Las protestas que atraviesan Irán desde fines de diciembre no constituyen un episodio aislado ni un estallido coyuntural. Se inscriben en una dinámica de crisis acumulada donde convergen deterioro económico, colapso del poder adquisitivo y una demanda social cada vez más explícita de cambio político, incluso sin una hoja de ruta clara sobre cómo materializarlo. A diferencia de ciclos anteriores, el actual se desarrolla bajo una presión externa inédita desde hace años: Estados Unidos, con Donald Trump nuevamente en la Casa Blanca, elevó el tono de las amenazas y colocó el escenario iraní en el centro de su agenda estratégica, combinando advertencias militares, sanciones económicas y gestos públicos de respaldo a los manifestantes.

Este cruce entre protesta interna y coerción externa redefine el contexto del conflicto. No se trata solo de una crisis doméstica, sino de una pulseada donde actores externos buscan moldear el desenlace sin asumir los costos de una intervención directa. En ese marco, el régimen iraní enfrenta un dilema estructural: responder a una sociedad exhausta sin abrir fisuras que puedan ser explotadas desde afuera.
Un nuevo ciclo de protestas en una secuencia histórica de resistencia estatal
Las manifestaciones actuales forman parte de una secuencia que Irán repite desde hace más de quince años. El Movimiento Verde de 2009 marcó el primer gran desafío urbano y político al sistema, seguido por protestas de carácter socioeconómico en 2017 y 2018. En 2019, el aumento del precio de los combustibles derivó en una represión masiva, con cientos de muertos en pocos días. En 2022, el movimiento “Mujer, Vida, Libertad” profundizó el quiebre generacional y cultural.

El patrón se repite: detonantes económicos que rápidamente se politizan y una respuesta estatal que privilegia la coerción sobre la negociación. Sin embargo, como señala el analista Ezequiel Kopel, la comparación con 1979 resulta engañosa. La República Islámica actual no es un sistema vulnerable a una revolución clásica, sino “un sistema desarrollado para frenar embates contrarrevolucionarios”, con el poder político, militar y religioso entrelazados y compartimentados para evitar rupturas desde adentro.
De la república islámica a la república de los pasdarán
Durante décadas, el sistema político iraní se definió como una teocracia clerical, con el Líder Supremo y el estamento religioso como eje rector. Ese esquema mutó de manera silenciosa pero sostenida. Hoy, la Guardia Revolucionaria Islámica y su entramado asociado se consolidaron como el verdadero sostén del régimen.
Los pasdarán no son solo una fuerza militar paralela al ejército regular. Constituyen un actor político, económico y de inteligencia con presencia transversal en el Estado. Controlan sectores estratégicos de la economía, desde la energía hasta la construcción, gestionan redes empresariales y definen la respuesta frente a cualquier desafío interno. Según estimaciones citadas por analistas regionales, la arquitectura de seguridad iraní —que incluye a la Guardia Revolucionaria y a la milicia Basij— involucra a cerca de un millón de personas, lo que vuelve extremadamente costosa cualquier estrategia de presión externa sin ruptura interna.
Este desplazamiento del centro de gravedad explica por qué hablar únicamente de un “gobierno de ayatolás” resulta insuficiente. Irán funciona hoy como una república pasdarán, donde la legitimidad se apoya menos en la ideología religiosa y más en la capacidad de imponer orden y resistir amenazas, reales o percibidas.
![Un miembro de la policía iraní asiste a una manifestación a favor del gobierno en Teherán, Irán, el 12 de enero de 2026 [Stringer/WANA/Reuters]](https://www.escenariomundial.com/wp-content/uploads/2026/01/2026-01-12T181324Z_496612350_RC2PZIAZZJOV_RTRMADP_3_IRAN-ECONOMY-PROTESTS-1768345900.webp)
La represión como política estructural y de supervivencia
La respuesta estatal frente a las protestas fue inmediata y de una escala inédita. De acuerdo con cifras citadas por fuentes oficiales iraníes, alrededor de 2.000 personas habrían muerto desde el inicio de las manifestaciones, mientras que organizaciones de derechos humanos verificaron al menos 573 fallecidos y más de 10.000 detenidos. Más allá de la disputa por los números, el consenso analítico es que se trata de una de las represiones más intensas de la historia contemporánea iraní.
Ezequiel Kopel subraya que, en términos de magnitud y velocidad, la violencia aplicada en estas semanas no tiene precedentes claros en los últimos cincuenta años. Esta represión no responde a excesos circunstanciales, sino a una lógica de supervivencia del régimen. El objetivo no es restaurar legitimidad, sino evitar el quiebre del aparato estatal.
A diferencia de ciclos anteriores, no se observan fisuras significativas dentro de las fuerzas de seguridad. La cohesión entre Guardia Revolucionaria, Basij y estructuras de inteligencia reduce drásticamente la posibilidad de una implosión interna en el corto plazo.

