- Bad Bunny encabezará el show de entretiempo del Super Bowl LX mientras su mensaje contra las redadas y deportaciones impulsadas por ICE ya disparó una reacción política en el entorno de Donald Trump.
- El debate escaló a nivel institucional con críticas públicas de líderes republicanos, un contraevento organizado por Turning Point USA y versiones sobre presencia de ICE en torno al partido que obligaron a desmentidas y aclaraciones oficiales.
- El episodio ocurre en medio de una ofensiva federal de control migratorio que, según medios estadounidenses y europeos, ya generó tensión social y costos políticos para la administración.

El Super Bowl LX dejó de ser solo un evento deportivo: la elección de Bad Bunny como cabeza del show del entretiempo lo convirtió en una vitrina inesperada de la disputa por inmigración, identidad y seguridad interna en Estados Unidos. En la previa del partido entre Seattle Seahawks y New England Patriots, el artista puertorriqueño, uno de los nombres más influyentes de la música global, aparece cruzado por una discusión que combina tres ejes sensibles: la política migratoria de la Casa Blanca, el rol operativo y simbólico de ICE, y el lugar del español y de la identidad latina en el espacio público estadounidense.
Según BBC y otros medios internacionales, Bad Bunny anticipó que su presentación buscará “unidad” y una celebración cultural, pero el ruido político ya está instalado desde antes de que suene el primer tema. La reacción republicana incluyó críticas directas a su selección, lecturas sobre un “show politizado” y un intento de contraprogramación: Turning Point USA anunció un “All American” alternativo durante el entretiempo, con Kid Rock como figura principal. En paralelo, Donald Trump informó que no asistirá al partido y calificó la elección como una mala decisión, mientras referentes del Partido Republicano insistieron en que el show expresa un giro cultural que rechazan.

El punto de inflexión fue la frase “ICE out” que Bad Bunny pronunció en la ceremonia de los Grammy, en una intervención que vinculó explícitamente las operaciones de control migratorio con un discurso de deshumanización. Esa escena trasladó el conflicto desde el terreno cultural al institucional: no se trató solo de un artista “opinando”, sino de un mensaje emitido desde una de las plataformas de entretenimiento más masivas del país, en un momento en que la administración sostiene que sus políticas migratorias se enfocan en deportar a personas sin estatus legal y con antecedentes penales.
En las últimas horas, la controversia quedó atravesada por una cuestión operativa: el lugar real de ICE en el dispositivo de seguridad del Super Bowl. France 24 informó que jefes de seguridad de la NFL desmintieron reportes sobre un rol de ICE en el evento. The Guardian, por su parte, mencionó que la secretaria del Departamento de Seguridad Nacional, Kristi Noem, había advertido meses atrás que ICE estaría “por todos lados” en torno al partido, mientras el gobernador de California, Gavin Newsom, aseguró que no habrá acciones de control migratorio “vinculadas al juego”. Esa secuencia, incluso sin un despliegue formal anunciado, muestra algo concreto: la percepción de riesgo ya opera como mensaje político, y la sola posibilidad de controles en un megaevento alcanza para condicionar el clima social.
Una disputa por pertenencia, idioma y poder blando
La discusión excede a Bad Bunny como individuo y se concentra en lo que representa. Puertorriqueño y ciudadano estadounidense por nacimiento, su figura reactiva una tensión estructural: Puerto Rico es un territorio de Estados Unidos, pero sin voto presidencial y sin representación plena en el Congreso. En otras palabras, su presencia en el escenario más visto de la cultura popular estadounidense expone una contradicción política de larga data: millones de ciudadanos están dentro del sistema, pero no del todo dentro del poder.

Que el show pueda ser principalmente en español, diversos analistas señalan como inédito o histórico por escala, funciona como detonante porque el idioma aparece como frontera cultural en un clima de polarización. Ahí se entiende por qué el debate se volvió tan áspero: para el oficialismo republicano, el Super Bowl opera como un ritual de identidad nacional; para amplios sectores latinos, el mismo escenario es una plataforma de reconocimiento en un contexto de endurecimiento migratorio y controles crecientes.
Desde una mirada estratégica, el punto no es si Bad Bunny hará una declaración explícita durante los 13 minutos de show, sino que la disputa ya está consumada: el entretiempo quedó convertido en un plebiscito cultural sobre “quién pertenece” y bajo qué códigos. En esa lógica, la contraprogramación conservadora, los pedidos de “English-only” y las referencias a deportación, aun cuando sean absurdas en términos legales por su ciudadanía, operan como herramientas de señalización política hacia el electorado duro, no como análisis racional de seguridad o derecho.
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