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Inicio Países Argentina

Del cálculo estratégico a la sobre deologización de la política exterior: Las razones por las que enviar buques a Medio Oriente es una mala idea

Redacción Escenario Mundial Por Redacción Escenario Mundial
23/03/2026
en Argentina, Países
Tiempo de lectura:10 minutos de lectura
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buque atacado en el estrecho de Ormuz

Buque atacado en el Estrecho de Ormuz. Créditos: archivo

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Por Nicolás Salvoni

Recientemente  el  gobierno  argentino  deslizó  la  posibilidad  de  acompañar  militarmente  a Estados Unidos en Medio Oriente. El canciller Pablo Quirno declaró el 18 de marzo de 2026 que la Argentina acompañará a Estados Unidos “en la medida” en que ese país “lo necesite”, y  no  descartó  el  envío  de  buques  de  la  Armada.  La  eventual  decisión  de  enviar  unidades navales  al  conflicto  que  hoy  involucra  a  Israel,  Irán  y  Estados  Unidos  ha  reabierto  una discusión  que  remite  inevitablemente  a  otro  momento  de  la  política  exterior  argentina:  el envío  de  buques  de  guerra  al  Golfo  Pérsico  en  1990.  La  comparación  resulta  pertinente, aunque  no  para  concluir  que  ambos  casos  son  equivalentes.  Por  el  contrario,  una  lectura atenta de las condiciones estratégicas, políticas y militares de cada coyuntura permite arribar a una conclusión diferente: si la decisión adoptada a comienzos de los años noventa podía ser  considerada  racional  y,  en  términos  generales  acertada,  una  iniciativa  similar  en  el presente constituiría un error con consecuencias inciertas para la seguridad nacional. 

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Pablo Quirno y Javier Milei
El presidente Javier Milei junto al canciller Pablo Quirno / Créditos: OPRA

La participación argentina en la Guerra del  Golfo  a principios de la década de 1990  debe comprenderse  en  el  marco  de  la  profunda  reorientación  internacional  impulsada  por  el gobierno de Carlos Menem. El envío de unidades navales no fue un hecho aislado  ni una mera reacción coyuntural ante la invasión iraquí a Kuwait, sino una manifestación concreta de una estrategia de inserción internacional más amplia. En un sistema internacional signado por  el  colapso  del  bloque  soviético  y  por  la  percepción  de  un  claro  predominio estadounidense,  el  gobierno  argentino  procuró  redefinir  sus  vínculos  con  Washington, mejorar  su  posición  relativa  frente  a  los  principales  centros  de  poder  y  exhibir  un alineamiento activo con el orden emergente. A ello se agregaban consideraciones de política interna: la necesidad de contribuir a la profesionalización de las Fuerzas Armadas, redefinir sus funciones en el marco democrático y asignarles misiones compatibles con la nueva etapa política del país. En ese contexto, y aun reconociendo los cuestionamientos institucionales y políticos  que  suscitó,  sostuve  en  un  trabajo  anterior  que  la  decisión  había  sido,  en  lo sustancial, acertada.

Sin embargo, trasladar mecánicamente aquella experiencia al presente implicaría desconocer que  las  condiciones  que  tornaban  comprensible  aquella  opción  ya  no  existen.  La  primera diferencia  relevante  radica  en  la  naturaleza  de  la  coalición  y  en  el  grado  de  legitimidad política e institucional de la intervención. La Guerra del Golfo de 1990-1991 se estructuró en torno  a  una  coalición  amplia,  formalmente  constituida,  respaldada  por  resoluciones  del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y acompañada, además, por el procesamiento institucional interno de la decisión en los Estados Unidos. Más allá de las asimetrías propias de  toda  coalición  liderada  por  una  superpotencia,  existía  allí  una  arquitectura  política claramente definida, una legitimidad internacional considerable y un objetivo militar preciso.

El  escenario  actual  es  sustancialmente  diferente.  La  guerra  entre  Israel  e  Irán,  con participación directa de Estados Unidos, no se sostiene sobre una coalición equivalente ni sobre un esquema estratégico particularmente estable. Por el contrario, la iniciativa presenta contornos más difusos, objetivos menos nítidos y márgenes de incertidumbre sensiblemente mayores. A ello se suma un dato central: la continuidad del esfuerzo bélico estadounidense se encuentra atravesada por condicionamientos políticos internos cuya evolución todavía es incierta.  En  otras  palabras,  no  se  trata  de  una  campaña  sobre  cuya  duración,  intensidad  y horizonte político exista hoy un consenso amplio y consolidado. En ese marco, la eventual participación argentina correría el riesgo de quedar asociada a una dinámica estratégica que no  controla  y  cuyos  términos  finales  ni  siquiera  han  sido  definidos  con  claridad  por  los propios actores centrales.

