- Un análisis sostiene que el despliegue militar acumulado para una posible operación contra Irán demostró que el poder aéreo efectivo depende del conjunto de capacidades conjuntas, no solo de aviones de última generación.
- La concentración de medios, la mayor en la región desde 2003, tardó entre seis y siete semanas en armarse, un plazo que expone cuellos de botella en sostenimiento, reabastecimiento y persistencia de fuego.
- Los autores plantean que la brecha crítica está en bombarderos, municiones y sistemas no tripulados de bajo costo para sostener operaciones, más que en sumar bombarderos o cazas más caros.

En medio de la posible escalada con Irán, un artículo sostiene que la Fuerza Aérea de Estados Unidos necesita “más poder aéreo”, pero no necesariamente más plataformas de elite. La tesis se apoya en un dato operativo: para construir una fuerza capaz de imponer costos significativos, Washington debió recurrir a un paquete conjunto, con portaaviones, escoltas, submarinos con misiles de crucero, defensas antimisiles y decenas de aeronaves terrestres, y aun así el armado completo llevó semanas.
El texto describe una concentración regional de medios sin precedentes desde la invasión de Irak en 2003, con dos grupos de portaaviones convergiendo, aviones de combate desplegándose desde Jordania hasta Catar, defensas Patriot y THAAD adelantadas, y bombarderos B-2 en alerta en Estados Unidos. En esa lectura, el tiempo de despliegue, desde fines de enero hasta mediados de marzo, es la señal de alerta: los aviones vuelan, pero la masa se sostiene con logística, munición, reabastecimiento y presencia continua.

La logística y la defensa antimisiles mandan
El análisis plantea que, ante una respuesta iraní basada en misiles balísticos, misiles de crucero y drones de largo alcance, el control del aire se vuelve una pelea defensiva por capas. En ese esquema, el peso principal recaería en interceptores terrestres del Ejército y destructores de la Armada, mientras que los cazas de la Fuerza Aérea cumplirían un rol de apoyo, interceptando amenazas más lentas y reduciendo la carga sobre los interceptores de superficie.

La guerra electrónica muestra una lógica similar: el artículo subraya que la plataforma táctica más capaz en ese rubro es naval, y que en un escenario de ataque la supresión de radares y defensas dependería de capacidades que no están monopolizadas por la Fuerza Aérea. La conclusión implícita es que el poder aéreo real se reparte entre servicios y se define por continuidad, no por una sola “noche perfecta” de golpes de precisión.
En paralelo, la cadena de despliegue expone la dependencia de nodos logísticos fuera del teatro. Portugal, por ejemplo, confirmó un uso más intensivo de la base de Lajes, en las Azores, como punto de tránsito de aeronaves estadounidenses en el contexto del aumento de tensiones con Irán. Para los autores, esa “puente” de reabastecimiento y tránsito es parte del problema: sin suficientes tanqueros y sin sistemas que permitan sostener la presencia, la capacidad de imponer costos en el tiempo se debilita.
El planteo deja una pregunta abierta: si Washington prioriza adquisiciones de plataformas cada vez más costosas, pero subinvierte en municiones, reabastecimiento y sistemas no tripulados de volumen, la próxima crisis puede repetir la misma secuencia, un despliegue grande, lento de armar, y difícil de sostener, justo en el tipo de conflicto donde la persistencia suele decidir el resultado.
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