El respaldo explícito de Argentina a la operación militar de Estados Unidos en Venezuela, que culminó con la captura de Nicolás Maduro, profundizó la distancia entre Argentina y algunos de sus vecinos de América Latina. Mientras Brasil, México, Chile, Colombia, Uruguay, y hasta Paraguay, cuestionaron la acción por sus implicancias sobre el derecho internacional, el gobierno de Javier Milei optó por un alineamiento sin matices con Washington, consolidando una política exterior cada vez más singular en el escenario regional.

En este sentido, la reacción del presidente argentino fue inmediata y personal. Milei celebró públicamente el operativo estadounidense como un triunfo de la libertad, reforzando una narrativa ideológica que atraviesa su vínculo con Donald Trump. Más allá del contenido del mensaje, el gesto tuvo un peso político concreto, en el que Argentina dejó de lado el lenguaje cauteloso de la diplomacia regional para adoptar una lógica de adhesión directa a la Casa Blanca.
Dicho posicionamiento contrastó con las respuestas de sus vecinos regionales. Brasil, México, Chile, Colombia, Uruguay y Paraguay, que -con distintos tonos- expresaron reparos o rechazo a la intervención militar. En todos los casos, el eje fue similar, con preocupación por el precedente que supone el uso unilateral de la fuerza y el debilitamiento de normas básicas del sistema internacional, como la soberanía nacional y la no intervención.
Milei rompe con la tradición diplomática del país
De este modo, la diferencia con la región no es solo coyuntural. Argentina rompe así con una tradición diplomática que, incluso en contextos de confrontación ideológica, había privilegiado la negociación, el multilateralismo y la búsqueda de consensos regionales. La novedad no es el vínculo estrecho con Estados Unidos, sino la renuncia explícita a cualquier equilibrio entre alineamiento y autonomía.

En clave doméstica, Milei tradujo el episodio venezolano a su lógica interna de confrontación. Justificó la acción militar apelando a supuestas interferencias electorales del chavismo en otros países, incluida Argentina, y utilizó el tema para profundizar disputas con gobernadores y sectores de la oposición. La política exterior aparece así menos como herramienta estratégica y más como recurso simbólico de poder interno.
Esta situación también expuso fisuras dentro del peronismo, donde convivieron rechazos duros, posturas matizadas y apoyos explícitos a la acción estadounidense. Esa dispersión refleja un escenario regional fragmentado, en el que ya no existen consensos automáticos frente a crisis internacionales y donde cada gobierno responde desde su propia lógica ideológica y de poder.
Argentina se aísla de América Latina
Desde una mirada más amplia, la posición argentina se inscribe en una reconfiguración del mapa político latinoamericano. El debilitamiento de los mecanismos regionales, la pérdida de centralidad de organismos multilaterales y el regreso de acciones unilaterales de alto impacto colocan a los países ante decisiones incómodas como alinearse, resistir o quedar al margen. Argentina eligió alinearse, aun al costo de profundizar su aislamiento relativo.
En este contexto, el interrogante abierto es si este camino traerá beneficios duraderos o si, por el contrario, limitará la capacidad de Argentina para incidir en su entorno inmediato. En política internacional, los gestos pesan tanto como las decisiones. Y en este caso, el gesto argentino dejó en claro que la diferenciación con la región ya no es un efecto colateral, sino una elección estratégica consciente.
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