Rusia ordenó la expulsión de un diplomático británico en Moscú después de acusarlo de realizar actividades de espionaje bajo cobertura diplomática, en un nuevo episodio de tensión entre ambos países. El Servicio Federal de Seguridad (FSB) afirmó que el funcionario representaba una amenaza para la seguridad nacional y anunció la revocación inmediata de su acreditación, otorgándole un plazo de dos semanas para abandonar el país.

En concreto, según las autoridades rusas, el diplomático presuntamente proporcionó información falsa al solicitar su ingreso a Rusia y buscó recopilar datos sensibles sobre la economía del país durante reuniones informales. En este sentido, el FSB sostuvo que detectó una “presencia de inteligencia no declarada” y calificó sus acciones como actividades de inteligencia y subversión incompatibles con el desempeño de su cargo diplomático.
Paralelamente, el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso convocó a la encargada de negocios británica en Moscú para presentar una protesta formal y advertir que Rusia no tolerará operaciones de inteligencia extranjeras encubiertas. Además, señaló que va a responder de manera proporcional si Londres adopta medidas consideradas hostiles, en línea con episodios previos de expulsiones diplomáticas recíprocas.
La respuesta británica y el rechazo a las acusaciones rusas
Frente a estas declaraciones, el gobierno del Reino Unido rechazó las acusaciones y las calificó como “un completo disparate”, denunciando una campaña de acoso contra su personal diplomático en Rusia. Desde el Foreign Office, afirmaron que las imputaciones carecen de fundamento y advirtieron que no aceptarán intimidaciones dirigidas contra funcionarios británicos ni sus familias.

En perspectiva, el incidente se inscribe en el deterioro de las relaciones entre Rusia y las potencias occidentales desde el inicio de la guerra con Ucrania en 2022, un período marcado por sanciones, restricciones diplomáticas y acusaciones cruzadas de espionaje. En consecuencia, este tipo de expulsiones constituye una herramienta habitual de presión política y contrainteligencia, reflejando un clima de confrontación estratégica que recuerda dinámicas propias de la Guerra Fría.













