El rompehielos ARA "Almirante Irízar" en la Campaña Antártica 2022-2023. Crédito: Ministerio de Defensa
Cada 22 de febrero es una invitación a reivindicar soberanía bicontinental de la Argentina, esencialmente, por el ejercicio ininterrumpido y permanente de su presencia en el Continente blanco desde 1904. Allá, en los albores del siglo XX, a través de la instalación del Observatorio Meteorológico en la isla Laurie (actual Base Orcadas), la política científico-tecnológica se comportó como elemento constitutivo y uno de los pilares más sólidos y sostenidos de la proyección estratégica del país en el Atlántico Sur.
Indefectiblemente, la presencia argentina en la Antártida se encuentra estrechamente ligada al desarrollo científico y tecnológico en el ámbito nacional como en el internacional. Y la consolidación de este ejercicio para la presencia en el continente a lo largo de estos 122 años sucede gracias a un entramado institucional, científico y logístico que articula academia, organismos de ciencia y tecnología, sector productivo y Fuerzas Armadas bajo el marco del Sistema del Tratado Antártico.
Es central destacar que la ciencia y la tecnología son los ejes vertebradores de la política antártica argentina. En el contexto del Tratado Antártico, que congela las disputas de soberanía pero reconoce los reclamos existentes, la actividad científica constituye el principal instrumento de presencia efectiva y legitimidad internacional. En ese contexto, el despliegue científico argentino produce conocimiento de frontera en glaciología, biología marina, cambio climático, geología, oceanografía y ciencias atmosféricas, al tiempo que fortalece su posicionamiento geopolítico en el sector antártico argentino.
La Argentina fue durante cuatro décadas el único ocupante permanente de esa geografía austral, un hecho clave en el contexto geopolítico antártico. Años después, a mediados de la década del ´40, se llevaron a cabo algunos de los proyectos elaborados para la exploración del sector antártico argentino y las pretensiones de soberanía bicontinental. En ellos se contemplaba la adquisición de un barco rompehielos, la construcción de bases y las expediciones que más tarde darían lugar al inicio de las Campañas Antárticas Anuales, claves para la realización de las tareas científico técnicas y de reaprovisionamiento en víveres, combustible y equipamientos.
Y para sustentar lo mencionado, hay algunos aspectos para destacar. Sin dudas, el año 1951 fue clave por dos razones. Por un lado, en febrero se produjo la Primera Expedición Científica a la Antártida Continental Argentina, liderados por el entonces coronel Hernán Pujato y Jorge Julio Mottet. Travesía que arribó a Bahía Margarita, donde fue erigida la Base de Ejército San Martín (actualmente Base San Martín), contribuyendo a reafirmar nuestros derechos soberanos en la Antártida.
Ese mismo año, se creó el organismo rector de la actividad científica pionero a nivel mundial en investigación polar, el Instituto Antártico Argentino (IAA). Su labor, históricamente, se articula estrechamente con el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), que aporta investigadores y proyectos estratégicos, y con las Universidades Nacionales, responsables de formar recursos humanos especializados y sostener líneas de investigación vinculadas a los desafíos ambientales y tecnológicos del sector.
Otro momento clave en la historia científica en el Sector Antártico Argentino ocurrió en 1968. Cuatro mujeres (Irene María Bernasconi, María Adela Caría, Elena Dolores Martínez Fontes y Carmen Pujals), conocidas como “las cuatro de Melchior” (por el nombre que llevaba la base antártica donde se alojaron durante dos meses y medio) cosecharon el hito de ser las primeras mujeres del país que realizaron una campaña científica en el continente blanco.
Un año más tarde, en 1969, se sentaron las bases jurídicas para el planeamiento, programación y dirección de la actividad antártica a través de la creación de la Dirección Nacional del Antártico, que estaría bajo la órbita del Ministerio de Defensa hasta el 2003, cuando pasó a formar parte del Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio y Culto. El objetivo de este organismo consistiría en dirigir y controlar la actividad antártica argentina en línea con la política y objetivos estratégicos nacionales.
Este núcleo académico-científico se complementa con el aporte de organismos tecnológicos estratégicos: el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), el Instituto Nacional del Agua (INA), la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), el Servicio Meteorológico Nacional (SMN) y el Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (INIDEP). Cada uno aporta capacidades específicas que permiten desarrollar investigación en condiciones extremas, integrar monitoreo satelital, estudios isotópicos, modelización climática y análisis de recursos vivos marinos.
En lo que respecta a las universidades nacionales, por ejemplo, la Universidad de Buenos Aires (UBA) envía anualmente un equipo multidisciplinario que investiga la meteorología del espacio. Estudiantes e investigadores de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego (UNTDF) tareas de investigación en terreno estudios de paleomagnetismo.
En relación con lo mencionado, un hito memorable se produjo en el 2025, cuando Rodrigo De Iuliis trabajaba en la base San Martín del continente blanco, rindió su última materia de la carrera Ingeniería en Telecomunicaciones en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). Rodrigo defendió su tesis en la Base Antártica San Martín y celebró convertirse en el argentino recibido en la Antártida.
Ahora bien, en materia de cooperación internacional en ciencia y tecnología, Argentina posee instancias destacables, como la entablada entre el Instituto Antártico Argentino y el Instituto Alfred Wegener de Alemania que hizo posible la instalación en 1994 del Laboratorio de cooperación germano-argentino Dallmann en la Base Carlini. Otra cooperación a destacar es la que el IAA mantiene desde el 2024 con el Instituto italiano de Oceanografía y Geofísica Experimental de Trieste (OGS) para construir una nueva estación de la red sismográfica argentino-italiana, por primera vez en Base Petrel.
Y, en el mismo sentido, Argentina mantiene esquemas de colaboración científica con Chile, Brasil, Uruguay, Perú y Ecuador, tanto en campañas conjuntas como en intercambio de información y uso compartido de capacidades logísticas. En particular, la coordinación operativa con Chile en la Península Antártica, los estudios oceanográficos y climáticos con Brasil y los intercambios de investigadores con Uruguay y Perú son ejemplos concretos de una diplomacia científica sudamericana en acción.
Por otra parte en el 2022 se produjo la primera sesión histórica del Consejo Interinstitucional de Ciencia y Tecnología (CICyT) llevada a cabo en la Antártida desde la Base Marambio los días 6 y 7 de octubre. Sesión que contó con la participación de las carteras de Defensa, Ciencia, Tecnología e Innovación, Salud y representantes de los 17 organismos que conforman el CICYT.
En síntesis, a lo largo de estos 122 años, Argentina instaló siete bases permanentes (operativas todo el año) y seis temporarias (habilitadas solo en verano) en la península Antártica y adyacencias, formando parte de la Provincia de Tierra del Fuego, Antártida e islas del Atlántico Sur (Ley 23.775). Asimismo, en su calidad de signataria, participa del Sistema del Tratado Antártico, y de la Reunión de Administradores de Programas Antárticos Latinoamericanos.
La Argentina no sólo cuenta con capacidades científicas y técnicas para operar en la Antártida, sino que tiene también una posición privilegiada para acceder al continente y proyectarse tanto desde Buenos Aires como desde Bahía Blanca. Pero subyace naturalmente la idea de pensar a la ciudad de Ushuaia como principal apoyo logístico para las actividades, donde se integren los aportes de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur a la política antártica nacional. En este esquema, el rol de Ushuaia resulta estratégico. La ciudad funciona como principal puerta de entrada al continente blanco y como nodo logístico, científico y productivo de la política antártica nacional. Desde su puerto se organizan campañas, se coordinan operaciones internacionales y se articulan capacidades nacionales y provinciales.
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