La segunda diferencia remite al contexto internacional. A comienzos de la década de 1990, buena parte del mundo tendía a ordenarse detrás del liderazgo estadounidense. El declive de la Unión Soviética y la ausencia de un competidor con capacidad inmediata de disputa global favorecían la percepción de un sistema relativamente jerárquico, previsible y estable. Para un país periférico como la Argentina, el alineamiento con Washington podía ser interpretado, entonces, como una estrategia funcional a objetivos concretos de reinserción internacional y estabilización externa.

Milei Netanyahu Créditos: Presidencia de la Nación Argentina
Benjamin Netanyahu junto a Javier Milei. Créditos: Presidencia de la Nación Argentina

Hoy  el  contexto  es  exactamente  el  opuesto.  Estados  Unidos  continúa  siendo  la  principal potencia  militar  del  sistema,  pero  ya  no  actúa  en  un  entorno  unipolar.  La  competencia estratégica  con  China,  el  deterioro  de  la  previsibilidad  internacional,  la  fragmentación  de alianzas tradicionales y las oscilaciones de la política exterior estadounidense configuran un escenario mucho menos  estable. En ese marco, acompañar militarmente a Washington  en una guerra de alcances todavía inciertos no equivaldría a integrarse a un orden internacional consolidado, sino a involucrarse en una confrontación inserta en un sistema crecientemente disputado. La diferencia no es menor: en los noventa la participación argentina podía leerse como  una  apuesta  por  la  integración  al  centro  del  poder  mundial;  hoy  sería,  más probablemente,  una  exposición  innecesaria  en  un  contexto  de  transición  y  de  creciente volatilidad  estratégica  donde  –sorprendentemente-  Estados  Unidos  pareciera  estar contribuyendo más a romper el statu quo que China, quien desafía su liderazgo global. Esta ruptura pareciera por momentos ser personalista,  impulsiva y estratégicamente endeble, lo que le agrega una cuota de incertidumbre a una situación incierta per se. 

La tercera razón para desaconsejar un envío de unidades navales es de orden estrictamente militar.  La  Armada  Argentina  no  dispone,  en  términos  generales,  de  medios  plenamente adecuados para operar en un conflicto de alta intensidad en un teatro como el  actual. Las transformaciones de la  guerra naval  contemporánea  —marcadas por  el  empleo masivo de misiles  de  precisión,  drones,  guerra  electrónica,  sensores  avanzados  y  amenazas asimétricas— exigen niveles de modernización, interoperabilidad, sostenimiento logístico y adiestramiento que la Argentina difícilmente pueda garantizar de manera suficiente. A ello se suma el deterioro acumulado que las restricciones presupuestarias han producido sobre el instrumento militar durante –al menos- las últimas dos décadas. El problema, por lo tanto, no reside en el valor, la disposición o en el profesionalismo del personal naval, sino en la brecha existente  entre  las  exigencias  del  teatro  de  operaciones  y  las  capacidades  materiales realmente disponibles.

Este  punto  adquiere  especial  relevancia  porque,  aun  cuando  el  aporte  argentino  fuese  de carácter  limitado  o  simbólico,  la  exposición  al  riesgo  sería  concreta.  Una  fuerza  naval insuficientemente  preparada  para  un  entorno  operacional  de  elevada  complejidad  no  solo incrementa la vulnerabilidad de sus propios medios y tripulaciones, sino que además reduce drásticamente la utilidad estratégica de su participación. Dicho de otro modo: la Argentina asumiría costos y riesgos ciertos sin contar con capacidades suficientes y sin perspectiva de obtención de beneficios acordes al riesgo asumido.