La presión internacional y el factor Trump
El escenario internacional agrega una capa adicional de tensión. Estados Unidos y varios países europeos endurecieron su retórica frente a Teherán, combinando condenas por violaciones a los derechos humanos con advertencias políticas y militares. El presidente Donald Trump elevó el tono de manera explícita, afirmando que “todas las opciones están sobre la mesa” y sugiriendo públicamente que los manifestantes deberían tomar instituciones, al tiempo que cancelaba contactos diplomáticos con funcionarios iraníes.
Según analistas citados por Reuters, estas amenazas no implican necesariamente una decisión inmediata de intervenir, pero sí incrementan el nivel de riesgo. Paulo Botta, director de la oficina de TRENDS Research & Advisory para América Latina, señala que la credibilidad de Trump reside precisamente en su imprevisibilidad: la posibilidad de que avance en cualquier dirección funciona como un elemento de presión adicional. En ese sentido, la amenaza puede operar más como incentivo para negociar que como preludio de una acción militar directa.

Al mismo tiempo, la presión externa cumple una función interna para el régimen. Teherán presenta las protestas como parte de una ofensiva extranjera, reforzando un discurso nacionalista que busca cohesionar a sectores que, aunque críticos del sistema, rechazan una intervención externa. Como advierte Botta, no querer al régimen no implica necesariamente querer a los actores de afuera, especialmente en un país donde el nacionalismo tiene un peso estructural.
Escenarios posibles: resistencia, concesiones o colapso controlado
En el corto plazo, el escenario más probable continúa siendo el de una estabilidad autoritaria basada en la represión sostenida. El régimen conserva ventajas estructurales decisivas: control territorial, fuerzas de seguridad cohesionadas y una oposición desarticulada tras décadas de persecución sistemática.
Un segundo escenario contempla concesiones económicas limitadas destinadas a descomprimir la calle sin alterar la arquitectura del poder. Subsidios focalizados, cambios administrativos o relevos menores podrían servir para ganar tiempo, pero difícilmente reviertan el deterioro profundo de legitimidad.
El tercer escenario —el más incierto y potencialmente disruptivo— es el de un colapso del régimen desde arriba o inducido desde afuera. Aquí cobra especial relevancia el análisis Botta, quien advierte que el principal problema de una eventual caída del sistema no es su derrocamiento, sino el vacío que dejaría. Tras más de cuarenta años de persecución y neutralización de la oposición, la República Islámica no solo debilitó a sus adversarios: eliminó cualquier alternativa organizada capaz de gobernar un país de 90 millones de habitantes.

Según Botta, incluso sectores profundamente críticos del régimen no necesariamente avalarían un cambio impulsado desde el exterior. El nacionalismo iraní opera como un freno estructural frente a cualquier escenario de intervención, y el rechazo al gobierno no se traduce automáticamente en adhesión a actores externos. Este punto introduce una paradoja central: un cambio de régimen podría generar una inestabilidad mayor que la continuidad del sistema, algo que inquieta no solo a Washington, sino también a los países de la región, que temen las consecuencias de un Irán fragmentado.
En este marco, la idea de un “modelo Venezuela” —remoción de la cúpula con preservación del aparato estatal— aparece como conceptualmente atractiva en algunos círculos occidentales, pero extremadamente difícil de aplicar en Irán. La complejidad étnica, la escala territorial y la densidad institucional del país hacen que cualquier quiebre abrupto pueda derivar en escenarios de fragmentación regional, especialmente en zonas kurdas o baluches.
Por eso, más que una transición clásica, el escenario de caída del régimen plantea una pregunta sin respuesta clara: ¿quién gobierna después? La ausencia de un plan B político convierte a la continuidad del sistema, aun debilitado, en la opción menos disruptiva para muchos actores externos.
Un sistema que sobrevive sin estabilizarse
La República Islámica enfrenta una de sus crisis más profundas desde 1979, no por la intensidad aislada de las protestas, sino por la acumulación simultánea de tensiones económicas, sociales, estratégicas y externas. El deterioro de la legitimidad interna convive con un aparato estatal que ha demostrado una notable capacidad de resistencia y adaptación. Esa combinación explica por qué el régimen no colapsa, pero tampoco logra estabilizarse.

Cualquiera sea el escenario que se imponga —continuidad autoritaria, concesiones limitadas o un quiebre inducido desde dentro o desde fuera— el conflicto iraní ya dejó de ser una cuestión exclusivamente doméstica. Involucra a Estados Unidos, a los equilibrios regionales de Medio Oriente y al propio orden internacional. Al mismo tiempo, ningún desenlace garantiza una mejora automática para la sociedad iraní: tanto la persistencia del régimen como una eventual caída conllevan riesgos estructurales significativos.
Para el régimen, el desafío es sobrevivir sin implosionar; para los actores externos, presionar sin desatar un escenario ingobernable; para la sociedad iraní, expresar una demanda de cambio sin quedar atrapada entre la represión interna y la instrumentalización externa. La espiral en la que se encuentra Irán permanece abierta. No hay una salida clara ni un punto de equilibrio visible. Solo un sistema que resiste, una sociedad que presiona y un entorno internacional que observa, interviene y calcula costos en un tablero donde cada movimiento puede alterar el conjunto.
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