El presidente ruso Vladimir Putin y el presidente interino sirio Ahmed al-Sharaa se dan la mano durante su reunión en el Gran Palacio del Kremlin en Moscú el 15 de octubre de 2025. (Fotografía de Alexander Zemlianichenko / POOL / AFP)
El presidente de Siria, Ahmed al-Sharaa, viajó a Moscú para mantener su primera reunión oficial con Vladimir Putin desde que el histórico aliado ruso, Bashar al-Assad, fuera derrocado en diciembre pasado. La cumbre, celebrada en el Kremlin, confirma que la relación bilateral atraviesa un proceso delicado: Damasco busca “recalibrar” su política exterior, mientras Rusia intenta conservar influencia estratégica en Oriente Medio pese al cambio de poder en Siria.
Según adelantaron fuentes diplomáticas cercanas a la negociación, el encuentro abordó dos temas críticos:
Ante las cámaras, Putin recibió con cordialidad a al-Sharaa, pero el mensaje político fue evidente: Moscú insistió en hablar de “relaciones especiales”, mientras que el nuevo gobierno sirio afirmó que busca “redefinir la relación” sobre bases de soberanía y autonomía estatal.
Sharaa —exlíder del grupo islamista Hayat Tahrir al-Sham (HTS), que lideró la ofensiva final contra el régimen de Damasco— intenta despegarse del tutelaje ruso sin quebrar totalmente los vínculos con Moscú, que aún conserva fuerte influencia económica y militar en el país devastado tras 14 años de guerra civil.
El gran punto de fricción es el destino de Bashar al-Assad, acusado de ordenar sistemáticas violaciones a los derechos humanos, ataques a infraestructura civil y el uso de armas químicas durante la guerra. Según un funcionario sirio citado en medios internacionales, Sharaa habría solicitado formalmente la extradición del exmandatario, refugiado bajo protección rusa.
Moscú, a través de su canciller Serguéi Lavrov, adelantó su postura: Assad tiene asilo humanitario en Rusia y “no enfrenta restricciones para permanecer en la capital rusa”. Este respaldo revela que Putin no está dispuesto a entregar a un antiguo aliado sin obtener concesiones estratégicas de Damasco.
Para Rusia, mantener su presencia militar en Siria es una línea roja. La base naval de Tartus asegura una ventana permanente de la Armada rusa sobre el Mediterráneo, mientras que Hmeimim es clave para operaciones aéreas e inteligencia en Medio Oriente.
El nuevo gobierno sirio no ha cuestionado abiertamente estos despliegues, pero busca renegociar el marco jurídico y político que habilita la presencia militar rusa. Lograrlo sin deteriorar la relación con Putin será una prueba mayor para Sharaa, que intenta normalizar la posición internacional de Siria y salir del aislamiento diplomático.
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