BEIRUT, LEBANON - MAY 5: Lebanese soldier waits near heavy machine guns distributed by United States Army during the handover ceremony in Lebanon, Beirut on May 5, 2017. (Photo by Ratib Al Safadi/Anadolu Agency/Getty Images)
En el tablero de la geopolítica contemporánea, Estados Unidos ha dejado de seguir un guion lineal. En su lugar, Washington ha perfeccionado una coreografía en la “zona gris”, donde la diplomacia más sutil y la presión más asfixiante coexisten como dos caras de una misma moneda. La política exterior estadounidense ya no se define por la elección entre la paz o la guerra, sino por una arquitectura de poder conocida como Smart Power (poder inteligente). Esta doctrina busca sincronizar la fuerza y la persuasión para moldear el orden global según sus intereses estratégicos. No se trata de una contradicción, sino de una dualidad táctica donde el apoyo y el castigo se alternan con precisión quirúrgica.
En el conflicto entre Rusia y Ucrania, Estados Unidos ha asumido el rol de arquitecto de la resistencia. En este escenario, la “zanahoria” no se presenta como un regalo, sino como una herramienta de empoderamiento condicionado. Washington actúa como un negociador armado: promueve iniciativas diplomáticas mientras fortalece la capacidad bélica de Kiev para asegurar que cualquier mesa de negociación sea favorable a sus intereses.
Un ejemplo reciente de esta dinámica son los avances logrados en las reuniones de alto nivel en Miami, donde se ha buscado trazar una hoja de ruta hacia el cese de hostilidades, pero siempre desde una posición de fuerza militar sostenida por el flujo constante de asistencia técnica y financiera.
Por el contrario, el escenario latinoamericano y específicamente el caso de Venezuela, ilustra la faceta más coercitiva de la potencia. En esta región, la diplomacia suele ceder el paso a la presión directa a través de una compleja arquitectura de sanciones. El uso del sistema financiero y el aislamiento diplomático operan como herramientas de hostigamiento para forzar cambios de conducta en el Palacio de Miraflores.
Este “garrote” se aplica de forma selectiva y responde a necesidades tácticas. Actualmente, la administración Trump mantiene una persecución activa sobre los activos petroleros venezolanos, lo que demuestra que el control de los recursos energéticos y la estabilidad regional siguen siendo los motores de la presión estadounidense, por encima de consideraciones puramente normativas.
Esta estrategia dual evidencia que, en la visión de Washington, el garrote y la zanahoria no son excluyentes. La eficacia se antepone a la uniformidad: se apoya donde se necesita un aliado fuerte y se presiona donde se requiere disciplina.
Como se suele decir en los círculos de la diplomacia moderna, el éxito no reside en elegir entre la paz y la guerra, sino en calibrar cuánta presión es necesaria para alcanzar una paz que resulte conveniente. No obstante, esta ambivalencia plantea una pregunta crítica para los analistas internacionales: ¿hasta qué punto puede una superpotencia sostener su autoridad moral mientras aplica estándares tan dispares para resolver las crisis del siglo XXI?
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Por Edwin Bazán Chávez, estudiante de Relaciones Internacionales en la Pontificia Universidad Católica del Perú.
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