Al cumplirse cuatro años del inicio de la invasión rusa a gran escala en febrero de 2022, el conflicto ha dejado atrás la fase de maniobra operativa para transformarse en una guerra de desgaste estructural, donde la superioridad ya no se mide únicamente en número de tanques o aeronaves, sino en capacidad industrial, resiliencia logística y dominio del espacio aéreo táctico mediante sistemas no tripulados.

El frente activo, de aproximadamente 1.200 kilómetros, se encuentra hoy mayormente estabilizado. Rusia controla cerca del 19–20 % del territorio ucraniano, incluyendo Crimea y sectores consolidados del Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón. Sin embargo, la línea de contacto permanece dinámica a nivel táctico, con avances medidos en cientos de metros y no en kilómetros.
Del blindado al drone
En 2022, las operaciones rusas se basaban en columnas mecanizadas compuestas por carros T-72B3, T-80BVM y T-90M, acompañados por vehículos BMP-2/3 y apoyo de artillería autopropulsada. La ofensiva inicial hacia Kiev y Járkov respondía a una lógica clásica de penetración profunda.
Ese modelo colapsó ante la combinación de misiles antitanque occidentales —principalmente FGM-148 Javelin y NLAW—, inteligencia en tiempo real y resistencia urbana.

Cuatro años después, los enfrentamientos blindados directos son excepcionales. La proliferación de drones FPV de bajo costo ha convertido cualquier movimiento en campo abierto en una operación de alto riesgo. Tanto Rusia como Ucrania emplean miles de estos sistemas diariamente, equipados con cargas explosivas adaptadas (granadas, proyectiles antitanque modificados o municiones de fabricación específica).
El resultado es una “zona de aniquilación” permanente sobre la línea de contacto. Los tanques, incluidos los Leopard 2 ucranianos o los T-90M rusos, operan mayormente como plataformas de fuego indirecto desde posiciones cubiertas. La guerra de maniobra ha sido reemplazada por la guerra de sensores.
Rusia
Moscú ha logrado sostener el conflicto mediante la expansión de su producción militar. Las autoridades rusas sostienen que más del 70 % de sus fuerzas están equipadas con sistemas modernizados. Más allá del dato político, lo observable es un aumento sostenido en la fabricación de munición de artillería, drones y vehículos blindados reacondicionados.
En el plano terrestre, Rusia continúa utilizando una combinación de carros modernizados (T-72B3M, T-80BVM, T-90M) y plataformas reacondicionadas provenientes de reservas. La artillería sigue siendo su principal instrumento ofensivo: obuses autopropulsados 2S19 Msta-S, lanzacohetes múltiples BM-30 Smerch y sistemas Tornado-S.

En el ámbito no tripulado, Rusia ha ampliado su parque de drones de reconocimiento y ataque. Los sistemas Oko-2 y Oko-3, con configuración VTOL, buscan ampliar el reconocimiento táctico hasta 130 km, reduciendo la vulnerabilidad de operadores. A esto se suman drones kamikaze tipo Lancet y sistemas derivados de tecnología iraní.
La defensa aérea rusa, desplegada en profundidad, ha demostrado capacidad para interceptar cohetes HIMARS, misiles ucranianos de largo alcance y drones de saturación. Sistemas S-300, S-400 y Pantsir-S1 continúan siendo pilares de su arquitectura defensiva.
En lo doctrinal, Rusia abandonó los asaltos mecanizados masivos y adoptó la táctica conocida como “mil cortes”: infiltraciones de pequeñas unidades de asalto que buscan penetraciones graduales y desgaste constante. No apunta a una ruptura decisiva, sino a erosionar la capacidad defensiva ucraniana.
Ucrania
Ucrania ha transformado su estructura militar en una fuerza híbrida que combina legado soviético con integración OTAN. En el plano de fuego de precisión, el sistema HIMARS ha sido central para golpear depósitos logísticos y nodos de mando rusos. A ello se suman misiles de mayor alcance y producción local como el R-360 Neptuno y sistemas de desarrollo nacional de largo alcance.

La defensa aérea ucraniana ha sido determinante para sostener la retaguardia estratégica. Sistemas Patriot, NASAMS y SAMP/T han permitido interceptar misiles balísticos y de crucero rusos, preservando infraestructura crítica. Esta red, sin embargo, depende del suministro constante de interceptores occidentales. En el aire, la incorporación de cazas occidentales (F-16 y Mirage 2000) representa un salto cualitativo, aunque no ha modificado radicalmente el equilibrio aéreo debido a la densidad de defensas rusas.
El verdadero factor disruptivo ha sido la masificación industrial de drones FPV. Ucrania ha convertido la producción descentralizada de sistemas no tripulados en un multiplicador de fuerza, compensando parcialmente la inferioridad en artillería pesada.
Una guerra industrial sin ruptura estratégica
Tras cuatro años, la guerra entre Rusia y Ucrania se ha configurado como un conflicto de desgaste industrial con frentes estabilizados y avances tácticos marginales. La supremacía no depende exclusivamente del número de tanques o aviones, sino de la capacidad de producir drones, municiones y reemplazos humanos a un ritmo sostenido.
Rusia apuesta a la prolongación del conflicto bajo la premisa de superioridad industrial y demográfica. Ucrania depende de la continuidad del apoyo occidental y de su capacidad de innovación tecnológica.
El quinto año no comienza con señales de colapso para ninguno de los dos, sino con la consolidación de una guerra que ha redefinido el combate convencional en el siglo XXI.
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