Durante décadas, el sistema internacional se presentó a sí mismo como un entramado normativo basado en reglas, derecho internacional, soberanía y mecanismos multilaterales. Sin embargo, los acontecimientos recientes, particularmente la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos tras una operación militar directa en Venezuela, obligan a replantear una pregunta incómoda: ¿siguen existiendo reglas o simplemente se las invoca cuando conviene?

Washington justificó durante años su presión sobre Caracas bajo el argumento de que Maduro encabezaba el llamado Cartel de los Soles, una organización criminal que, tras cumplir su función discursiva, fue discretamente abandonada por el propio Departamento de Justicia estadounidense. El relato recuerda demasiado al expediente de las armas de destrucción masiva en Irak: una construcción político-mediática útil para habilitar una acción de fuerza, y prescindible una vez cumplido el objetivo. En ese contexto, la reciente operación militar no inaugura una excepción, sino que confirma una norma no escrita del orden internacional actual: la fuerza crea derecho, y el relato llega después.
Partiendo de esa premisa, resulta interesante —y hasta pedagógico— imaginar cómo podría operar un país periférico si decidiera aplicar, con creatividad y convicción, las mismas lógicas que hoy rigen el sistema. Supongamos entonces que la Argentina, observando atentamente el caso venezolano, decide actualizar su política exterior y asumir que la historia, la legalidad y la moral internacional son variables maleables, siempre que se cuente con suficiente volumen mediático y decisión política.
El primer paso sería sencillo: instalar agenda. Un conjunto bien coordinado de analistas televisivos, historiadores de ocasión y expertos en prime time comenzarían a explicar que la isla de Annobón —hoy parte de Guinea Ecuatorial— posee profundos lazos históricos con el antiguo Imperio español y que, por alguna razón convenientemente olvidada por los manuales escolares, su destino quedó “mal resuelto” en el proceso de descolonización. No faltaría quien recordara, con tono solemne, una supuesta dependencia administrativa del Virreinato del Río de la Plata, apoyada en mapas borrosos, citas sacadas de contexto y documentos cuya autenticidad nadie terminaría de verificar del todo.
A la construcción histórica le seguiría la fase emocional. Medios argentinos comenzarían a denunciar una “crisis humanitaria silenciosa” en Annobón, amplificada por testimonios de ciudadanos argentinos —casualmente presentes en la isla— que relatarían abusos, discriminación o, en un giro más vernáculo, la existencia de un mercado negro de entradas falsas para partidos de Boca Juniors, presuntamente organizado con la complicidad de autoridades locales. El impacto sería inmediato: si hay algo capaz de movilizar fibras profundas de la identidad nacional argentina, es la sensación de que alguien está jugando sucio con el fútbol.

Las imágenes no tardarían en llegar. Quema de banderas argentinas frente a edificios públicos en Malabo, disturbios cuidadosamente encuadrados, denuncias de infiltración extranjera en la AFA y comunicados oficiales hablando de “graves afectaciones al clima social y a los intereses estratégicos nacionales”. En paralelo, diplomáticos argentinos iniciarían una gira hemisférica explicando que la situación amenaza la estabilidad regional y que la Argentina, con gran pesar, se ve obligada a “evaluar opciones”.
Finalmente, llegaría la fase decisiva. En una madrugada cualquiera, buzos tácticos desembarcados desde submarinos “gentilmente cedidos por un socio estratégico” asegurarían la isla de Annobón en una operación quirúrgica, limpia y breve. Al amanecer, la bandera argentina flamearía sobre el edificio administrativo principal mientras un comunicado oficial explicaría que no se trata de una ocupación, sino de una acción preventiva, humanitaria y estabilizadora, amparada en el derecho histórico, la protección de ciudadanos y, por supuesto, la voluntad del pueblo annobonés, convenientemente expresada a posteriori.
¿Absurdo? Tal vez. ¿Inverosímil? Cada vez menos. El ejercicio no busca ridiculizar la política exterior argentina —que dista mucho de operar bajo estos parámetros— sino exponer, mediante la exageración, el vaciamiento progresivo del sistema internacional como marco normativo. Cuando las grandes potencias actúan primero y explican después, cuando los relatos justificatorios se fabrican y descartan con la misma facilidad, el mensaje para el resto del mundo es claro: no hay reglas, solo capacidades.
En ese escenario, la captura de un jefe de Estado, la redefinición de fronteras o la intervención armada dejan de ser anomalías y se convierten en opciones disponibles dentro de un menú estratégico. Annobón, Venezuela o cualquier otro punto del mapa son apenas excusas geográficas para un problema más profundo: la erosión de un orden internacional que todavía se declama, pero que ya casi nadie practica.
Tal vez el verdadero riesgo no sea que alguien se tome en serio este juego hipotético, sino que el mundo ya esté funcionando exactamente así, solo que sin admitirlo abiertamente.
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