El Bulletin of the Atomic Scientists anunció que el Reloj del Juicio Final fue ajustado a 85 segundos de la medianoche, la distancia más corta jamás registrada desde su creación en 1947. La decisión refleja, según el comité científico que lo administra, un deterioro simultáneo y acelerado de los principales factores de riesgo existencial: armas nucleares, crisis climática, amenazas biológicas y tecnologías disruptivas como la inteligencia artificial, en un contexto de creciente confrontación entre grandes potencias y colapso de los mecanismos de cooperación internacional.

El anuncio fue realizado el 27 de enero de 2026 por la Bulletin of the Atomic Scientists, fundada en 1945 por científicos del Proyecto Manhattan, entre ellos Albert Einstein y J. Robert Oppenheimer. El reloj es ajustado anualmente por su Science and Security Board, en consulta con un consejo de patrocinadores que incluye premios Nobel, y funciona como un indicador simbólico —pero políticamente cargado— de la cercanía de la humanidad a una catástrofe causada por tecnologías creadas por el propio ser humano.
En su declaración oficial, el comité fue explícito: “el mundo está peligrosamente cerca del desastre” y, lejos de corregirse el rumbo, las principales potencias —Estados Unidos, Rusia y China— han profundizado dinámicas de confrontación, nacionalismo y competencia de suma cero. El resultado, advierten, es la erosión de los acuerdos que durante décadas contuvieron el riesgo de guerra nuclear, limitaron armamentos estratégicos y permitieron coordinar respuestas frente a amenazas globales.
Riesgo nuclear, guerras regionales y colapso del control de armamentos
El factor central detrás del nuevo ajuste del reloj es el deterioro del escenario nuclear internacional. El comité subrayó que durante 2025 se intensificaron tres conflictos regionales que involucraron directa o indirectamente a potencias nucleares. La guerra entre Rusia y Ucrania siguió incorporando tácticas militares inéditas y referencias explícitas al uso de armas nucleares; el enfrentamiento entre India y Pakistán derivó en ataques transfronterizos con drones y misiles; y los bombardeos de Israel y Estados Unidos sobre instalaciones nucleares iraníes abrieron un nuevo frente de incertidumbre en Medio Oriente.

A esto se suma un dato estructural: la carrera armamentista volvió a acelerarse. China incrementa el número de ojivas y vectores estratégicos, mientras Estados Unidos y Rusia modernizan sus sistemas de lanzamiento nuclear. En paralelo, Washington impulsa el desarrollo de un nuevo escudo antimisiles multilayer —el programa Golden Dome— que incluye interceptores espaciales, una iniciativa que, según el Bulletin, podría desatar una nueva carrera armamentista en el espacio.
El panorama se agrava con el vencimiento inminente del tratado New START, el último gran acuerdo que limita el número de armas nucleares estratégicas desplegadas por Estados Unidos y Rusia. Su expiración pondría fin a casi seis décadas de arquitectura de control de armamentos entre las dos mayores potencias nucleares del planeta, en un momento en que tampoco existen diálogos activos sobre estabilidad estratégica o desarme.
Clima, biotecnología e inteligencia artificial: riesgos que se acumulan
El comité también destacó que el cambio climático dejó de ser una amenaza gradual para convertirse en un factor de desestabilización inmediata. Los niveles de dióxido de carbono alcanzaron el 150 % de los valores preindustriales, las temperaturas globales marcaron récords consecutivos y los eventos extremos —olas de calor, sequías e inundaciones— afectaron a millones de personas en América Latina, África, Europa y Asia. Para el Bulletin, la respuesta internacional pasó de insuficiente a directamente destructiva, con retrocesos en políticas climáticas clave, especialmente en Estados Unidos.
En el plano biológico, el informe identificó cuatro desarrollos críticos. El más inquietante es la posibilidad de crear “vida espejo” (mirror life), organismos sintéticos que podrían escapar a los controles biológicos naturales y devastar ecosistemas completos. A esto se suman la convergencia entre inteligencia artificial y diseño de patógenos, el debilitamiento de normas contra armas biológicas y la degradación de las capacidades de salud pública, particularmente en Estados Unidos, lo que reduce la capacidad de respuesta ante futuras pandemias.

La inteligencia artificial, por su parte, aparece como un multiplicador de riesgos. El Bulletin alertó sobre su incorporación creciente en sistemas militares, incluso en estructuras de comando y control nuclear, sin marcos regulatorios claros ni consensos internacionales. El retroceso de políticas de seguridad en IA y la priorización de la competencia tecnológica por sobre la cooperación aumentan, según el comité, la probabilidad de errores, desinformación masiva y decisiones automatizadas con consecuencias estratégicas irreversibles.
Autocracias, polarización y un sistema internacional sin frenos
Un elemento transversal del diagnóstico es el avance de liderazgos nacionalistas y autoritarios en países clave del sistema internacional. Si bien el Bulletin aclara que la autocracia no es en sí misma una amenaza existencial, sí actúa como acelerador de riesgos, al privilegiar la confrontación, debilitar la rendición de cuentas y obstaculizar la cooperación multilateral necesaria para gestionar amenazas globales.

En palabras de Alexandra Bell, presidenta del Bulletin, el mensaje del reloj es inequívoco: “los riesgos catastróficos aumentan, la cooperación disminuye y se acaba el tiempo”. El comité insiste en que el escenario no es irreversible, pero requiere decisiones políticas urgentes: retomar diálogos de control nuclear, establecer límites claros al uso militar de la IA, prevenir desarrollos biológicos peligrosos y reconstruir políticas climáticas basadas en la ciencia.
Por ahora, el ajuste a 85 segundos de la medianoche funciona como una advertencia extrema. No anticipa un evento concreto, pero sí señala que la combinación de conflictos armados, colapso de acuerdos, crisis ambiental y tecnologías fuera de control está llevando al sistema internacional a un punto de fragilidad histórica, donde los márgenes de error se reducen y las consecuencias de una mala decisión pueden ser irreversibles.
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