Las protestas en Irán entraron en una fase decisiva al combinarse tres factores, siendo uno la represión letal en las calles, el apagón casi total de internet y una escalada diplomática con Estados Unidos que ya incluye amenazas explícitas de acción militar. El epicentro sigue siendo Teherán, pero la revuelta se ha extendido a decenas de ciudades y representa el mayor desafío al régimen clerical desde la Revolución Islámica de 1979.

El detonante fue el aumento del costo de vida y la escasez de bienes básicos, pero las manifestaciones evolucionaron rápidamente hacia consignas que exigen la caída del sistema político dominado por el clero chiita y la Guardia Revolucionaria Islámica, cuya influencia económica y militar atraviesa desde el sector energético hasta las telecomunicaciones.
Represión y muertos
El gobierno iraní no ha publicado cifras oficiales de víctimas. Los medios estatales se concentran casi exclusivamente en las bajas entre las fuerzas de seguridad y en denunciar una supuesta conspiración extranjera. Sin embargo, organizaciones independientes describen una represión sistemática con uso de munición real y perdigones disparados a corta distancia contra manifestantes.

La ONG HRANA, con sede en Estados Unidos, informó que verificó la muerte de 490 manifestantes y 48 miembros de las fuerzas de seguridad, además de más de 10.600 personas detenidas desde el inicio de las protestas el 28 de diciembre. Otras organizaciones de derechos humanos, como Iran Human Rights, manejan conteos más conservadores pero coinciden en que se trata del episodio de violencia estatal más grave en años.
Desde la semana pasada, el régimen impuso un apagón casi total de internet, una táctica que, según expertos y medios europeos, forma parte de una doctrina de control digital utilizada por regímenes autoritarios para aislar a la población, impedir la coordinación de protestas y bloquear la difusión de videos que documenten abusos. En la práctica, el corte de conectividad ha convertido a Irán en una caja negra informativa, dificultando tanto el conteo de víctimas como la verificación independiente de los hechos.
Teherán entre la guerra y la negociación
Mientras la violencia escala en las calles, la diplomacia iraní intenta proyectar una imagen de control y racionalidad. El ministro de Relaciones Exteriores, Abbas Araqchi, declaró que Irán está “totalmente preparado para la guerra”, pero también dispuesto a negociar con Estados Unidos si el diálogo se basa en el “respeto mutuo”.

El portavoz del Ministerio de Exteriores, Esmaeil Baghaei, confirmó que el canal de comunicación entre Araqchi y el enviado especial estadounidense Steve Witkoff sigue abierto, y que también existen contactos indirectos a través de Suiza, tradicional intermediario entre Washington y Teherán. “La República Islámica nunca abandonó la mesa de negociaciones”, sostuvo, aunque criticó los “mensajes contradictorios” de Estados Unidos.
Araqchi acusó a Estados Unidos e Israel de alimentar deliberadamente la violencia y describió la situación como una “guerra terrorista” contra Irán. Según el canciller, Teherán posee pruebas de que “terroristas” están siendo armados y dirigidos para disparar tanto contra manifestantes como contra fuerzas de seguridad con el objetivo de elevar el número de muertos y justificar una intervención extranjera.

El presidente del Parlamento iraní, Mohammad Baqer Qalibaf, fue aún más explícito al hablar de una “guerra en cuatro frentes”: económica, psicológica, militar contra Estados Unidos e Israel, y terrorismo interno.
Trump y la opción de la fuerza
Desde Washington, el presidente Donald Trump confirmó que Irán había buscado contactos para negociar, incluso sobre su programa nuclear, pero dejó claro que todas las opciones están sobre la mesa. “Podríamos reunirnos con ellos… pero es posible que tengamos que actuar debido a lo que está sucediendo antes de la reunión”, dijo a bordo del Air Force One.
Funcionarios estadounidenses indicaron que Trump evalúa una gama de respuestas que incluye ataques militares, el uso de armas cibernéticas, la ampliación de sanciones y el apoyo digital a grupos opositores iraníes, una opción que adquiere mayor relevancia en el contexto del apagón de internet impuesto por Teherán.
El riesgo de una escalada es real. Qalibaf advirtió que cualquier ataque contra Irán convertiría en objetivos legítimos a Israel, bases y buques estadounidenses en la región, en un contexto en el que la influencia regional iraní ya se encuentra debilitada tras los golpes sufridos.
Un régimen bajo presión total
Aunque Araqchi afirmó que la situación está “totalmente bajo control” y prometió que el servicio de internet será restablecido en coordinación con las fuerzas de seguridad, la magnitud de las protestas y la violencia sugiere lo contrario. Las autoridades convocaron movilizaciones oficiales y transmitieron por televisión funerales de agentes de seguridad y marchas progubernamentales para proyectar una imagen de respaldo popular.

Sin embargo, en las calles, la realidad es otra. Lo que comenzó como una protesta por el aumento de precios se ha transformado en una revuelta política abierta, en un país golpeado por sanciones, aislamiento internacional y una profunda crisis de legitimidad.
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