Donald Trump y Kim Jong Un se saludan en la cumbre de Hanoi de 2019. Créditos: Leah Millis/Reuters
La posibilidad de un cuarto encuentro entre Donald Trump y Kim Jong Un empieza a tomar fuerza en Washington y en Pyongyang. Mientras el presidente norteamericano insiste en que mantiene una “gran relación” con el líder norcoreano, analistas advierten que el contexto geopolítico de 2025 es muy distinto al de las cumbres de 2018 y 2019.
Durante su primer mandato, Trump sorprendió al mundo al ser el primer presidente estadounidense en reunirse cara a cara con un líder norcoreano. Sus tres cumbres –Singapur, Hanói y el improvisado encuentro en la zona desmilitarizada (DMZ)– lograron abrir un canal diplomático inédito, aunque sin resultados duraderos en materia de desnuclearización.
En aquel entonces, Kim parecía interesado en equilibrar su dependencia de China y modernizar su economía con ayuda externa. Hoy, seis años después, Pyongyang es un aliado probado de Moscú, envió tropas a Ucrania y profundizó su integración militar con Rusia. El cálculo estratégico del régimen norcoreano cambió por completo.
La diferencia clave está en que ahora Kim busca usar la relación con Trump para debilitar las alianzas de Estados Unidos con Corea del Sur y Japón. El líder norcoreano podría insistir en suspender maniobras militares conjuntas o incluso plantear la retirada de tropas estadounidenses de la península.
Ese escenario preocupa en Seúl y Tokio, ya que Trump ha mostrado históricamente escepticismo respecto al valor estratégico de las alianzas y sus costos financieros. Una concesión apresurada –similar a la suspensión de ejercicios bilaterales durante su primer mandato– podría enviar una señal de debilidad a Pyongyang y Beijing.
Expertos señalan que, si bien la desnuclearización plena es hoy un horizonte improbable, una nueva cumbre podría servir para acordar medidas limitadas de construcción de confianza: restricciones parciales al arsenal de misiles norcoreano, canales de comunicación más estables y compromisos para reducir el riesgo de incidentes militares.
La clave estará en evitar que Trump, en busca de un triunfo político o un premio Nobel, sobredimensione los resultados como ocurrió en Singapur, cuando proclamó que “ya no existía una amenaza nuclear”. El éxito dependerá de una preparación seria y de la resistencia a aceptar concesiones que comprometan la seguridad regional.
En un contexto donde Corea del Norte coopera militarmente con Rusia y mantiene vínculos estratégicos con China, un eventual encuentro Trump-Kim no solo es una cuestión bilateral. Se trata de un movimiento que podría redefinir los equilibrios en Asia-Pacífico y condicionar la credibilidad de Washington frente a sus aliados.
La gran incógnita es si Trump repetirá la diplomacia de gestos de su primer mandato o si esta vez intentará negociar desde una visión de largo plazo, con un Kim mucho más empoderado en el tablero geopolítico.
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