- La inteligencia de EE.UU. concluye que el régimen iraní no enfrenta un riesgo inminente de colapso pese a casi dos semanas de bombardeos.
- En paralelo, Irán mantiene presión militar y económica: siguió atacando, minó el estrecho de Ormuz y empujó una crisis energética global.
- La sucesión de poder se cerró rápido con la llegada de Mojtaba Jamenei, una señal de continuidad del núcleo duro y de la Guardia Revolucionaria.
- Incluso Israel admite en privado que no hay garantías de que la guerra termine derribando al sistema iraní.

A casi dos semanas del inicio de la guerra, el balance empieza a mostrar un problema para Washington y Tel Aviv: Irán perdió mandos, infraestructura y a Alí Jamenei, pero el régimen no se cayó. La inteligencia de EE.UU. no ve un riesgo inminente de colapso del gobierno iraní y sostiene que la conducción política y coercitiva del sistema sigue en control.
Ese dato pega en el centro de la campaña. Donald Trump había mezclado desde el arranque mensajes de castigo militar, referencias al programa nuclear y llamados a que los iraníes “tomaran” su gobierno. Ahora, con el petróleo disparado y sin derrumbe interno a la vista, el problema ya no es solo cuánto daño puede seguir causando, sino qué resultado político concreto puede mostrar. Los reportes de inteligencia estadounidenses coinciden en que el régimen mantiene control sobre la población y que la estructura de poder sigue funcionando, aun bajo bombardeo.
La secuencia de los últimos días refuerza esa lectura. Lejos de abrir una transición desordenada, la sucesión se cerró rápido. Mojtaba Jamenei fue nombrado nuevo líder supremo, en una señal de continuidad del núcleo clerical y del peso de la Guardia Revolucionaria en la reorganización del poder. Su ascenso muestra que el sistema todavía puede cerrar filas bajo presión extrema.

En paralelo, la guerra siguió escalando. Los ataques de los últimos días estuvieron entre los más intensos desde el comienzo del conflicto, aun cuando el mercado especulaba con un cierre próximo de la operación. Teherán siguió bajo fuego, pero también respondió y dejó claro que todavía conserva capacidad para alterar el tablero.
Bombardeos, sucesión y petróleo: lo que dejó la guerra hasta ahora
El frente energético es el mejor ejemplo de que Irán sigue teniendo poder de daño. Teherán llegó a sembrar minas en el estrecho de Ormuz, el corredor por donde normalmente pasa cerca del 20% del petróleo y gas del mundo. La medida profundizó el colapso de los flujos y sostuvo el shock sobre el mercado.
Ese impacto ya se ve en los precios. Desde el inicio de la guerra, Brent y WTI llegaron a trepar con fuerza, con picos por encima de los 119 dólares por barril, niveles no vistos desde 2022. La posibilidad de que la disrupción en Ormuz se prolongue sigue empujando las previsiones al alza y mantiene a los mercados bajo tensión.
Eso vuelve más incómoda la posición de Trump. El presidente estadounidense viene diciendo que la guerra podría terminar pronto, pero la propia dinámica del conflicto va en sentido contrario. Irán no está derrotado en términos políticos, la crisis energética empeora y el costo externo de seguir escalando empieza a crecer.

Tampoco del lado israelí aparece una certeza de cierre. Funcionarios israelíes reconocen en privado que no hay garantías de que la guerra termine derrumbando al régimen. Ese punto importa porque muestra que incluso dentro del frente que impulsa la ofensiva ya existe conciencia de que una campaña aérea puede degradar mucho, pero no necesariamente derribar el sistema político iraní.
La situación interna iraní tampoco muestra, por ahora, una alternativa clara. Los grupos kurdos iraníes en Irak, que algunos imaginaban como un factor de presión adicional sobre Teherán, no aparecen en las evaluaciones estadounidenses como una fuerza capaz de sostener una rebelión seria. Les faltan hombres, armas y volumen para alterar el equilibrio. Eso achica todavía más la posibilidad de convertir desgaste militar en colapso político.
Mientras tanto, la dimensión nuclear sigue abierta. La guerra no resolvió ese expediente y dejó más incógnitas que certezas. El OIEA cree que más de 200 kilos de uranio enriquecido al 60% probablemente siguen enterrados en Isfahán, fuera de una verificación inmediata. Eso significa que, aun con instalaciones dañadas, el problema nuclear iraní no desapareció.
La suma de todos estos frentes empieza a ordenar el balance real de la guerra. Irán perdió cuadros, capacidad y profundidad estratégica. Pero retuvo lo esencial: cadena de mando, aparato coercitivo, capacidad de respuesta y margen para dañar al mercado energético mundial. Washington e Israel pueden seguir golpeando, pero todavía no muestran cómo piensan traducir esa presión en un final político aceptable. A casi dos semanas del arranque, la guerra ya no parece encaminada a una victoria rápida, sino a una fase más larga, más cara y bastante más incierta.
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