En esta foto sin fecha proporcionada el jueves 25 de diciembre de 2025 por el gobierno de Corea del Norte, su líder Kim Jong Un inspecciona un submarino nuclear en construcción en un lugar no revelado de Corea del Norte. AP/KCNA vía KNS
La creciente interdependencia militar entre Rusia y Corea del Norte en la guerra de Ucrania encendió una alarma que hasta hace poco parecía improbable, que Moscú termine devolviendo el favor con asistencia altamente sensible en materia de submarinos nucleares. La advertencia fue planteada por especialistas en un ámbito inusual para este debate, una audiencia del Parlamento británico sobre actividad subacuática, y amplificada por análisis que observan un patrón de compensaciones tecnológicas a medida que se profundiza la alianza con Pyongyang.
El punto de partida es el nivel de aporte norcoreano al esfuerzo ruso. Bajo el paraguas de la cooperación militar bilateral, Seúl estima que alrededor de 14.000 efectivos norcoreanos fueron enviados para apoyar operaciones rusas, con más de 6.000 bajas entre muertos y heridos, además de envíos de munición y misiles que sostienen una guerra de desgaste. Ese volumen de asistencia, en un conflicto de alta intensidad, obliga a Moscú a mantener una “moneda de cambio” constante para que Pyongyang siga comprometido.
En ese marco, el experto Peter Roberts advirtió ante legisladores británicos que Rusia podría terminar ofreciendo lo que definió como las “joyas de la corona” del conocimiento militar, la experiencia operativa y técnica asociada a submarinos nucleares, tradicionalmente protegida dentro de círculos extremadamente cerrados. La idea central es que, si se agotan otras contrapartidas, la cooperación podría desplazarse desde misiles y municiones hacia saber subacuático, con implicancias de largo plazo para la disuasión norcoreana.
El riesgo de un salto tecnológico cobra peso por el momento en que se encuentra el programa naval norcoreano. En diciembre, medios estatales mostraron a Kim Jong Un inspeccionando la construcción de un submarino descrito como “nuclear” y de gran porte, asociado a un rol estratégico de lanzamiento de misiles, una señal política destinada a reforzar la idea de un escudo nuclear más creíble y más difícil de neutralizar. Aunque las imágenes no prueban capacidad operativa, sí indican prioridad política y avance material en un programa que hasta hace poco parecía fuera de alcance.
En términos estratégicos, el “premio” para Pyongyang sería acercarse a una arquitectura de segundo golpe desde el mar. Incluso una capacidad imperfecta, si logra patrullas mínimas y supervivencia, complica el cálculo de adversarios y eleva los umbrales de crisis. En paralelo, para Moscú el incentivo sería directo, asegurar continuidad de suministros y personal en Ucrania, y sostener una alianza que rompe el aislamiento relativo y amplía su red de apoyo bajo sanciones.
No todos los especialistas compran el escenario más alarmista. John Ford, del James Martin Center for Nonproliferation Studies, se mostró escéptico respecto de una transferencia de los elementos más sensibles, y remarcó que incluso si existiera asistencia parcial, la brecha entre teoría y operación real de un submarino nuclear es enorme y requiere años de ingeniería, formación, cultura de seguridad y disciplina técnica. También señaló que Rusia tiene motivos para no “regalar” información que, por vías de inteligencia humana, podría terminar filtrándose a Corea del Sur y, por extensión, a socios occidentales.
La pregunta que queda abierta es qué “precio” está dispuesto a pagar el Kremlin si la guerra se extiende y su dependencia de munición y masa crítica aumenta, y cuánto margen tiene Pyongyang para convertir asistencia parcial en una capacidad naval nuclear con valor disuasivo real. En un escenario de guerra larga, la frontera entre cooperación táctica y proliferación estratégica puede moverse rápido, y el verdadero indicador no será un anuncio, sino señales de entrenamiento, ingeniería y pruebas en el mar que, una vez iniciadas, son difíciles de revertir.
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