La proliferación de drones iraníes en distintos escenarios de conflicto volvió a poner en evidencia una limitación persistente en las capacidades occidentales. Un análisis publicado el 25 de marzo de 2026 por el Royal United Services Institute (RUSI), elaborado por el especialista Robert Tollast, advierte que tras casi una década enfrentando esta amenaza, Estados Unidos y Reino Unido aún no han logrado traducir su ventaja tecnológica en una defensa efectiva y sostenida en el terreno.

El informe toma como punto de partida los ataques recientes en Medio Oriente, donde drones iraníes o de milicias aliadas lograron impactar instalaciones con presencia occidental, causando bajas entre tropas estadounidenses y francesas. En ese contexto, el problema ya no es la aparición de estos sistemas, sino la persistencia de una brecha entre su bajo costo y la dificultad para interceptarlos de forma eficiente.
Este fenómeno ya había sido advertido previamente cuando fuerzas estadounidenses y aliadas recurrieron incluso a cazas para interceptar drones iraníes, una solución efectiva pero económicamente insostenible debido al alto costo de los misiles utilizados. Y el informe de RUSI retoma esa preocupación y la sitúa en un marco más amplio: la incapacidad de generar una defensa en profundidad con suficiente densidad.

Drones en el centro del desafío
En el centro de este desafío se encuentran drones como el Shahed-136 —conocido como Geran-2 en servicio ruso—, cuyo bajo costo, estimado entre 50.000 y 70.000 dólares, contrasta con los medios necesarios para interceptarlos. Como se explicó en un análisis reciente sobre estos sistemas, su diseño simple, su producción en masa y su capacidad para operar en salvas los convierten en una herramienta estratégica difícil de neutralizar.

Según Tollast, el problema no radica en la falta de sistemas, sino en su despliegue limitado. Estados Unidos ha invertido miles de millones de dólares en programas como el IM-SHORAD, montado sobre vehículos Stryker, cuyo desarrollo y expansión ha superado ampliamente los 1.800 millones de dólares. A esto se suman los interceptores Coyote, diseñados específicamente para destruir drones en vuelo, así como sistemas más accesibles como el VAMPIRE, del cual solo se entregaron 14 unidades a Ucrania pese a su menor costo.

En paralelo, Washington ha apostado por tecnologías emergentes como los láseres de 50 kW desplegados en Irak, aunque estos han mostrado limitaciones operativas, particularmente en entornos hostiles como zonas desérticas. Reino Unido, por su parte, avanza en el desarrollo del sistema Dragonfire, mientras experimenta con armas de microondas de alta potencia, aún enfocadas en amenazas de menor escala.
Costos
El dilema del costo sigue siendo central. El informe destaca que interceptar drones con plataformas como cazas F-15 o misiles de alto valor genera una ecuación insostenible. En el Mar Rojo, por ejemplo, buques británicos llegaron a emplear misiles Aster 15 —valuados en aproximadamente un millón de libras— para derribar drones de bajo costo.
En otros casos, Estados Unidos ha recurrido a soluciones intermedias como los cohetes guiados APKWS o incluso cañones navales Mk 45 de 5 pulgadas, buscando reducir el costo por interceptación sin comprometer la eficacia. En la experiencia más reciente, utilizó por primera vez misiles de ataque de precisión PrSM en Irán, destinados a reemplazar eventualmente a los misiles ATACMS, actualmente disparados desde los lanzadores HIMARS.

Ucrania
Frente a este escenario, Ucrania emerge como un caso de estudio clave. La industria ucraniana ha capitalizado la experiencia de combate para desarrollar soluciones adaptativas, aunque enfrenta el riesgo de perder competitividad internacional si el conflicto evoluciona. En el terreno, esa adaptación se tradujo en una defensa en red que combina sensores acústicos improvisados, equipos móviles con armamento convencional, aviones ligeros como los Yak-52, cazas F-16 y sistemas híbridos como los FrankenSAM, que reutilizan misiles aire-aire en plataformas terrestres.

A esto se suman sistemas occidentales como los Gepard, los misiles británicos LMM y soluciones de asistencia al tirador como SMASH Smartshooter, además del creciente uso de drones interceptores de bajo costo como los Merops. Este enfoque permitió a Ucrania alcanzar tasas de intercepción de entre el 80% y el 90%, aunque incluso ese nivel deja margen para impactos significativos debido al volumen de los ataques.
Medio Oriente como laboratorio real
El informe también subraya que el Medio Oriente ha funcionado como el verdadero laboratorio de estas limitaciones. Desde 2018, Estados Unidos desplegó sistemas experimentales frente a amenazas emergentes en Siria, incluyendo interceptores como el Coyote. Sin embargo, episodios como el ataque a Tower 22 en Jordania o los recientes incidentes en Kuwait evidenciaron fallas en la defensa en capas, incluyendo problemas con radares como el TPS-75, insuficiencia de interceptores y falta de integración entre sensores y sistemas de respuesta.
En el caso británico, la situación combina avances tecnológicos con riesgos operativos. Mientras el Ejército avanza en la retirada de sistemas como el Stormer, nuevos desarrollos como la torreta automatizada Sky Sentinel —impulsada junto a Ucrania—, el sistema Orcus de detección e interferencia o el uso de misiles LMM desde helicópteros Wildcat muestran potencial, aunque aún no alcanzan una escala suficiente. En paralelo, Londres evalúa alternativas como el sistema Skyranger alemán, en un intento por acelerar su capacidad de despliegue.

Esta dinámica también se refleja en la creciente cooperación internacional en materia de drones. Como se reportó, Ucrania ha firmado acuerdos con Arabia Saudita para expandir su desarrollo conjunto en este ámbito, consolidando un ecosistema que combina innovación, producción y experiencia en combate.
La conclusión del informe de RUSI es clara. Tras años de experimentación, Occidente enfrenta una decisión crítica: transformar sus desarrollos en capacidades desplegables a gran escala o continuar acumulando sistemas avanzados sin lograr una cobertura efectiva. Incluso Estados Unidos, con planes para adquirir miles de interceptores Coyote hacia finales de la década, sigue en una fase de transición entre desarrollo y despliegue.

En un entorno donde actores como Irán han priorizado volumen, bajo costo y saturación, la superioridad tecnológica ya no garantiza ventaja operativa. La verdadera lección de esta década, advierte Tollast, es que sin densidad de defensa, incluso los sistemas más avanzados pueden resultar insuficientes.
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