energético internacional frente a conflictos geopolíticos en puntos estratégicos.
Volatilidad de precios y desabastecimiento en mercados clave
El impacto inmediato del conflicto se ha reflejado en una escalada drástica de los precios de los hidrocarburos. En el primer mes de hostilidades, el crudo Brent trepó de los 70 a los 100 dólares, obligando a los 32 países que integran la AIE a volcar al mercado 400 millones de barriles de sus reservas estratégicas para intentar estabilizar la demanda. El sector del gas presenta un panorama igualmente crítico, especialmente para las economías asiáticas como Corea del Sur, Japón y Taiwán, que absorben más del 80% de los embarques de GNL del Golfo Pérsico. Se proyecta que el precio del gas en el mercado spot asiático alcance los 30 dólares por millón de BTU, triplicando su valor previo a la guerra. Además, se estima que los daños sufridos en el campo gasífero South Pars/North Field dejarán fuera del mercado el 17% de la capacidad de producción de Qatar durante los próximos tres años.
La logística internacional ha sufrido una transformación forzada debido a que el tráfico de petroleros cayó de unos 40 pasos diarios a prácticamente cero tras el inicio de las hostilidades. Esta parálisis ha elevado los costos de transporte, fletes y las primas de seguros ante la necesidad de desviar cargueros por rutas alternativas. Más allá de la energía, se ha generado un cuello de botella en insumos críticos no energéticos, como el helio, esencial para la fabricación de semiconductores, y metales de alto consumo energético como el aluminio y el acero. El Fondo Monetario Internacional (FMI) señala que esta interrupción obliga a buscar rutas que alargan los plazos de entrega y encarecen notablemente los costos de producción global.
El impacto en los fertilizantes y la seguridad alimentaria
El mercado de los fertilizantes constituye uno de los sectores más perjudicados, dado que un tercio de su tráfico global se realiza a través de este estrecho. La región del Golfo provee el 46% de la oferta mundial de urea, cuyo precio ha registrado un incremento del 40% hasta superar los 650 dólares por tonelada. Según el Instituto Kiel, una crisis energética se convierte rápidamente en una crisis de fertilizantes y, posteriormente, en una crisis alimentaria, especialmente en países que dependen de las importaciones en cada etapa de la cadena productiva. Las proyecciones del Programa Mundial de Alimentos (WFP) indican que, de mantenerse el cierre, la escalada en los precios de los alimentos podría sumir en la inseguridad alimentaria a unos 45 millones de personas adicionales, con los mayores riesgos concentrados en el África subsahariana y el sur de Asia.
El FMI advierte que la conmoción económica es global pero profundamente asimétrica, afectando a los países según su dependencia energética y capacidad fiscal. Mientras que naciones como Francia o España cuentan con mayor protección relativa por su desarrollo en energía nuclear y renovable, los países de bajos ingresos destinan en promedio un 36% de su consumo total a alimentos, lo que los deja expuestos a crisis humanitarias severas. Las pérdidas de bienestar estimadas por el Instituto Kiel en regiones como la Unión Europea oscilan entre el -0,76% y -0,36%, cifras significativamente menores que el impacto proyectado para países como Sri Lanka, Pakistán e India, donde las pérdidas son entre 10 y 20 veces mayores que en las economías avanzadas.
En el ámbito político, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha señalado recientemente que Irán podría permitir el paso de 20 buques petroleros como una “señal de respeto”. Sin embargo, este anuncio se produce en un contexto de alta tensión militar, con el despliegue de 50.000 efectivos estadounidenses en la región y filtraciones sobre posibles planes de incursión terrestre. A pesar de estos intentos de apertura, la consultora Rystad Energy estima que, una vez regularizado el tráfico por esta arteria marítima, llevaría de tres a cinco meses recuperar la normalidad plena en el flujo del petróleo.
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