La llegada del portaaviones USS Gerald R. Ford, el más grande y avanzado del mundo, al Caribe marcó un giro abrupto en la estrategia de Washington hacia Venezuela. Para la administración de Donald Trump, que desde agosto contabiliza más de 75 muertes en operaciones contra embarcaciones presuntamente vinculadas al narcotráfico en la región, el despliegue naval dejó de ser un movimiento táctico para transformarse en un mensaje político: Nicolás Maduro está en la mira.

El propio Trump alimentó esta lectura al afirmar que los “días de Maduro están contados”, insinuando que el operativo contra redes de tráfico en el Caribe podría escalar hacia una campaña más amplia contra activos del régimen chavista. La presencia del Gerald R. Ford, acompañado por su grupo de ataque —destructores, cruceros y submarinos—, es excepcional. Según el coronel retirado del USMC y analista del CSIS, Mark Cancian, Estados Unidos no concentraba un poder naval de este calibre en el Caribe “desde principios de los 2000”.
Ese movimiento, sostiene, habilita a Washington a ejecutar desde el mar ataques de precisión contra infraestructura en territorio venezolano sin necesidad de comprometer fuerzas terrestres, algo imposible con los apenas 2.200 marines presentes hoy en la región. Cancian explica que existen dos conjuntos de blancos que Washington podría decidir atacar: infraestructura vinculada a carteles —laboratorios, pistas de aterrizaje clandestinas, depósitos portuarios— y objetivos del propio régimen —cuarteles, centros de comando, sistemas antiaéreos y fuerzas de seguridad. Cualquier golpe en estos puntos tendría un impacto inmediato en la capacidad del Estado venezolano para controlar el territorio y en su entramado criminal.
Sin invasión terrestre, pero con capacidad para ataques devastadores
Si bien una operación terrestre está fuera del horizonte inmediato —Venezuela cuenta con más de 100.000 efectivos entre tropas regulares, milicias y reservistas—, Washington sí posee la capacidad para ataques aéreos sostenidos desde el portaaviones. Esto incluye bombardeos de largo alcance, interdicción marítima ampliada y operaciones de fuerzas especiales focalizadas.
La lógica detrás de un eventual ataque es doble. Por un lado, Trump enmarca su política contra Venezuela en la lucha contra el fentanilo y los opioides, un argumento de alto impacto doméstico. Por el otro, parte de su gabinete considera que una crisis inducida puede acelerar el colapso del régimen chavista, debilitado económicamente y cada vez más dependiente de estructuras criminales.

La presión militar estadounidense tiene consecuencias que trascienden la frontera venezolana. Una ofensiva podría provocar rupturas internas en el chavismo, abrir espacios para disputas entre facciones criminales y forzar al régimen a replegarse hacia zonas más controladas del país. También incrementaría la tensión en la frontera colombo-venezolana, donde operan grupos armados con autonomía creciente. Cancian advierte que incluso si Maduro cae, un vacío repentino podría fragmentar el control territorial, llevando a una fase prolongada de inestabilidad. En ese caso, sostiene, Estados Unidos no intervendrá con tropas terrestres, pero sí podría respaldar a un eventual gobierno pos-Maduro con asistencia militar, entrenamiento y acuerdos para el despliegue de fuerzas de paz procedentes de terceros países.
Narcotráfico como eje
Trump evalúa que cualquier acción contra Venezuela puede ser presentada como una ofensiva directa contra el narcotráfico, un mensaje con alta llegada al electorado estadounidense. A diferencia del caso ucraniano, una eventual asistencia a un gobierno pos-Maduro sería de menor escala y con un nivel de conflicto más acotado.
En este escenario, la administración republicana apuesta a que un golpe preciso y acotado pueda desarticular nodos críticos del régimen sin derivar en un conflicto abierto. Sin embargo, analistas en Washington subrayan que cualquier acción militar en Venezuela modificaría de inmediato el equilibrio regional, obligando a América Latina a reposicionarse frente a un nuevo ciclo de presión estadounidense en el Caribe.
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Trump es a Venezuela lo que Putin es a Ucrania, cambian figuritas o intercambian bombas…