La Real Fuerza Aérea británica (RAF) ejecutó un ataque aéreo contra una instalación subterránea de armas vinculada a ISIS en las montañas al norte de Palmira, Siria. La operación, realizada en coordinación con aviones franceses, se inscribe en la estrategia internacional de contención frente a la amenaza persistente de Daesh en Oriente Medio.

Este ataque debe leerse como parte de una secuencia de operaciones internacionales. Francia había bombardeado posiciones de ISIS en diciembre de 2024, reafirmando su rol en la coalición Inherent Resolve. En paralelo, la crisis interna en el sur de Siria se agravó en 2025, con el gobierno intentando contener ataques provenientes de Israel, lo que debilitó aún más la capacidad estatal y abrió espacio para que grupos insurgentes aprovecharan el vacío de poder. En este escenario fragmentado, la acción conjunta de Londres y París busca proyectar estabilidad, pero también evidencia la multiplicidad de actores externos que intervienen en un país marcado por la guerra y la ausencia de un poder central consolidado.
En detalle, de acuerdo con el Ministerio de Defensa británico, los cazas Typhoon FGR4, apoyados por un avión cisterna Voyager, lanzaron bombas guiadas Paveway IV contra los accesos a los túneles, alcanzando los objetivos sin registrar víctimas civiles. Todos los aparatos regresaron a sus bases sin incidentes.
El secretario de Defensa, John Healey, subrayó que la acción demuestra el liderazgo británico y la determinación de actuar junto a los aliados europeos para impedir cualquier intento de reorganización de ISIS. Sus palabras refuerzan la narrativa de compromiso político y militar, pero también revelan la dependencia de una estrategia que privilegia la fuerza aérea como herramienta principal de disuasión. La insistencia en la “paz mediante la fuerza”, ya planteada por Donald Trump tras el golpe de ISIS en Palmira en diciembre de 2025, refleja una visión que coloca la presión militar en el centro de la política hacia Siria.
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