Las operaciones, respaldadas por el Pentágono y el Comando Norte (NORTHCOM), se enmarcan en la creciente competencia geopolítica por influencia y acceso a los recursos de la región. Créditos: Michael B. Zingaro/NORTHCOM
La presencia de buques de investigación chinos en aguas cercanas a Alaska, dentro de la zona de la plataforma continental extendida de EE.UU., encendió las alarmas en Washington. Desde julio, la Guardia Costera de EE.UU. emite comunicados públicos para denunciar y monitorear estas incursiones, una estrategia de “naming and shaming” que busca disuadir a China de normalizar su presencia en el Ártico. Las operaciones, respaldadas por el Pentágono y el Comando Norte (NORTHCOM), se enmarcan en la creciente competencia geopolítica por influencia y acceso a los recursos de la región.
Bajo la Operación Frontier Sentinel, la Guardia Costera de EE.UU. respondió con despliegues de aeronaves y buques a la presencia reiterada de navíos chinos, detectados en julio, agosto y septiembre de 2025. Aunque se trata oficialmente de buques de investigación, analistas y exfuncionarios de seguridad advierten que sus actividades exceden la recolección científica y pueden formar parte de tácticas de guerra en zona gris, utilizadas por Pekín para probar los límites de la disuasión estadounidense sin llegar a un enfrentamiento abierto. La elección de la Guardia Costera como fuerza de respuesta busca evitar una escalada innecesaria, manteniendo un balance entre vigilancia y diplomacia.
El aumento de operaciones chinas se explica, según el jefe de NORTHCOM, general Gregory M. Guillot, por la construcción de nuevos rompehielos y el interés de Pekín en consolidar su influencia y acceso al Ártico. Desde 2021, China ha llevado adelante patrullas anuales en el mar de Bering, algunas junto a Rusia, y en 2024 ejecutó por primera vez un patrullaje aéreo conjunto con bombarderos rusos en la zona de identificación de defensa aérea de Alaska.
Paralelamente a su presencia en aguas cercanas a Alaska, Pekín celebró en septiembre un hito en exploración ártica, al realizar la primera inmersión tripulada en aguas profundas bajo hielo en la región. La expedición, apoyada por el rompehielos Xuelong 2 y otros tres buques, fue presentada como un avance científico destinado a comprender los impactos del cambio climático en el ecosistema polar. Sin embargo, analistas destacan que este despliegue también representa un mensaje político. China se autoproclama “Estado cercano al Ártico” y busca consolidar su rol como actor legítimo en un área estratégica dominada históricamente por EE.UU., Rusia y los países nórdicos.
El trasfondo económico es ineludible: el Ártico concentra alrededor del 10% de las reservas mundiales de petróleo y un 25% del gas natural. La creciente apertura de rutas marítimas, impulsada por el deshielo, convierte a la región en un corredor comercial alternativo al canal de Suez, con implicaciones globales para la seguridad energética y la logística internacional. En este contexto, el discurso científico de China convive con una estrategia de proyección de poder blando y duro, apoyada en la expansión de su flota polar y en la coordinación con Rusia.
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