La cuarta razón se vincula con el riesgo de escalada. A diferencia de la Guerra del Golfo de 1991, cuyo objetivo principal —la expulsión de Irak de Kuwait— era relativamente claro y delimitado, el  conflicto  actual presenta una  capacidad de expansión mucho más difícil de anticipar. No se trata solamente de una confrontación entre Estados  e intereses regionales inmediatos, sino de una crisis con potencial impacto sobre corredores energéticos, precios internacionales, equilibrios regionales y, eventualmente, sobre la competencia más amplia entre grandes potencias. En particular, el desarrollo del conflicto afecta intereses sensibles de China, cuya actitud hasta el momento ha sido cautelosa. Sin embargo, el hecho de que hoy mantenga  una  postura  expectante  no  garantiza  que  esa  conducta  vaya  a  sostenerse indefinidamente si sus intereses estratégicos se vieran afectados de manera más directa. La prudencia,  en  este  caso,  no  debe  ser  entendida  como  indecisión,  sino  como  una  forma elemental de cálculo estratégico frente a una crisis cuyo techo todavía no es visible.

Milei participó en la primer reunión de la Junta de la Paz en EE.UU. Crédito: OPRA
Milei participó en la primer reunión de la Junta de la Paz en EE.UU. organizada por Donald Trump. Crédito: OPRA

A los argumentos anteriores conviene sumar otros tres que refuerzan la inconveniencia de una eventual participación  argentina. El primero es de carácter jurídico-institucional. Una decisión  de  esta  naturaleza  no  debería  quedar  librada  únicamente  a  la  voluntad  del  Poder Ejecutivo  ni  ampararse  en  formulaciones  ambiguas  sobre  cooperación  o  acompañamiento político. El envío de fuerzas militares a un conflicto externo de esta magnitud exige claridad normativa,  cobertura  legal  suficiente  y  un  adecuado  procesamiento  político  interno.  La experiencia  de  1990  ya  mostró  que  este  tipo  de  decisiones  puede  suscitar  objeciones razonables respecto del equilibrio entre poderes, los mecanismos de control y la legitimidad del procedimiento adoptado. Reabrir hoy ese frente, pero en un contexto todavía más incierto, implicaría añadir un problema institucional interno a una decisión ya de por sí riesgosa.

El  segundo  argumento  adicional  es  el  riesgo  de  represalias  indirectas  o  asimétricas.  La participación militar argentina en una guerra contra Irán no debería evaluarse exclusivamente en  términos  de  desempeño  naval  en  el  teatro  de  operaciones.  También  sería  necesario considerar  el  aumento  potencial  de  la  exposición  del  país,  de  sus  intereses  y  de  sus representaciones en el exterior frente a acciones de respuesta no convencionales. La lógica de este tipo de conflictos desborda con frecuencia el espacio estrictamente militar y adopta modalidades de presión o castigo mucho más amplias.

El último punto es, quizás, el más sencillo de formular: la relación entre costos y beneficios previsibles es manifiestamente desfavorable. La contribución militar argentina difícilmente tendría capacidad para alterar el curso del conflicto, modificar balances estratégicos o aportar un valor decisivo al esfuerzo de guerra de los actores centrales. Sí podría, en cambio, generar costos  diplomáticos,  riesgos  operacionales,  tensiones  jurídicas  internas  y  una  mayor exposición  política  internacional.  Frente  a  una  utilidad  estratégica  marginal  y  con  riesgos significativos, la opción más razonable es abstenerse de intervenir.

En  definitiva,  la  comparación  con  1990  sólo  resulta  útil  si  se  la  emplea  para  marcar diferencias  y  no  para  trazar  paralelismos  apresurados.  En  aquel  momento  existían  una coalición amplia, una legitimidad internacional definida, motivaciones internas claras y una racionalidad  política  más  comprensible  en  su  coyuntura.  En  el  presente,  por  el  contrario,  el contexto  es  incierto,  la  legitimidad  discutible  y  el  consenso  político  considerablemente menor. En esas condiciones, un eventual envío de buques argentinos ya no respondería a un cálculo racional de política exterior, sino más bien a una sobre ideologización creciente de la misma. Cuando la política exterior deja de organizarse en torno al contexto, a las capacidades reales y a una evaluación prudente de costos y beneficios, el margen para el error se reduce drásticamente  y  se  expone  al  país  a  riesgos  innecesarios  cuyas  consecuencias  son  hoy impredecibles. 

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Etiquetas: ArgentinaIránJavier Milei
Redacción Escenario Mundial

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Redacción Escenario Mundial es el equipo de periodistas y analistas del sitio, especializado en defensa, seguridad internacional y geopolítica, con foco en noticias, contexto y análisis de riesgos globales. Contacto: info@escenariointernacional.com

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