- Ben Moores, exasesor del Ministerio de Defensa británico, cuestionó en X la idea de un “rearme masivo” argentino.
- Su comparación apuntó al P-8 Poseidon: Reino Unido destinó alrededor de US$132 millones a su soporte anual.
- El principal contrato argentino en marcha sigue siendo el de los F-16, por US$301,2 millones, en cinco cuotas anuales.

Un exanalista del Ministerio de Defensa británico salió a cuestionar en redes sociales la narrativa que presenta a la Argentina como embarcada en un “rearme masivo” con proyección sobre las Islas Malvinas. Ben Moores respondió a una publicación que vinculaba la modernización militar impulsada por Javier Milei con un eventual intento de recuperación del archipiélago y sostuvo que el volumen real de adquisiciones argentinas está muy lejos de justificar ese tono alarmista.
El intercambio apareció en medio de un debate más amplio sobre el estado de las capacidades británicas, un punto que Escenario Mundial ya había expuesto en un informe sobre la pérdida de masa crítica, disponibilidad y capacidad de despliegue del Reino Unido. Sobre ese trasfondo, una cuenta nacionalista británica afirmó que Milei encabeza una reconstrucción “masiva” de las Fuerzas Armadas argentinas y preguntó si eso, sumado al deterioro militar británico, podría derivar en una nueva disputa por Malvinas.
La respuesta de Moores bajó el debate a una comparación presupuestaria concreta. Según planteó, el año pasado la Argentina habría gastado menos en adquisiciones que lo que Londres destina en un solo ejercicio al sostenimiento anual de su sistema de patrulla marítima P-8 Poseidon. La observación no buscó negar que Buenos Aires está recomponiendo capacidades, sino discutir la escala real de ese proceso frente a la dimensión del gasto británico.

Ese punto no es menor. El programa P-8A Poseidon recibió en el último ejercicio británico un gasto equivalente a unos US$132 millones en soporte. Se trata de una sola línea de sostenimiento dentro de una fuerza que opera estas aeronaves en misiones de patrulla marítima, vigilancia y guerra antisubmarina. En otras palabras, Moores eligió comparar el total de las compras argentinas no con un gran programa estratégico del Reino Unido, sino con el costo anual de mantener operativa una de sus capacidades ya incorporadas.
La escala del reequipamiento argentino
La comparación gana espesor cuando se observa qué programas explican hoy el reequipamiento argentino. El más visible es el de los F-16 adquiridos a Dinamarca. La operación aprobada fijó un monto total de US$301,2 millones por 24 aeronaves, componentes y servicios, con pagos distribuidos en cinco cuotas anuales. Traducido en términos de ejecución presupuestaria, eso implica poco más de US$60 millones por año para el contrato base, una cifra inferior al sostenimiento anual de un único sistema británico como el P-8.

A ese programa se sumó luego la autorización de Estados Unidos para una eventual venta complementaria de equipamiento, armamento y apoyo logístico. Sin embargo, ese número no representa un gasto ya ejecutado ni una compra cerrada en esos términos. Se trata del techo máximo estimado para un paquete potencial, sujeto a negociaciones posteriores y a lo que efectivamente termine contratándose.
Por eso, el cruce expone dos planos distintos de la discusión. Por un lado, la Argentina efectivamente volvió a incorporar sistemas y a reactivar programas que durante años estuvieron congelados, algo que le devolvió centralidad al instrumento militar en el debate regional. Por otro, incluso dentro del propio ecosistema británico, empiezan a aparecer voces que cuestionan la exageración mediática sobre ese proceso y lo ubican en una dimensión mucho más acotada de la que sugieren ciertos discursos.
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