En las últimas semanas, el sistema internacional ha estado enfrentando un punto de ruptura en el círculo polar ártico que trasciende la mera disputa territorial. Tras consolidar una política de exclusividad hemisférica en el Caribe, la administración de Donald Trump ha desplazado su centro de gravedad hacia el norte, reactivando la pretensión de adquirir Groenlandia bajo una lógica de seguridad nacional innegociable. Este movimiento, enmarcado en la denominada “Doctrina Donroe”, no solo desafía la integridad soberana del Reino de Dinamarca, sino que plantea un dilema existencial para la arquitectura de alianzas occidentales al introducir un modelo de transaccionalismo territorial que colisiona con los principios del derecho internacional contemporáneo.

La diplomacia del arancel y la respuesta de la Unión Europea
Un pilar fundamental de esta nueva fase de asertividad estadounidense es el uso de la coerción económica como herramienta de adquisición geográfica. El presidente Trump ha formalizado la amenaza de imponer un arancel del 25 % a las exportaciones de la Unión Europea, afectando de manera crítica a las industrias automotriz y tecnológica de Alemania, Francia y Dinamarca, hasta que se facilite un acuerdo para la transferencia de la isla. En las últimas horas, la Comisión Europea ha respondido calificando esta medida como un “chantaje geopolítico sin precedentes”, advirtiendo sobre la preparación de aranceles compensatorios que podrían afectar a sectores estratégicos en estados clave de Estados Unidos.
Esta escalada ha generado una fractura profunda en el eje transatlántico, obligando a los líderes europeos a navegar entre la estabilidad de su mercado común y la defensa de la soberanía de uno de sus miembros. Para Washington, la lealtad de los aliados es ahora medida a través de concesiones tangibles, dejando de lado los marcos comerciales establecidos en las últimas décadas. El dilema para Bruselas es mayúsculo: ceder ante la presión arancelaria sentaría un precedente de soberanía condicionada, mientras que la resistencia activa podría desencadenar una guerra comercial de proporciones sistémicas que afectaría el crecimiento global proyectado para este 2026.
De la alianza de valores al transaccionalismo en la OTAN
La insistencia en la transferencia de soberanía sobre Groenlandia ha provocado una crisis de identidad sin precedentes en la OTAN. La narrativa europea sugiere que la organización está transitando de una coalición fundamentada en valores democráticos y defensa colectiva hacia un modelo de intereses territoriales puros. En este nuevo paradigma, la permanencia del paraguas de seguridad estadounidense y el cumplimiento del Artículo 5 parecen estar vinculados a la capacidad de los aliados para satisfacer las demandas espaciales de Washington, lo que erosiona la confianza mutua que ha sostenido a la alianza desde su fundación.

La reacción de la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha sido reforzada por una declaración de emergencia del gobierno, reafirmando que la soberanía no es una mercancía transaccional. No obstante, el lenguaje de la Casa Blanca, que insiste en que el estatus actual de la isla es “incompatible con la seguridad hemisférica”, ha llevado a Copenhague a sugerir que estas presiones podrían marcar el fin de la OTAN tal como se conoce. El riesgo latente es la sustitución de un sistema de seguridad basado en reglas por uno donde la fuerza económica de la potencia líder redefine unilateralmente las fronteras de sus propios aliados.
El imperativo estratégico: Tierras raras y el cerco a China
Más allá de la retórica diplomática, el interés de Estados Unidos en Groenlandia responde a un imperativo geoeconómico: el control de los minerales críticos. La isla posee depósitos de tierras raras que representan una alternativa masiva a la producción de China, elementos esenciales para la industria de defensa y semiconductores. Bajo la lógica del desacoplamiento estratégico, asegurar estos recursos permitiría a Washington eliminar su dependencia de las cadenas de suministro de Pekín, otorgándole una ventaja decisiva en la competencia tecnológica global del siglo XXI.

Este enfoque de seguridad de suministros es una pieza clave de la Doctrina Donroe, que busca blindar el hemisferio occidental de la influencia de potencias extrarregionales. Al integrar a Groenlandia bajo su órbita directa, Estados Unidos pretende neutralizar la presencia de activos estratégicos extranjeros y la creciente influencia de la “Ruta de la Seda Polar”. En la práctica, Groenlandia ha dejado de ser percibida como un puesto de vigilancia aislado para ser tratada como el bastión final de la seguridad nacional estadounidense ante el avance multipolar en el Círculo Polar.
La respuesta de Nuuk y el futuro de la autodeterminación
En una sesión extraordinaria celebrada hoy, el parlamento groenlandés (Inatsisartut) ha rechazado unánimemente cualquier propuesta de compra, enfatizando que su camino hacia la independencia es un derecho inalienable. Mientras el gobierno autónomo busca avanzar hacia la soberanía plena, se encuentra en medio de una disputa donde su voluntad parece ser un factor secundario frente a los intereses de defensa de las grandes potencias. El riesgo para la población local es que la presión de Washington resulte en una “soberanía tutelada”, orientada exclusivamente a fines militares y extractivos bajo la administración especial.
La crisis de Groenlandia simboliza el regreso a un Realismo Ofensivo donde la geografía vuelve a ser el activo transaccional supremo por encima de los marcos multilaterales. El éxito o fracaso de la presión arancelaria de Trump definirá si el orden internacional permite la autonomía de los Estados pequeños o si nos dirigimos a una era de exclusividad hemisférica agresiva. El desenlace de este pulso territorial no solo decidirá el destino de la isla, sino la capacidad de Europa para sostener una autonomía estratégica real frente a las demandas de su principal socio de seguridad.
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