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La producción petrolera de Venezuela alcanzó en septiembre su mayor nivel en más de cinco años, con 1,09 millones de barriles diarios (Mb/d), según datos recientes. Sin embargo, detrás del aparente repunte se esconde una compleja red de evasión de sanciones que ha permitido que China absorba el 84% del crudo venezolano, principalmente a través de operaciones con la llamada flota oscura. El fenómeno reconfigura el comercio energético global, elevando los riesgos de compliance, seguros marítimos y transparencia de precios.
Después de años de declive bajo las sanciones de Estados Unidos impuestas en 2019, PDVSA logró en septiembre un volumen récord de 1,09 Mb/d, impulsado por la venta de existencias acumuladas, un aumento en la producción de crudo pesado y nuevas importaciones de diluyentes desde Rusia y China. Las exportaciones crecieron un 39% interanual, con un notable repunte de los envíos de Chevron a Estados Unidos (108.000 bpd), pese a las restricciones aún vigentes.
La recuperación refleja una estrategia de supervivencia energética basada en alianzas con países no alineados con Washington, que han proporcionado insumos esenciales para mantener la operatividad del Cinturón del Orinoco. El principal destino del crudo sigue siendo China, que absorbe el 84% de las exportaciones venezolanas mediante intermediarios poco conocidos. Desde julio, Brasil reemplazó a Malasia como principal punto de tránsito del bitumen venezolano, un paso clave para falsificar certificados de origen y así evadir sanciones y gravámenes chinos.
El reciente récord de exportaciones venezolanas, evidenció el peso de China y Chevron como pilares de la recuperación petrolera de Caracas. Sin embargo, detrás de los números hay una compleja arquitectura comercial diseñada para mantener el flujo energético pese a las sanciones. Informes revelan que una parte significativa del crudo vendido a Asia se rebrandea como bitumen brasileño o indonesio, borrando su origen venezolano antes de ingresar a los puertos chinos.
Esta red logística, conocida como flota oscura, opera en zonas grises del comercio marítimo global. Buques con banderas de conveniencia cambian de nombre o manipulan coordenadas para evadir sanciones estadounidenses, mientras compañías intermediarias gestionan seguros y certificados de origen en países terceros. La maniobra reconfigura la ruta energética del Caribe y amplifica los riesgos en materia de compliance, seguros marítimos y transparencia de precios, situando a China en el centro de un comercio paralelo que erosiona la trazabilidad del mercado global.
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