La captura de Nicolás Maduro y la operación militar de Estados Unidos en Venezuela no solo reordenaron el equilibrio político en América Latina: también activaron una revisión profunda del cálculo estratégico chino, en especial en lo referido a Taiwán. Así lo sostiene un análisis publicado por Tong Zhao en Emissary, el blog del Carnegie Endowment for International Peace, que advierte sobre un efecto menos visible pero potencialmente más peligroso: la erosión de los frenos normativos internacionales y su impacto directo en la toma de decisiones de Beijing.

Según el autor, la acción estadounidense —presentada como una operación de “cumplimiento legal” y justificada por intereses estratégicos y energéticos— refuerza la percepción de que Washington está dispuesto a utilizar fuerza dura contra adversarios más débiles, incluso a costa del derecho internacional y de principios de soberanía que históricamente decía defender. Para China, la lección no es que EE.UU. sea impredecible, sino que sigue siendo capaz y dispuesto a morder cuando percibe superioridad militar clara.
Del orden basado en normas al “poder manda”
Zhao plantea que existe una lectura equivocada en Occidente: la idea de que los Estados “iliberales” —como China o Rusia— ya desprecian el derecho internacional y, por lo tanto, no se ven afectados cuando EE.UU. lo vulnera. En realidad, sostiene, estos sistemas necesitan sentirse moralmente justificados. No buscan legitimidad universal, sino comparativa: no ser “peores” que sus rivales occidentales.
En ese marco, la aceptación internacional —o la resignación— frente a la operación estadounidense en Venezuela reduce el umbral psicológico y político para acciones similares por parte de Beijing. No hace falta que las normas desaparezcan: alcanza con que se vuelvan relativas.

El análisis subraya que este fenómeno también impacta hacia adentro de China. Sectores que aún defendían cierta adhesión a estándares internacionales o a modelos más abiertos pierden peso frente a una narrativa de realpolitik pura, donde la eficacia y la fuerza pesan más que las reglas. El resultado probable es una política de seguridad más rígida, autosuficiente y asertiva.
Taiwán: el verdadero espejo de Caracas
El punto más sensible del texto aparece cuando Zhao conecta directamente Venezuela con Taiwán. Beijing ya no se conforma con “oponerse a la independencia”: hoy el objetivo explícito es la unificación. Aunque China considera la isla un asunto interno —y, por lo tanto, fuera del alcance del derecho internacional—, la reacción global sigue siendo un factor central en su planificación.
Desde esta óptica, la operación estadounidense ofrece un precedente inquietante. Zhao advierte que Beijing podría concluir que una acción rápida y decisiva contra Taiwán —incluso bajo el formato de una supuesta operación de “aplicación de la ley”, como la captura de líderes— sería más fácil de digerir internacionalmente que el ataque de EE.UU. a Venezuela.

El paralelismo no es casual: Washington describió su acción en Caracas con un lenguaje legalista que se parece mucho al marco jurídico que China viene construyendo para sus maniobras alrededor de Taiwán. La conclusión china no sería que el conflicto es inminente, sino que la resignación internacional es más probable que una resistencia coordinada, siempre que la operación sea rápida y controlada.
El riesgo de una EE.UU. distraída
Otro elemento clave del análisis es el costo estratégico para Washington. El endurecimiento de la política hemisférica —una suerte de “corolario Trump” de la Doctrina Monroe— puede terminar sobrecargando a Estados Unidos, especialmente si Venezuela deriva en inestabilidad prolongada.
En ese escenario, Beijing podría interpretar que EE.UU. estará menos dispuesto —o menos capacitado— para una intervención decisiva en el Estrecho de Taiwán. La disuasión, entonces, dependería casi exclusivamente de la credibilidad militar estadounidense, sin el respaldo sólido de una coalición internacional basada en principios compartidos.

¿Transacción o confrontación?
Zhao introduce un último elemento inquietante: la posibilidad de una lógica transaccional. China podría moderar su expansión en América Latina —puertos, energía, infraestructura crítica— si percibe que eso abre la puerta a concesiones de EE.UU. en Asia Oriental, ya sea sobre Taiwán o sobre restricciones tecnológicas. La respuesta china moderada tras la caída de Maduro sugiere que Beijing aún está evaluando opciones.
Sin embargo, el autor es claro en su conclusión: el mundo se encamina hacia una competencia más maquiavélica, menos regulada por normas y más dominada por cálculos de poder. Habrá más transacciones, pero también más desconfianza, más riesgo de errores de cálculo y menos espacio para una cooperación estable.
En palabras implícitas del análisis, la señal enviada desde Caracas no solo resonó en Moscú o en América Latina. Resonó en Beijing. Y lo hizo, sobre todo, mirando hacia Taiwán.
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