Varios movimientos estratégicos coincidieron en una misma dirección: más competencia entre potencias y menos márgenes de estabilidad. Estados Unidos reactivó la discusión sobre una presunta prueba nuclear china en Xinjiang y presionó para avanzar en un nuevo esquema de control de armas tras la expiración del New START. La acusación, rechazada por Pekín, vuelve a tensar el eje Washington–Beijing en un momento donde la arquitectura de no proliferación atraviesa su etapa más frágil en décadas.

En paralelo, la guerra en Ucrania profundiza su lógica de desgaste. Informes occidentales sostienen que las bajas rusas recientes superan el ritmo de reclutamiento, mientras Kiev busca consolidar capacidades aéreas con F-16 sin cruzar el umbral de una participación directa de pilotos occidentales. La discusión no es sólo operativa: define hasta dónde puede escalar el involucramiento de la OTAN sin alterar formalmente el carácter del conflicto.

En Medio Oriente, la Casa Blanca combina negociación y despliegue. La posible presencia de un segundo portaaviones en el Golfo, en simultáneo con conversaciones indirectas con Irán sobre su programa nuclear, refuerza un mensaje de disuasión preventiva. Al mismo tiempo, el repliegue estadounidense en Siria redefine equilibrios locales y abre interrogantes sobre el vacío estratégico en zonas sensibles. Europa, por su parte, acelera el debate sobre capacidades ofensivas en el ciberespacio, ampliando el concepto tradicional de defensa.
El cuadro general no muestra una sola crisis dominante, sino varias que interactúan: erosión de acuerdos nucleares, guerras prolongadas, competencia naval y expansión del dominio cibernético como herramienta de poder. La incógnita es si estas señales operarán como mecanismos de contención o si terminarán habilitando nuevos puntos de fricción en un sistema internacional cada vez más tensionado.
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