El primer ministro de Canadá, Mark Carney, marcó diferencias sustanciales con Donald Trump al tiempo que intenta mantener una relación equilibrada con su vecino del sur / Créditos: Casa Blanca
Trump anunció el fin de las conversaciones comerciales con Canadá alegando un anuncio “fraudulento” sobre aranceles, en momentos en que la autoridad presidencial sobre tarifas encara revisión judicial. En respuesta al clima de incertidumbre, Carney fijó como meta duplicar las exportaciones no dirigidas a EE.UU. en la próxima década, señalando que la dependencia histórica del mercado estadounidense se volvió una vulnerabilidad. La convergencia entre presión arancelaria y reorientación estratégica sugiere un reacomodo profundo de flujos comerciales en Norteamérica.
El mensaje de Trump en su red social dio por “terminadas” las rondas con Canadá, ligando la decisión a un spot que habría manipulado la figura de Ronald Reagan para desacreditar los aranceles. El gesto escala la tensión con el principal socio comercial de EE.UU. y coincide con la inminente revisión de la Corte Suprema sobre el alcance del Ejecutivo en materia tarifaria, una definición con potencial para redibujar la brújula de la política comercial.
El cierre del canal político añade costos de coordinación para sectores integrados (autos, acero/aluminio, agro) y alimenta la percepción de volatilidad regulatoria. Si la narrativa de seguridad nacional sostiene los aranceles, se achica el margen para concesiones recíprocas y se complica la antesala de la revisión del acuerdo trilateral en 2026. Para Canadá, el incentivo a diversificar mercados crece, pero también el desafío de gestionar fricciones sin romper puentes críticos.
En su discurso, Carney planteó duplicar las exportaciones canadienses no dirigidas a EE.UU. en diez años, citando el “enfriamiento inversor” por los aranceles estadounidenses y su volatilidad. Con más del 75% de las ventas externas atadas a EE.UU., Ottawa busca reengancharse con gigantes como India y China, al tiempo que preserva el canal con Washington. La meta llega con un cronograma político denso (presupuesto el 4 de noviembre) y con sectores sensibles (auto, acero, aluminio y madera) resentidos por el clima arancelario de Trump.
El giro se apoya en ventajas estructurales: Canadá se asume superpotencia energética (reservas de petróleo y gas; peso en electricidad transfronteriza) y proveedor nodo de minerales críticos (acero, aluminio, uranio y 34 minerales clave para la seguridad de EE.UU.). Esa canasta habilita exportaciones hacia múltiples destinos y mayor poder de negociación con socios actuales. Ante la presión de Trump y sus aranceles, Carney busca amortiguar el riesgo sistémico diversificando mercados sin abandonar la interdependencia norteamericana.
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