Desde el año 2016, Perú ha atravesado una enorme inestabilidad política a nivel interno, aunque cierta estabilidad en el plano externo. El país ha visto desfilar a siete presidentes por el Palacio de Gobierno (Kuczynski, Vizcarra, Merino, Sagasti, Castillo, Boluarte y Jerí) en apenas nueve años. Este periodo ha estado marcado por cierres del Congreso, protestas masivas y un deterioro democrático que ha llevado a The Economist clasificar al país como un régimen híbrido desde 2023.

Sin embargo, en medio de este huracán político doméstico, existe una paradoja que desconcierta a los observadores internacionales: la Política Exterior Peruana (PEP) se ha mantenido notablemente estable. A diferencia de otros casos latinoamericanos donde la ideología del mandatario de turno impone giros radicales en la diplomacia, Perú ha mantenido un rumbo consistente de liberalización comercial y pragmatismo. ¿Cómo se explica esto? La respuesta reside en la autonomía y profesionalismo del Servicio Diplomático, encarnado en el Palacio de Torre Tagle, que ha actuado como un “ancla institucional” frente a la volatilidad del Ejecutivo.
El pilar económico: Pragmatismo comercial ante todo
La base de esta estabilidad ha sido una apuesta continua por la apertura económica que trasciende las inclinaciones políticas de sus gobernantes. Perú ha consolidado una imagen de “cuerdas separadas”, donde el caos político no contamina (del todo) los negocios.
Las cifras de 2024 son elocuentes y demuestran un “no alineamiento activo” enfocado en el comercio. China se ha consolidado indiscutiblemente como el principal socio comercial. Según reportes de comercio exterior, los envíos al gigante asiático representaron cerca del 35% de las exportaciones peruanas en 2024, superando los US$ 25 mil millones. Este vínculo se selló simbólicamente con la inauguración del Megapuerto de Chancay en noviembre de 2024, bajo el marco de la iniciativa de la Franja y la Ruta.
Por otro lado, Estados Unidos mantiene su relevancia estratégica indiscutible. No solo representa el segundo destino de exportaciones, sino que sigue siendo el socio clave en seguridad y cooperación para el desarrollo. Este equilibrio se ha mantenido incluso cuando líderes con retóricas dispares han ocupado el poder, priorizando siempre la imagen de Perú como un socio confiable en el Asia-Pacífico, evidenciado recientemente con la firma del TLC con Hong Kong.
La prueba de fuego: De Castillo a Boluarte
El periodo 2021-2025 puso a prueba la resiliencia de la cancillería peruana. La llegada de Pedro Castillo, cuyo partido proponía un giro radical en la política exterior, generó fricciones iniciales. Sin embargo, carente de cuadros técnicos y buscando legitimidad internacional, el gobierno terminó apoyándose en la estructura diplomática para sostener su agenda, incluyendo la activación de la Carta Democrática de la OEA poco antes de su caída.
La sucesión de Dina Boluarte trajo nuevos desafíos. Su administración enfrentó un aislamiento diplomático regional severo, destacando el retiro del embajador peruano en México tras las tensiones con López Obrador y los roces diplomáticos con Colombia.
A pesar de contar con índices de aprobación que han tocado fondos históricos del 2% en 2025, la maquinaria diplomática siguió operando para asegurar la supervivencia externa del régimen. El éxito logístico de la cumbre APEC 2024 en Lima fue una muestra de cómo el Servicio Diplomático logra “blindar” la agenda de estado frente a la debilidad del gobierno de turno.
El secreto de la estabilidad: La burocracia diplomática
La teoría sugiere que en sistemas presidencialistas, el líder define el rumbo exterior. Perú es la excepción gracias a su Servicio Diplomático. La Academia Diplomática del Perú ha generado una élite profesional que posee un know-how indispensable para presidentes que, a menudo, son outsiders políticos sin partido ni cuadros técnicos.

Esto ha generado una dinámica de autonomía instrumental: presidentes débiles (como Castillo o Boluarte) utilizan el prestigio internacional de la Cancillería para buscar una legitimidad externa que no poseen internamente. Mientras los mandatarios cambian y las crisis se suceden, los diplomáticos de carrera aseguran que los tratados se cumplan, los puertos se inauguren y el Perú siga conectado al mundo.
La gran interrogante hacia el futuro es si esta “burbuja de estabilidad” podrá coexistir indefinidamente con el deterioro constante de la calidad democrática interna y las tensiones crecientes con el Sistema Interamericano de Derechos Humanos. Por ahora, el palacio de Torre Tagle sigue siendo el último bastión de estabilidad en un país políticamente sísmico.
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